martes 23 de julio de 2024
spot_img

La guaranguería y el conflicto social en la Argentina

Recientemente José Claudio Escribano escribió en la nacion un sugerente ensayo sobre la “guaranguería”, una palabra coloquial que se usa en la cuenca del Plata y que, según la Real Academia, equivale a grosería. La “grosería” se ha usado, en distintos contextos históricos, como descalificación, en términos de usos y costumbres, y es aplicada a determinados “parvenus” por quienes “ya estaban” establecidos. 

Nos quedan sugerentes testimonio literarios, como la Crónica del florentino Giovanni Villani del siglo XIV; El cortesano, de Baltasar Castiglione, de 1528; El burgués gentilhombre, de Molière, del siglo XVII; o en las primeras décadas del siglo XIX, Feria de vanidades de Thackeray o Rojo y Negro de Stendhal. Por esa ruta quiero llegar a nuestra sociedad argentina, la de la inmigración y la del peronismo, esa que hoy ya pertenece al reciente pasado. 

Tomo el caso de Francia en el siglo XVII, una sociedad de Antiguo Régimen, sustancialmente distinta de la nuestra. En El burgués gentilhombre, Molière y su público –la corte de Versalles, en tiempos de Luis XIV– se ríen de la pretensión de un burgués que quiere pasar por noble e introducirse inapropiadamente. Por entonces, el corazón de la nobleza estaba en la Corte. Su estilo de vida, dispendioso y fuertemente sujeto a normas, era una exhibición magnificada del privilegio que fundamentaba esta sociedad estamental: nobles, clero y el resto, el tercer estado. 

Estamental, pero no inmóvil. En los bordes del mundo privilegiado rondaban quienes querían entrar. Algunos lo lograron por sus méritos, como el gran ministro Colbert, un burgués que fue ennoblecido. Otros lo conseguían comprando un cargo judicial o administrativo, que en su cima llevaba al ennoblecimiento. Comerciantes o financistas enriquecidos compraron tierras y construyeron palacios, cultivaron buenas relaciones y llevaron una vida ostentosa, todo lo cual les abrió naturalmente el camino al título nobiliario. 

  

Este salto, cuidadosamente regulado, exigía una posición y sobre todo un estilo de vida adecuado, cuya codificación había hecho, un siglo y medio antes, Castiglione en El cortesano. Una de las funciones de la corte de Versalles era filtrar adecuadamente a los pretendientes. Quienes no dominaban estos códigos y saberes de la cortesía refinada eran motejados de “groseros”, despreciados y rechazados. Este es el tema de El burgués gentilhombre, una comedia farsesca. 

El señor Jourdain –un hombre suficientemente rico, pero que todavía huele a comerciante–, quiere ser admitido en los salones de la nobleza. Un grupo de profesores le enseña música, baile, letras, filosofa, esgrima, es decir los saberes cortesanos indispensables. Pero no pueden con su tosquedad, y allí está la gracia de la comedia. 

Su hija recibió una buena educación y tiene un pretendiente adecuado, Cleonte, al que Jourdain rechaza porque no es noble. “¿Es usted gentilhombre?”, le pregunta. Cleonte responde algo así como “no, pero estoy en camino”. En efecto, su padre tiene una posición holgada, y él, una buena educación, saber jurídico básico, buenas maneras y está lejos del mundo de los negocios. Es un honnête homme, una persona “decente”. Cuando su padre le compre un cargo público, iniciará una carrera, que probablemente culminará con la toga y el ennoblecimiento. Entonces, dice, podrá contestar: “Sí, lo soy”. 

  

Así como en la Corte se burlan del “guarango” de entonces y lo descalifican, aprecian a las personas como Cleonte, que sabe cuál es su lugar y cuál es la vía aceptable del ascenso en una sociedad estamental pero no congelada. La obra es una crítica feroz a la grosería, lo que indica que había aspirantes, y que presionaban para entrar; también muestra cómo quienes están, el elenco estable de la Corte, “se las hacen difícil”. 

