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11 07 2022

La guerra galáctica


Autor: Rodolfo Terragno









La población civil. Ese es objetivo principal las guerras contemporáneas. Hoy asistimos a la ferocidad e impiedad de Rusia, cuyos misiles destrozan hogares, provocan huidas y diezman a los ucranianos. Pero así son las guerras contemporáneas: cobardes agresiones desde el aire, más cobardes aun desde que los misiles sustituyeron a los bombarderos tripulados.

Hace 2.500 años Heródoto condenó las guerras porque “en la paz los hijos entierran a sus padres y en la guerra los padres entierran a los hijos”. Hoy las guerras despedazan por igual a padres e hijos, en cantidades inconmensurables:

Guernica, España (1937). 40 toneladas de bombas incendiarias, descargadas por aviones de la Alemania nazi y la Italia fascista, devastan la ciudad, que pierde en el mega incendio 1.654 de sus 10.000 habitantes; 899 quedan heridos. Pablo Picasso reflejará la tragedia en un famoso y sobrecogedor cuadro.

Coventry, Inglaterra (1940). La Luftwaffe, fuerza aérea nazi, deja caer sobre la ciudad 150 bombas de gran poder, 3.000 bombas incendiarias y 50 minas terrestres. Coventry queda en ruinas. Su catedral medieval se hace escombros y más de la mitad de las viviendas ha sido destruida o dañada. Cientos de sobrevivientes vagan por las calles como fantasmas, entre muertos, heridos, desesperados que rezan y súbitos dementes.

Londres, Inglaterra (1940-41). La capital británica es bombardeada durante 58 noches consecutivas por los nazis. Las estaciones de subterráneos se colman de londinenses que buscan refugio. Varios millares mueren en las calles o encerrados en sus casas. La Luftwaffe también bombardea, repetidamente, otras cinco ciudades. Un millón de familias queda en la calle.

La fatal estrategia (1942). En 2018 un informe de la BBC develó que “en 1942, el Gabinete de Guerra británico tomó la decisión de destruir todas las ciudades alemanas con mas de 100.000 habitantes para erosionar la moral de la población civil”. Winston Churchill dijo: “Bombardearemos Alemania de día y de noche, haciendo tragar al pueblo alemán una fuerte dosis de las miserias que ellos han esparcido sobre la humanidad”.

Hamburgo, Alemania (1943). Un bombardeo aliado destruye 2.632 negocios, 379 edificios de oficinas, 24 hospitales, 277 escuelas y más de la mitad de los hogares. Los muertos suman 42.000. El escritor Hans Erich Nossac lo recordaría así: “El cielo de Hamburgo estalló en pedazos. La Fuerza Aérea británica, con apoyo de Estados Unidos, lanzó la Operación Gomorra (llamada así por la ciudad del Antiguo Testamento, arrasada por el fuego)”.

Dresde, Alemania (1945). Una llamada “tormenta de fuego”, devora la ciudad. Los aviones aliados descargaron 4.000 toneladas de explosivos y asolado 15 kilómetros cuadrados. Las viviendas destruidas o dañadas suman 176.000. La zona militar casi no fue afectada. El escritor Sinclair MacKay recordará: «Las baterías antiaéreas estaban en el frente, a 80 kilómetros. Había 10 cazas en el aeropuerto pero no podían hacer frente a los 750 aviones que volaron desde Inglaterra”.

Hiroshima y Nagasaki (1945). Estados Unidos lanza sobre Japón dos bombas atómicas: una que calcina 12.950 kilómetros cuadros de Hiroshima; otra que carboniza 6.734 kilómetros cuadrados de Nagasaki. En Hiroshima mueren en el acto 75.000 personas, pero la radiación seguirá matando por meses y se estima que la cantidad de muertos llegará a uno o dos centenares de miles.

Ahora en las guerras localizadas, las potencias utilizan sólo un fragmento de su poder destructor. Como son varias las que tienen un poder semejante, su uso aseguraría hecatombes recíprocas.

En la guerra de Ucrania, Rusia tiene otra razón para limitar su poder de fuego: el Kremlin no quiere aniquilar ciudades sino ocuparlas. Emplea los misiles selectivamente y tiene en el terreno fuerzas de ocupación. Procura así desmoralizar a la población y volverla contra el presidente Volodymyr Zelensky..

La OTAN, que está detrás de Ucrania, no quiere involucrarse directamente, pero Estados Unidos suministra, entre otras armas, misiles antitanques Javelin (los mismos que proveyó en Afganistán, Irak, Siria y Libia) y obuses de largo alcance.

Haría falta una guerra de las galaxias para que una potencia recurriera a su formidable arsenal.

Rusia y Estados Unidos tienen misiles capaces de hacer impacto a increíbles distancias: el RS-28 Sarmat, de Rusia, a 18.000 kilómetros; y el Minuteman III-ICBM de Estados Unidos a 13.000.

En dinero, las donaciones de Estados Unidos a Ucrania han llegado a límites impensados: el Congreso norteamericano aprobó el mes pasado un paquete de 40.000 millones de dólares —destinado a gastos militares, la economía y asistencia humanitaria— que sumados a los ya provistos suman 53.600 millones.

Esto acerca cada vez más a un conflicto directamente ruso-norteamericano.

El Papa advierte que no debe reducirse la guerra a una lucha de “buenos” contra “malos” en un solo país: es necesario entender, según Francisco, que ya hemos entrado en “la tercera guerra mundial”.

Por ahora, esa guerra, que enfrentaría Occidente y Oriente, sólo consiste —salvo en el campo de batalla que es Ucrania— en amenazas retóricas, aunque cada vez más peligrosas.

China y Rusia han acordado una alianza “sin limites” y han declarado su oposición a la extensión de la OTAN, sobre la cual Putin funda la llamada “operación militar especial” contra Ucrania.

La Alianza Atlántica, encabezada por Estados Unidos, dice ahora que China representa un “desafío” para los “intereses” y la “seguridad” de los países de la OTAN.

China ha dicho esta semana: “La OTAN sostiene que es una organización regional y de naturaleza defensiva. De hecho, no deja de ampliarse más allá de su límite regional y de sus competencias, provocando guerras y matando a civiles inocentes” Y agregó: “Las manos de la OTAN están manchadas de sangre de los pueblos del mundo”.

Los países democráticos que ayudan a Ucrania deberán evitar, si el conflicto con Oriente se agrava, que esa ayuda se convierta en alineamiento.

En la era de la guerra galáctica, militar por la paz es más necesario que nunca.

Publicado en Clarín el 10 de julio de 2022.