lunes 20 de mayo de 2024
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La jefatura vacante del peronismo

La brusca destitución de la fórmula para la presidencia y vice proclamada por CFK y su sustitución, a 24 horas de cerrarse el plazo electoral, confirma que el régimen de gobierno instaurado en agosto de 2022 es un triunvirato.

En aquel momento, como lo analizáramos en una nota para este portal, marcó primero, que se vivía una crisis de gobernabilidad y segundo, que la diarquía constituida por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner era impotente para controlar la corrida contra el peso.

En tales circunstancias Alberto Fernández estuvo a punto de caer y Cristian Fernández de Kirchner no hubiera podido reemplazarlo, según la regla constitucional. La salida fue una remodelación en la cúpula del poder con tres vértice en equilibrio inestable.

Ese expediente permitió evitar la aplicación del mecanismo de acefalia presidencial, el refreno de la agitación callejera y una módica administración de las relaciones con Estados Unidos y el FMI.

Con ese esquema dictado por la desesperación, el oficialismo consiguió esquivar el colapso. Dos de los tres vértices del triángulo operaban casi siempre para atender cada frente de tormenta y casi nunca se registraba una coincidencia entre los tres.

Pero, llegado el momento crucial en que se discute la reproducción o el abandono del poder, el dispositivo trilateral entro en crisis. Alberto Fernández se ilusionaba con que las PASO le permitieran ventilar sus diferencias con Cristina Fernández de Kirchner hasta que los otros dos triunviros se unieron para cortarle las alas.

Sergio Massa, por su parte, exigía prescindir de toda competencia interna para consagrarse candidato único. CFK fingía conservar los atributos para pronunciar la última palabra pero esa ficción no tardó en evidenciarse.

Cuando Cristina Fernández se inclino por Wado De Pedro para encabezar la fórmula peronista, el formato triangular se puso en su contra y en pocas horas los factores de poder real le hicieron notar que la reina estaba desnuda.

Los vértices restantes se unieron en un relámpago para derribar toda opción de continuidad de una hegemonía personal que había perdido hacia rato su base material de sustentación.

El triunvirato tiene asegurada su continuación hasta el último día del mandato. Ninguno de sus integrates es tan fuerte como para imponerse sobre los demás ni, como se observó en estas horas tan débil como para ser ignorado o despreciado.

Algo constante en la naturaleza del peronismo se ha puesto en juego a favor de Sergio Massa. Se trata de que ese conglomerado heterogéneo, carente de reglas que ordenen su vida interne, solo puede subsistir bajo el mando de un único jefe.

El instinto de supervivencia indica a los peronistas que el ciclo de Cristina Fernández de Kirchner está agotado. El kirchnerismo aparenta vitalidad pero con su líder ya vencida la sucesión dinástica es inviable y nadie en su séquito muestra las cualidades necesarias.

En cambio Sergio Massa reúne los rasgos para intentar erigirse en jefe. Su acceso al ministerio de Economía en una coyuntura dramática mostró su audacia y su disposición a la candidatura en este trance también desfavorable lo ratifica.

El objetivo de Sergio Massa no es la candidatura por si misma sino la jefatura que requiere el gesto de asumir el alto riesgo de perder. Pero, cuando lo más lógico es la derrota, encabezar la oposición y preparar la vuelta al poder es una oportunidad que se asume o se desvanece en un minuto decisivo.

En 2024 el peronismo podría desarmarse en mil pedazos si una jefatura firme no le garantizare continuidad a futuro. La ambición personal de Sergio Massa lo conduce, por medio de la candidatura, a esta apuesta que coincide con los intereses corporativos a los que el peronismo presta su piel y entrega su alma.

En el trámite queda pendiente una urdimbre intrincada con cientos de detalles de los que dependen las escasa chances electorales del oficialismo pero, tal vez haya un tópico que marque más que los demás el cambio de época. En otra nota para Nuevos Papeles me referí a eso. Alberto Fernández tiene a su cargo oficializar el retiro de Cristina Fernández de Kirchner de la política activa, en la que ya no tiene funciones significativas.

¿Cómo lo haría? Dictando, después de las elecciones de octubre el indulto que reclaman Zaffaroni, Ramos Padilla y otros personajes, conscientes ellos de que las condenas penales son insoslayables, que la vida útil del liderazgo ha caducado y que la impunidad certificada es para Cristina Fernández de Kirchner, en su ocaso, la última salida existencial aceptable.

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