domingo 16 de junio de 2024
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La legitimación autoritaria de Javier Milei

Se habla por doquier del avance de los autoritarismos; me referiré aquí a una faceta de este problema. No a la dominación autoritaria de hecho, sino a su creciente legitimidad social (la vieja legitimidad que mezcla una cierta resignación con una cierta aprobación y, en los casos en que ya hay un régimen de rasgos autoritarios establecido, con la sospecha de que intentar cualquier cambio político democratizador sería para peor). Y acto seguido discutiré de qué va Javier Milei en todo esto.

Procuro abordar la cuestión bajo el concepto de Étienne De la Boétie de servidumbre voluntaria. De la Boétie declaraba su asombro por el hecho de que muchos obedecieran y sirvieran voluntariamente a muy pocos. “¿Cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar?”. No está pensando sólo en tiranías unipersonales: “El depender de muchos es tener que sobrellevar otras tantas desgracias”, dice.

La naturaleza voluntaria de la servidumbre

Pero, ¿por qué esta naturaleza voluntaria de la servidumbre?

Mi hipótesis central es que el autoritarismo coercitivo, que tiene por principio activo (siguiendo a Montesquieu) al miedo como modo dominante de lo político autoritario, ha dado paso a la servidumbre voluntaria, como una tendencia social y cultural a permitir, a legitimar, a naturalizar, que otros decidan en los asuntos públicos, y a obedecerlos. Todo esto bajo regímenes constitucionales, que hagan más o menos factible la configuración de grupos que controlen tanto el acceso como el ejercicio del poder, y con una conformación bipolar desigual (los “pocos” y los “muchos”). Su instauración depende de las raíces sociales profundas, que tienen que ver con la desafección, la malquerencia social (por oposición a la virtud cívica) y con las expectativas económicas “despolitizadas” en el ciclo de repetición capitalista: el hecho de que los fracasos en los intentos de gestión política del capitalismo tengan por costo principal la abdicación a toda gestión política del capitalismo.

Las raíces de la servidumbre voluntaria son antiguas: la ilusión de la libertad de los antiguos ha sido sustituida por la ilusión de la libertad de los modernos; la ilusión de la virtud republicana, por la ilusión de la libertad de las virtudes privadas; la ilusión de las libertades positivas, por la ilusión de las libertades negativas (hablo de ilusión sólo para enfatizar mi escepticismo, pero amo todas estas ilusiones en desenfrenado libertinaje).

Entonces, esto hace que lo que sería inherente a la democracia (su principio de acción) no esté presente. Porque nadie tiene incentivos de cuño meritocrático (los principios positivos de la democracia: la virtud, la moderación, un “temperamento de equilibrio”, la disposición a deliberar, la vida cívica, la consideración de los hombres recíprocamente como libres e iguales en la escena de lo político, la fibra de la decisión). Y entonces la acción virtuosa depende apenas de una variable, el problema de conciencia individual (¿Debo actuar, pese a todo? ¿Debo sumergirme en un fangal?). Y como no es sensato obligar a nadie, la gente quiere ocuparse lo menos posible, pero obtener lo más posible. ¿De qué? De la política. Pero la política está obligada igual, por la misma gente, que la urge desde su mundo privado, a reiterar su promesa, y lo hace, naturalmente. Y la incumple. ¿Por qué? Porque no tiene cómo cumplir con esas expectativas de felicidad: las expectativas de no ocuparse nada y obtener mucho. Una de las razones por las que no puede cumplir es la malquerencia de la que es víctima, que plantea una relación incoherente entre la sociedad y el poder, una selección negativa.

Sin virtud cívica hay poder corrupto. Los ciudadanos además de quejarse, votar y pagar sus impuestos (seamos francos, es todo lo que hacen) en general toleran el quantum inevitable de corrupción (política en sentido aristotélico y económica en sentido moderno) que acompaña la brecha entre el deber ser de la virtud cívica y el realismo institucional. El problema es que la corrupción en los dos sentidos crece inevitablemente y no adelanta quejarse, hay que comprenderla. Comprenderla antes de que sea tarde. El crecimiento de la corrupción política y económica allí donde la virtud cívica es escasa es comprensible: se produce la selección de un personal que, en palabras de Emmanuel Todd, termina formando una “élite carente de toda noción de deber hacia la comunidad”. Y la selección negativa tiende a establecerse como círculo vicioso. El nivel de la clase política y su competencia disminuyen, porque una parte sustancial de quienes son seleccionados o son demasiado incapaces para una actividad tan singular como la política, o procuran con demasiado entusiasmo el beneficio propio (de modo ilegal o faccioso). Quejarse hasta que ya no se la pueda parar es lo peor. Sin recuperar brotes (siempre temporarios) de virtud, no se puede hacer nada. Creer meramente en el mercado, o en las instituciones liberales – por otra parte indispensables –, no resuelve el problema.

