jueves 30 de mayo de 2024
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La inflación de Sergio Massa es un iceberg: la mayor parte está oculta, pero nos va a golpear

El 12,4% de inflación de agosto fue un golpazo para el oficialismo. La mayor en 32 años. El doble que la del mes anterior, y con buenas chances de ser seguida por otro número similar en el mes en curso. Justo cuando la sociedad destaca como su peor desvelo la suba de precios, y señala al Gobierno como responsable principal de que no se detenga; no a los empresarios, a los supermercados, ni a la guerra en Ucrania, ni a ninguno de los otros camelos que antaño le servían un poco al kirchnerismo para disimular sus responsabilidades. Y todo esto sucede, para peor, en medio de una campaña durísima para las autoridades, cuando Unión por la Patria puede quedarse fuera del balotaje y perder aún más representación territorial y legislativa de la que ya ha venido perdiendo. 

Así que el ministro-candidato decidió tomar el toro por las astas y jugársela toda a diluir lo más posible los efectos políticos inmediatos de semejante notición. ¿Cómo? Asegurándose de minimizar los efectos sobre el consumo actual, al precio de agravar las perspectivas mediatas para la economía en general, tanto para las empresas como para los consumidores y las cuentas públicas. La cuenta la pagaremos todos, claro, pero Massa se juega, con la nuestra, a salvar la ropa hoy. Lo que venga después no es su problema, que se arreglen los demás. 

La batería de medidas que se anunciaron estos días, de todos modos, tampoco es tan novedosa. Consiste, simplemente, en varias vueltas de tuerca más sobre las mismas prácticas a las que el Gobierno venía recurriendo desde que firmó el acuerdo con el Fondo un año y medio atrás: usar los recursos que transferidos para seguir retrasando el dólar oficial y contener las demás valuaciones de la divisa, aumentar gastos por debajo de la mesa para sostener el consumo y morigerar la recesión en curso, y dilatar todos los pagos habidos y por haber para disimular que las reservas están ya totalmente en rojo y el Estado le debe a cada santo una vela, dibujando así los números del déficit. Con estos métodos, que se fueron profundizando en los últimos meses, se disimulan dos números escandalosos: el déficit público real estaría en torno a 4% del PBI, y el rojo del Central en unos 20.000 millones de dólares. Si le sumamos los 16.000 millones que se agregaron en estos días a nuestra deuda externa, culpa de los dislates soberanistas de Cristina y Kicillof con YPF, el total de nuestro pasivo externo público, que estaba en 403.809 millones en junio pasado, hoy estaría rondando los 440.000 millones, un récord absoluto.

Y a toda esa enorme carga que pesa sobre las espaldas de un país exhausto, esta semana Massa le sumó unos cuantos ladrillos más: aumentos del gasto de unos 3 puntos del PBI y reducción de ingresos por más de 1 punto. Encima, casi todos dirigidos a sectores medios y medio altos, que son los que más chances tienen de escaparle a los costos inflacionarios que todo esto va a acarrear.

¿Hay algo más que pura ventajita electoral en esta operación de justicia distributiva al revés lanzada por Massa? La otra faceta que cabe destacar de sus planteos de estos días no es mucho mejor: pareciera que el ministro-candidato está convencido de que podrá controlar la situación que, al menos en sus manos, no va a estallar. En su delirio omnipotente, tal vez imagina que el Fondo Monetario va a seguir callado, o que, si protesta y pone el programa con Argentina en suspenso, eso no tendría mayor efecto sobre las variables económicas domésticas. Pero puede que no sea así, y que la dolarización de activos se acelere, y con ella quede del todo a la vista que mantener congelado el dólar oficial a 350 pesos es ya un delirio insostenible.

