lunes 17 de junio de 2024
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La “massamadre” del problema

Un día el ministro de Economía Sergio Massa decide la recompra anticipada de bonos, “para mejorar el perfil de vencimientos”. Se genera una controversia: ¿con la escasez de reservas es razonable comprar bonos anticipadamente? A las pocas semanas, el mismo gobierno anuncia una operación orientada a vender sus bonos.

En ese péndulo se pierden los últimos vestigios de credibilidad. La desconfianza afecta más a la calidad democrática que ninguna otra cosa.

Desde que Carlos Menem hizo alarde de su martingala electoral (exitosa), al señalar que de haber anunciado las reformas que llevó adelante su posibilidad de triunfo hubiese sido menor, la política argentina ingresó en un espiral de degradación de la palabra de características grotescas.

No se trata ya de ajustarse a la verdad y evitar la mentira, sobre todo tratándose de temas tan controversiales. Se trata de construir un vínculo de confianza con explicaciones lógicas, contexto y criterios que nos permitan mantener una conversación pública razonable.

Lo que sucede con la deuda pública puede trasladarse a cualquier tema, desde la imputabilidad de los menores, el uso de las Taser, aliarse con un colectivo político o perseguirlo hasta la cárcel, mantener en la órbita del estado o no una empresa, la educación sexual en las escuelas, etc. Hay dirigentes que no se cansan de girar un “U” con una naturalidad sorprendente.

La ciudadanía entre otras cosas ha “desenchufado” de la política, sencillamente porque le ha quitado valor a lo que pueda decir cualquier dirigente. Para muchos/as, no importa si lo que sostiene un dirigente es creíble o increíble, si es movilizador o no. Lo único importante es que cualquier enunciación expresada por un político/a es (en principio) un fraude, una manipulación o una mentira, en mayor o menor medida.

Ese deterioro condiciona nuestras posibilidades futuras como Nación. A modo de ejemplo, digamos que en ese contexto ningún acuerdo gozaría de la más mínima credibilidad.

 Argumentos en favor del cambio de opinión, hay decenas y muy justificados. Por ejemplo, se ha asociado el desapego a la lógica argumental con una cierta flexibilidad que favorece mejores decisiones en un mundo cambiante. Lo cierto, es que por el abuso de ese camino hemos logrado marear a nuestros votantes. Es verdad que un dirigente razonable puede cambiar de parecer. Lo que no parece sensato ni ético es funcionar todo el tiempo en modo “saltimbanqui”. No hay antecedente (al menos en la Argentina) de un cambio de parecer precedido de un razonamiento que desnude la posición errada y se acompañe de un humilde pedido de disculpas.

Esta variabilidad de posiciones no es solo un ejercicio de flexibilidad moral, es también, y esto es lo verdaderamente grave, el resultado de un vacío. Se puede cambiar fácil cuando las convicciones son frágiles. Quienes no creen en nada, adoptan posiciones en base a un criterio de “presente excluyente” desapegado de lo que dijeron (el pasado) y también desapegado de las consecuencias (el futuro).

Es cierto que en la historia las catástrofes humanitarias más dolorosas se las debemos a convicciones sostenidas contra toda evidencia. Pero del mismo modo que la rigidez es incapaz de adaptarse a las circunstancias, la falta de criterios rectores hace de la acción pública un deambular sin sentido y erosiona la representación.

El problema argentino excede lo fiscal, lo económico en general o lo político. Es imprescindible reconstruir la confianza, en base a compromisos claros, al sostenimiento de la palabra empeñada, la integridad en la acción pública y a recuperar para la política su rol docente y referencial. Como dijo Fernando Henrique Cardoso, “gobernar es explicar”.

Ningún atributo relevante de la acción pública como la sensibilidad o el rigor técnico pueden expresarse frente a liderazgos que cambian de posición cotidianamente.

Sostener una posición implica una visión del mundo, una explicación que la justifique y un marco lógico de razonamiento.

La recuperación argentina va desde la política espectáculo a la democracia responsable. Si no seguiremos fermentando problemas aparentemente invisibles, pero verdaderamente peligrosos.

Publicado en La Nación el 28 de marzo de 2023.

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