Pero además hay otra faceta de la cuestión de efectos convergentes, que es el ciclo de repetición capitalista: expansión ilimitada del consumo y la desigualdad, deprivación relativa y, en casos como el de Argentina, exclusión crónica. ¿De esa ecuación puede esperarse virtud cívica? Las sociedades de malestar proliferan en países hipotéticamente democráticos, donde sus instituciones democráticas “mueren por dentro”, y también proliferan en sociedades en las que la legitimidad de distintas especies de autoritarismo ha crecido, y constituyen casos de servidumbre voluntaria.

El doble desgranamiento presidido por la malquerencia hacia la política define el marco de la servidumbre voluntaria, que es un comportamiento muy racional, es el precio que se paga para no enrolarse en el esfuerzo de sobreponerse al malestar y dar una batalla que se considera de antemano perdida. Se deslegitima la política como consecuencia de los golpes que le hemos asestado nosotros mismos. Verificamos las consecuencias de lo que hacemos, pero no nos sentimos responsables. Los responsables son “los políticos”. Pero es la disolución de lo público y de lo político, la reducción de lo individual a su mínima expresión -es decir, individuos “sin” (ejercicio de) ciudadanía, volcados sobre sí mismos-, los que hacen posible la existencia de la “casta” y que esta se comporte como una maquinaria de depredación contra la que nosotros, que hemos creado las condiciones para su existencia, nos indignamos.

Hay un sentido común liberal en torno a la noción de libertad de los modernos, libertades negativas (tal como se lee en el ensayo pionero de Bernard de Mandeville, La fábula de las abejas), que execra de la libertad de los antiguos y de las libertades positivas, y por muy buenas razones (como lo vemos en Benjamin Constant). ¡Pero las desestima precisamente cuando hacen más falta! Mi hipótesis es que, en su mayoría, las democracias realmente existentes adolecen de un problema endógeno. Las actuales democracias serían “ser sin obrar”. Porque, como ser, son. Nadie quiere sustituir sus regímenes. Pero el principio fundamental, el rector de la república democrática, no obra. Si, siguiendo a Montesquieu, “su naturaleza es lo que le hace ser (a todo régimen de gobierno) y su principio lo que le hace obrar”, el principio de la virtud se ha marchitado. “En un estado popular -dice Montesquieu- no basta la vigencia de las leyes o el brazo del príncipe siempre levantado; se necesita un resorte más, que es la virtud (el amor a la patria y a las leyes, la preferencia de lo público)”. Por dar un contraejemplo, Trump es emblemático del uso torpe y ciego de la política y del poder de un modo completamente incongruente con el régimen en el que actúa; esto es lo más chocante.

Como principio activo, la virtud es activa por sí misma, un principio volcado a la acción, no a lo privado. Esto no es nada liberal y sí muy republicano. La conjunción, tan exitosa por tanto tiempo, de la república y el mercado, tiene muy poco que ver con la virtud; las democracias liberales tienen por pilar la fábula de las abejas. El autointerés sería capaz de producir el bien común. Pero ¿esta no es la fuente del problema? La economía de mercado no requiere ni produce ciudadanos virtuosos sino “abejas” (nada hay de despectivo en esta palabra). ¿Dónde están los ciudadanos virtuosos que hacen falta? Todo este curso de argumentación va en contra de los (admirables por otra parte) Papeles Federalistas; uno y otros no son nada fáciles de conciliar. Los Federalistas están mucho más cerca de la prosperidad que de la frugalidad, también de la desigualdad que de la igualdad. Pero la igualdad y la frugalidad así contrapuestas a la concepción federalista nos aproximan peligrosamente con las condiciones de establecimiento de órdenes no democráticos. En otras palabras, no la tenemos fácil.

El régimen representativo es expresión de todos estos problemas y de sus intentos de solución. Y la “democracia participativa” es una idea insensata (no se trata de que participemos todos, sino de que haya igualdad real de incentivos y oportunidades para seleccionar a los mejores). La democracia representativa justamente está como diseñada para compensar la brecha entre la ciudadanía activa (virtuosa) y la desafección del ciudadano racional, pero no consigue hacerlo. Y desde Bernard Manin (por lo menos) sabemos que la democracia representativa no es una democracia, aunque todos seamos cómplices en su denominación. Aun así, si se rompe el equilibrio entre ciudadanía activa y apatía racional, no funciona. La democracia representativa es una gran paradoja, porque está diseñada para activar un mecanismo meritocrático de incentivos, que mueva la virtud cívica, y logra lo contrario. ¿Cuáles son los principios activos del régimen representativo? Diría que el principal, más aún que la virtud, es la confianza. Un bien sumamente elusivo. ¡La política se ha degradado! ¿Cómo quiere que la gente confíe en los políticos? son palabras comunes en toda América Latina. Y desde que la confianza se deteriora, y desde que no resulta claro cómo mitigar este deterioro, es el propio régimen representativo el que sufre una erosión creciente.