También Massa parece creer que los consumidores y comerciantes seguirán sus consejos: van a comprar más bienes y contratar más servicios, y no a utilizar los pesos de más que reciban en las próximas semanas para ir a la cueva más cercana a hacerse de dólares. Una expectativa que contradice lo que ha sucedido siempre en situaciones similares del pasado: para la mayor parte de los operadores, el dólar a 700, que semanas atrás lucía “caro”, ahora ya parece una ganga, porque nadie piensa que vayan a poder mantenerlo en ese nivel más que un corto tiempo más.

Como además el Ministerio de Economía se ha esmerado en el ínterin en congelar un montón de otros precios, tarifas, combustibles y alimentos, algún efecto sobre el consumo va a haber. Pero en el mejor de los casos va a consistir en que los sectores medios beneficiados con el “plan platita” lo retraigan menos de lo esperado. No hay chance de que él vaya a subir. Simplemente porque la caída del consumo de todos los demás sectores es y seguirá siendo demasiado intensa. Y los precios, sobre todo de los bienes durables en que algunos querrán volcar los beneficios concedidos, siguiendo las recomendaciones del ministro, siguen subiendo aceleradamente. Un buen ejemplo son los automóviles, en los que Massa recomendó poner el ojo: autos nuevos es casi imposible comprar, porque las fábricas no entregan, o entregan solo los modelos más caros, así que los precios de los usados se fueron por las nubes; más motivos para comprar dólares y esperar que el temporal pase; seguro habrá gangas que adquirir en ese mercado dentro de unos meses, con verdes en la mano.

En suma, todo apunta al mismo problema: la inflación es ya en estos momentos insoportable, y va a seguir siéndolo en las próximas semanas y meses, hasta la elección y la transmisión del mando, pero el problema mayor no está ahí, sino en toda la suba de precios disfrazada, postergada o apenas contenida que va a desatarse en algún momento de la transición, apenas se termine de votar, o simplemente cuando al ministro se le acabe el humo y las variables se le descontrolen del todo.

Es difícil cuantificar el problema, aunque algunos bancos extranjeros ya lo están haciendo. El J.P. Morgan acaba de emitir un informe donde estima que este año la suba de precios va a estar cerca del 200%. Lo que significa que imagina que la trepada de fin de año va a ser considerable. Ese y otros informes anticipan también que la inflación del año próximo va a ser aún mayor, porque será entonces cuando el nuevo gobierno deba sincerar un poco las cosas, sacar al menos parte de la mugre de debajo de la alfombra y administrar los efectos que inevitablemente ese sinceramiento va a tener en empresas, trabajadores y consumidores.

¿Significa esto que, como han empezado a advertir algunos opositores, vamos camino a una hiperinflación? Todo depende de a qué ritmo de alza de precios se quiera nombrar así. Si una suba mensual de más de 30% es hiper, porque se considera que ya con eso alcanza para que desaparezca la capacidad de anticipar precios a muy corto plazo, entonces es probable que muy lejos no vayamos a estar en el próximo verano, o tal vez antes. En cualquier caso, dependerá, y mucho, de los resultados electorales, y de cómo reaccionen los demás actores durante la transición de un gobierno a otro.

Descontando que Massa y el resto del oficialismo van a hacer más o menos lo que vienen haciendo, comportándose con la máxima irresponsabilidad, puede darse el escenario de que los resultados electorales sean para ellos tan malos, que se vean obligados a cambiar de plantel. En ese caso, si entrara en funciones un gabinete técnico, las chances de una moderación de los desequilibrios y de cierto juego leal con quienes hayan ganado las elecciones se volverían factibles. Lo que implicaría que entre ellos negocien una cierta distribución de malas noticias, algo parecido a lo que hizo Macri con Alberto Fernández en 2019 (y que fue posible entonces, recordemos, porque Macri tenía algo que ofrecer, más de 10.000 millones de dólares en el Banco Central, y porque estimó razonable que el nuevo Gobierno quisiera continuar en alguna medida su programa fiscal, cosa que finalmente no sucedió).

Publicado en www.tn.com.ar el 18 de septiembre de 2023.

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