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29 06 2020

La posibilidad de una isla


Autor: Eduardo A. Moro









Michel Houellebecq explica en el libro que da título a esta nota, que su texto se originó en una fábula. Harriet Wolff, una periodista alemana a punto de entrevistarlo, le contó  un pequeño relato que simbolizaba, según ella, su posición como escritor: “Estoy en una cabina telefónica, después del fin del mundo. Puedo hacer tantas llamadas como quiera, no hay límite. No se sabe si otras personas han sobrevivido, o si mis llamadas sólo son el monólogo de un tarado. A veces la llamada se corta enseguida, como si me hubieran colgado de golpe; a veces se prolonga, como si me escucharan con una curiosidad culpable. No hay ni día ni  noche; es una situación que no va a tener fin.“    

En su estilo fragmentado, los cáusticos monólogos del autor,  mezclan pensamientos provocadores  con una visión fría y cruel de la existencia. Es un destructor compulsivo de las amables  ilusiones  de  la vida. Su voracidad mastica secamente   los convencionalismos. Por ello algunos críticos lo consideran un narrador visionario y algo charlatán, que sorprende, entretiene y desconcierta.  La Posibilidad de una isla se publicó en  2005, muchos años antes de la pandemia, pero  pinta con crudeza la incomunicación en el mundo urbano de la posmodernidad,  el de las multitudes consumistas y cansadas del tedio rutinario.

En cuanto a la cualidad de visionario, vale recordar que  “Sumisión”otra de sus obras,  llegó a las librerías el mismo día en el que tuvo lugar en París el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Un ataque contra  la libertad de prensa y de opinión hacia la revista que había dedicado a Houellebeck -precisamente- la caricatura de la primera página. Coincidencia con muchos ecos.

La velocidad y aceleración de los procesos en cambio son el signo de la época. Actúa como un vendaval de ira acumulada, que lleva hacia el individualismo, la soledad y la falta de contacto personal, a pesar de la aparente sociabilidad instantánea de las redes y sus imágenes coloridas, cambiantes, rápidas  pero impalpables. 

Sus características ponen distancia entre los que –han sido- códigos compartidos por generaciones entre abuelos, padres y nietos, hoy truncados, salvo encuentros ocasionales. Es lo que de modo indirecto hace gritar a Houellebeck  sus ironías,  culpas y angustias escondidas tras un sesgo de rebeldía. Parafraseando a nuestro genial escritor  JLB, podríamos decir: “Fatalmente imaginamos a Houellebeck  como un personaje de Houellebeck”, en su cabina telefónica, insistiendo en  hablar con otros sin conseguirlo jamás.

Estamos unidos por el miedo sostenido en su extensión sin fin, y una gestualidad vizcachera pretendidamente paternalista, que nos cuenta cuentos junto a la chimenea.  Pero en realidad cada vez más divididos, con nuevas figuras de las mismas grietas tajantes, tales como vida o economía, cuarentena o anti-cuarentena,  pandemia o cuarentena, extremos drásticos, sin matices. Tampoco existe, ni se avizora alguna planificación adaptativa. Cerrojo torvo y amenazante, no administración graduada. Lawfare al palo, exprópiese, nada de Concurso. Se le agrega un manejo insensato de las palabras, siendo que el lenguaje es esencial en la transmisión de las emociones y significantes para compartir responsablemente. 

Desde su alto e invocado atril profesoral, quien más debe cuidarlas, con petulancia crea con ellas fronteras peligrosas como decir: la libertad se pierde siempre cuando uno muere. Cuánta irreverencia al sentido de los valores democráticos! Jamás se debe amenazar a la libertad con la muerte, entre otras cosas, porque la historia ha conferido al ser humano la jerarquía inacabada de morir una y mil veces por la libertad.

Arun Gandhi -nieto del legendario Mahatma-,  lacerado por los blancos y castigado por los negros en el ashram sudafricano de su niñez, recuerda  que la forma más fácil de controlar a la gente se ejerce a través del miedo y cuanto más miedo puedas infundir en la gente, más control puedes tener. Miedo al castigo, miedo al poder, miedo a la muerte, miedo a la libertad. No es tiempo de  necropolítica. Es tiempo de comprensión y cordialidad. De inspirar el deber de la confianza en los ciudadanos. Son los atributos con que se debería ejercer una autoridad cabal y acreditada en acciones con móviles provechosos y no aprovechados.

Alguna vez se advirtió que en nuestra política hay quienes aplican un curioso método histórico. Una visión híbrida que consiste en aplicar el reproche riguroso a las conductas de los otros, usando el argumento de que –en su tiempo- pudieron haber hecho lo mejor, porque teniendo libre albedrío para elegir y hacer bien las cosas, son culpables  de haberlo hecho mal.  Pero cuando se trata de ellos mismos no existe reproche ni culpabilidad, porque de arranque siempre se declaran condicionados por las fatales condiciones causadas por los otros. La herencia recibida, alcanza para disimular que, con realismo de calendario, son quienes más tiempo han “ocupado” el gobierno, por derecha o por izquierda propias.

Quienes manipulan el método curioso, han llegado en su momento de climax a consagrar la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional (sic). Ahora estarían pergeñando una suerte de “Ministerio de la Verdad”, para dirigir una precisa interpretación de la historia, de estos duros tiempos pandemoniados e iluminar el entendimiento futuro de los argentinos. Sin perjuicio de lo cual, y en paralelo,  sueñan también con la posibilidad de vivir en una isla, extrañando -a pleno sol y mar-,  el victorioso pasado de sus fracasos  sistémicos. El resto: al canasto.

No sé cómo Freud hubiera caracterizado ese método elusivo, pero el Godfather of Harlem de la serie en alza por estos días, aconsejaría: para nuevos o complejos problemas, un amague, una gambeta, pero al final las viejas mañas de siempre. Y el ogro filantrópico –como  llama Octavio Paz al Estado profanado- continúa imperturbable su camino, repleto  de burocracia política, al servicio de sí misma. Siempre habrá un atajo para  apagar el zoom, como en el Senado. Y a otra cosa mariposa.