Lamentablemente, también sabemos que jugamos con la cancha inclinada en contra ante un capitalismo que hace mucho tiempo ya que dejó de ser gestionado por lo político, y ha recuperado las capacidades, más viejas aún, para gestionar la política.

Pero la pesadilla de la servidumbre voluntaria es el algoritmo. Hay autores como Harari que son más que nada divulgadores de cuestiones terroríficas. Pero buceando un poco en la literatura cada vez más abundante sobre el tema, se percibe el peligro de una tendencia dominante a delegar capacidad de decisión en muchos campos en los algoritmos. Delegación que tiene dos incentivos: nos desincumben de lo que nos fastidia hacer, y “lo hacen mejor que nosotros”. Esto incluye no necesariamente el gobierno de los algoritmos, pero sí el gobierno de los criterios en base a los cuales tomamos nuestras decisiones.


El caso Javier Milei

Ahora, me ocuparé de Javier Milei que viene demasiado al caso. Comienzo subrayando que me parece innegable que Milei alienta una concepción totalitaria de la vida social y de la política. Para él cada cosa es “un mercado más”, desde la ciencia y la tecnología hasta los órganos humanos. En junio de 2022, llegó a discutir la venta de niños (“es un mercado más”). Lo más pavoroso son los fundamentos en que justificó la pertinencia de examinar la cuestión: el libro Análisis general competitivo, de Kenneth Arrow y F. H. Hahn. Sumergidos en las páginas de esa obra de economía, ¿se encuentran los valores que habilitan la consideración del intercambio de niños? La conversión de todas las relaciones sociales en relaciones de mercado; la utopía es totalitaria entre otros motivos porque disuelve la sociedad en el estado: exige un grado elevadísimo de coerción para su imposición, su propagación y su reproducción, y para un nuevo experimento de creación del hombre nuevo. Sin exageraciones: entre Milei y Ernesto Guevara la distancia es mucho menor que lo que podría creerse. Y lo es porque ambos proponen un cambio en la naturaleza humana conforme a los incentivos que consideran correctos.

Coincido con Luis Alberto Romero en que hay que atender prioritariamente el peligro que significa Milei para la gobernabilidad, no tanto para la democracia. Pero me pregunto sobre las consecuencias de la posibilidad de que Milei concierte con (parte de) la “casta” la salida sensata a un impasse. No veo probable el escenario reiterado por Andrés Malamud sobre que un triunfo de Milei lo llevaría bien a cerrar el Congreso bien a resignarse a un impeachment. De hecho, Javier Milei, considerándose, espero que equivocadamente, futuro presidente, comenzó un camino de entendimiento con porciones de la “casta”, si esta existe. El problema es que esta posibilidad de salida de autopreservación puede transformarse en el proyecto más duro y más antidemocrático sin una ruptura constitucional (en el camino del estado de excepción estudiado por Hugo Quiroga), porque va a enfrentar “demandas” de su base electoral difusa, de sus votantes sociales, y de todos los que arreglen con él distanciándose de las pertenencias previas. Sin ruptura constitucional y también sin adquirir un perfil expresamente represivo.

La configuración política que eventualmente arme JM para gobernar quizás estalle rápidamente, pero quizás se mantenga sobre la base de un consentimiento sorprendente de su autoridad, para ofrecer una nueva propuesta conservadora -otros cuatro años de gestión penosa de la Argentina decadente-. Que pueda obtener ese consentimiento, o no pueda, dependerá de los activos con los que cuente: su propia competencia política, que me parece extremadamente dudosa, el resultado electoral, que podrá traducir en un mandato gubernativo, la envergadura de los respaldos que sea capaz de reclutar, el éxito de un plan de estabilización inicial. También, aquello que es característico de la servidumbre voluntaria: un liderazgo que no es contestado como tal, y tampoco en sus decisiones de política y gestión. Y por fin, una base sociopolítica de adhesión incondicional, no vinculada a las instituciones, sino a su ethos populista, compuesto probablemente por creencias no ligadas a contenidos sino a la persona. Agrego que según la información disponible, son cada vez más borrosos los límites que perciben muchos ciudadanos, sobre todo jóvenes, entre un gobierno democrático y uno autoritario.

En una entrevista reciente, Ernesto Sanz comenta preguntándose por la “explosión emocional” que puede haber expresado el resultado de las PASO especialmente en los jóvenes: “En amplios sectores de la comunidad, implica lo siguiente: le dejo esa tarea a uno de los nuestros.”. Es a mi juicio esa delegación, la identificación, lo puramente expresivo, el salto al vacío, todo lo que desemboca en nueva servidumbre voluntaria. Desde luego que puede ser fugaz. Pero también puede convertirse en una forma de régimen de servidumbre, bajo la cual, paradójicamente, muchos puedan sentir “lo importante que es vivir en un país que sea gobernado democráticamente”.

Publicado en www.tn.com.ar el 13 de octubre de 2023.

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