  

El país del ascenso social 

  

Con un más que vigoroso mutatis mutandis, paso a la sociedad argentina del siglo XX –no ya del XXI– para buscar la versión local y contemporánea de este uso social de la grosería. 

Un tema clásico de nuestra historia es la inmigración masiva, característica de lo que José Luis Romero llamó “la era aluvial”. Visto en el largo plazo, hubo un exitoso proceso de integración social de los inmigrantes y de creación de una nueva y rica cultura “de mezcla”. Hoy se ha generalizado una visión algo idealizada del comienzo de ese proceso: el abuelo inmigrante, con firmes ideas sobre el trabajo y el ahorro, esas que hoy se extrañan. Pero en el momento en que esto sucedía, sonaron muy fuertes las voces que denunciaban los peligros que el alud de extranjeros provocaba en una nacionalidad que muchos veían débil y sin potencia. Así lo vio, por ejemplo, Ricardo Rojas en La restauración nacionalista, de 1909, y el tema se prolongó en los ensayistas que buscaron el escurridizo “ser nacional”. 

Más sutil resulta lo que vivieron los hijos de aquellos inmigrantes, ya argentinos y embarcados en la “aventura del ascenso”. Con su título de doctor o su reciente riqueza, reclamaron un lugar en los ámbitos de la elite, cuyos integrantes se pusieron a la defensiva, empezaron a considerarse “patricios” y afirmaron detentar una raigambre criolla, que superpusieron a su habitual lustre cosmopolita. Sumaron a esto el culto de una nacionalidad que, como el criollismo, también se estaba construyendo. 

“El peronismo debe mirarse no ya como una serie de aventuras individuales sino como un movimiento de ascenso de conjunto, que forma parte del anterior, lo profundiza y politiza, y que concluye –a la larga– generando su propia elite” 

Más que el rechazo explícito, interesa el matiz, que se manifiesta, por ejemplo, en una conversación de Victoria Ocampo con Eduardo Mallea, que ella recogió en su Autobiografía: “Estos argentinos recientes –le decía Victoria– tienen más entusiasmo por demostrar que lo son, que nosotros, que lo fuimos desde siempre”. Ese matiz, distante y desdeñoso, pero no hostil, era muy propio del círculo de Sur. 

  

En un juego de espejos, los recién llegados que habían decidido quedarse trataron de acriollarse y de nacionalizarse, como se advierte en el caso de las asociaciones nativistas y las peñas folklóricas, que proliferaron en Buenos Aires a principios del siglo XX. Adolfo Prieto encontró en ellas una llamativa presencia de asistentes con apellidos italianos. Puedo imaginar a trabajadores italianos –quizá de una obra pública– que al fin de su jornada cambiaban sus ropas de trabajo por las bombachas, chaleco, chiripá y pañuelo, e iban a la peña a tomar mate, comer empanadas, bailar chacareras y encontrar su “prienda” en alguna joven italiana. 

Quedó para la segunda generación, los hijos educados, ensayar la vía de la asimilación a la cultura cosmopolita de las elites locales. Fueron aventuras individuales, no solidarias, y siempre traumáticas. Los hijos de inmigrantes exitosos conservaron un trauma que los llevaba a renegar de su pasado. Pongo un ejemplo familiar: un tío materno, hijo de italianos, respetable escribano de La Plata, impecable en su ropa, su habla y su cultura social, era tremendamente crítico de algunos parientes suyos que se habían quedado “en la chacra”. Para denostar la ordinariez general, que veía en todos lados fuera de su círculo, usaba el adjetivo “chacarero”, una variación del “guarango”. Luego lo aplicó a los dirigentes peronistas. 

Las masas “guarangas” 

El peronismo debe mirarse no ya como una serie de aventuras individuales sino como un movimiento de ascenso de conjunto, que forma parte del anterior, lo profundiza y politiza, y que concluye –a la larga– generando su propia elite. 

La emergencia del peronismo desencadenó una ruptura social y cultural. Por impulso de las políticas y los discursos peronistas, en pocos años la sociedad cambió mucho. Destaco un solo rasgo: el carácter fuertemente igualitario, integrador y democrático de ese cambio y, sobre todo, los potenciales conflictos que esto supone. 

