sábado 18 de mayo de 2024
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La polémica Alsogaray-Frigerio

Los que somos un tanto mayores nos acordamos: allá por 1959 el entonces presidente Arturo Frondizi, cediendo a una presión militar, desplazaba formalmente al equipo asesor que encabezaba Rogelio Frigerio y nombraba ministro de Economía al capitán ingeniero Álvaro Alsogaray.

La polémica designación se orientaba a tranquilizar el sector castrense, que miraba con desconfianza a don Arturo y estaba siempre propenso al planteo o golpe de Estado (que finalmente dieron, pero recién tres años después).

Alsogaray tenía las ventajas de sus buenos contactos en el Ejército: él mismo era militar, se había retirado con el grado de capitán.

Había sido ministro en el gobierno de Aramburu, uno de sus hermanos -Julio- era, por entonces, coronel.

Por eso entró con vara alta al gobierno frondizista: exigió que además de Economía se le entregase también el Ministerio de Trabajo, con atribución plena de nombrar colaboradores.

Y se convirtió, en la práctica, en una suerte de primer ministro, con amplias  facultades.

Cosa poco común por entonces, inició un ciclo de charlas expositivas casi todas las noches, por radio y televisión, explicando sus planes y propuestas en materia económico-financiera.

Se hizo famoso su “slogan” “hay que pasar el invierno” (el equivalente de ahora con Caputo sería “pasar el verano”)

Su programa, en definitiva, no era más que la receta clásica del más crudo liberalismo: ajuste duro, recortar gastos a rajatabla, equilibrar presupuestos.

Apuntar hacia la estabilidad monetaria a toda costa.

Una vez logrado este objetivo, la mágica “mano invisible”, del mercado (anunciada hace doscientos años por Adam Smith) y el “libre juego de la oferta y la demanda”, pondría las cosas en su lugar.

Se exigía un sacrificio necesario, por un tiempo, luego vendría el “maná de la abundancia”.

Al fin y al cabo, para la receta “liberal”,  la economía libre es un sube y baja: a veces está arriba y otras anda por el suelo, después se equilibra sola.

Por el contrario, para los herejes heterodoxos, (Keynes dixit) la economía es un ascensor: baja y sube, pero a veces se queda detenido en el subsuelo.

Y no arranca solo, alguien de afuera (en este caso, el Estado), le tiene que dar un impulso.

Por aquel tiempo -1959 y 60- se dio una sutil paradoja: Rogelio Frigerio, principal asesor económico del presidente Frondizi se convirtió a través de folletos y declaraciones en el más duro crítico de la político económica de su propio gobierno, ejecutada por Alsogaray.

Cuestionaba Frigerio (abuelo) que se considerara la estabilidad monetaria como un fin en sí mismo.

Estabilizar sí. Pero no a costa de recesión, sino a través de medidas expansivas, reanimadoras de la economía.

Con estricta lógica señalaba, entre otras cosas, que el achique desmesurado del gasto y paralización de obra pública, por ejemplo, haría que la recaudación cayera; y el déficit fiscal, en lugar de achicarse, se agrandaría.

¿La clave no estaría más bien en optimizar y orientar adecuadamente el gasto, antes que sólo “achicarlo”?

El despido de agentes de la administración pública o empresas del Estado, sin que la actividad privada estuviera en condiciones de absorberlos,  ocasiona graves problemas de tipo social (y político) que debería afrontar el gobierno.

Y eso que, por entonces, la desocupación apenas alcanzaba el 5 o 6%, y las estadísticas de pobreza no registraban los porcentajes aterradores de hoy.

No eran sólo diferencias en materia coyuntural: Frigerio planteaba un decidido apoyo a las industrias de base, mientras Alsogaray parecía inclinarse a las formas tradicionales de la economía agro-importadora.

Producir, decía Alsogaray, sólo aquello en lo que tenemos “ventajas competitivas”

Don Rogelio sostenía, por ejemplo, la necesidad de impulsar fuertemente la industria petroquímica.

Alsogaray, en cambio, se mostraba contrario a “malgastar capital” en ello en vez de “comprar fertilizantes para tirar en la Pampa Húmeda”.

Don Álvaro duró en el cargo más o menos un año: una huelga ferroviaria le hizo fracasar el plan, aconsejado por el general norteamericano Larkin, de reducir en un 32% las vías férreas del país y echar cerca de cien mil empleados del Ferrocarril.

Dicen que la ruptura se produjo en ocasión de la visita de representantes del Banco Mundial, ante el cual gestionaba el gobierno de Frondizi  la financiación del complejo El Chocón-Cerros Colorados.

Alsogaray, al parecer, se oponía considerándolo gasto “excesivo”.

Al otro día le pidieron la renuncia.

Años más tarde, le escuché decir en la Cámara de Diputados, que él  “nunca supo el motivo de su echada”.

Pero, en realidad, parecía obvio.

A más de sesenta años, una disyuntiva parecida vuelve a plantearse en la sociedad argentina y reactualiza el debate Alsogaray-Frigerio.

Más allá de las condiciones económico sociales de hoy, mucho más dramáticas, la enseñanza que podemos sacar de aquella experiencia es que, para superar un momento difícil, hay más de una alternativa.

El famoso escritor norteamericano Juhn Verdon estampa en una de sus novelas: “Las opciones de blanco o negro no son realistas y conducen a decisiones pésimas, porque por definición excluyen muchas soluciones alternas”. O, si se prefiere: “La democracia necesita apuestas superadoras, que le den al país una alternativa dentro del marco de amplitud indispensable para arribar a los consensos básicos. Siempre, por supuesto, buscando afirmar los valores de la libertad, que aseguren la igualdad y afirmen los principios republicanos” (Raúl Alfonsín, ex presidente argentino, en diálogo con Rodrigo López Tais, Revista “el Legislador” Nº2, octubre de 2006).

Publicado en Página Política el 18 de diciembre de 2023.

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