El 17 de octubre de 1945 los porteños se asombraron cuando irrumpieron en la Plaza de Mayo concurrentes poco habituales, gentes que no conocían, pese a que vivían en los bordes mismos de la capital. Aunque vestían traje y corbata, como era común entonces, y su comportamiento fue ordenado y civil, los porteños vieron en ellos a los bárbaros que irrumpían en Roma. 

La irrupción en la Plaza expresó, de manera sintética e impactante, una aceleración del largo proceso anterior de crecimiento, integración y movilidad social. A los migrantes europeos les siguieron, luego de 1930, los provincianos, y posteriormente los bolivianos y paraguayos. Antes y después de 1945, el país les ofreció a todos empleo y oportunidades, mientras el Estado desarrollaba eficaces políticas para la incorporación, como la de educación pública. La mayoría aprovechó las ventajas ofrecidas y se aplicó con iniciativa y laboriosidad a progresar. Tuvieron éxito y luego, durante muchas décadas, los hijos estuvieron mejor que los padres, ya sea en ingresos, educación o posición social. Se conformó un modelo de aspiraciones que incluía la casa propia, el empleo estable, la educación de los hijos y en general un estilo de vida decente. Solemos llamarlo un modelo de clase media. Pero como decía antes, entrar en la elite ya era otra cosa. 

Para el historiador, que lo mira de lejos, parece un proceso tranquilo y apacible. Para los contemporáneos, la movilidad era inquietante. Cada uno –criollos viejos, inmigrantes tempranos o sus hijos, que habían avanzado algunos casilleros– sintió en algún momento que su lugar estaba amenazado por advenedizos prepotentes. El malestar se tornó en tensión conflictiva cuando la lenta integración se convirtió en rápida irrupción y sobre todo en acuciantes demandas igualitarias referidas al disfrute de los bienes materiales y culturales. 

Para decirlo con un ejemplo sencillo: se trata de la tensión entre quien –mi tío, por ejemplo– está cómodamente sentado en un banco de la plaza, y una familia que llega con sus hijos y con todo derecho se sienta en el banco, lo empuja hacia una punta, despliega ruidosamente sus bártulos y se comporta de un modo que a mi tío le pareció grosero. 

En la igualitaria ideología de la moderna sociedad argentina “nadie es más que nadie”. No se reconocían privilegios y todos tenían el mismo derecho al banco. Pero eso no suprimía la molestia de quien ya estaba, ni la presión quizás algo agresiva de quien –recién llegado– no creía que debía pedir permiso ni conocía muchas otras cosas del código de civilidad de mi tío. 

  

Eso mostró el 17 de octubre. De ahí en más, esa incomodidad se manifestó crecientemente en cines, restaurantes o tranvías y, de otro modo, en las relaciones laborales. No eran problemas insolubles: finalmente, nadie se proponía poner todo cabeza abajo sino integrarse a una sociedad que consideraban valiosa. Pero generaron un conflicto, que en el momento fue intenso. 

Los recién llegados calificaron a quienes ya estaban como la “oligarquía”. Éstos respondieron con “populacho” o “cabecitas negras”, nuevas variantes de la “grosería”. Eran diferencias culturales que habrían quedado solo en eso, si no hubieran sido potenciadas por el conflicto político. Pero eso es otra historia. 

Sacando la escalera 

Estas notas fragmentarias llaman la atención sobre un aspecto acotado y muy frecuente de los procesos histórico culturales del mundo occidental: la tensión entre los defensores de la estabilidad y quienes encabezan la movilidad ascendente, el conflicto entre los que están y los que quieren estar. Los primeros llegaron alguna vez, y luego sacaron la escalera, reclamada por quienes estaban ascendiendo. Esto ocurrió, por ejemplo, en las repúblicas comunales italianas del fin de la Edad Media, contados por Giovanni Villani, entre los burgueses “grassi e potenti” y los devenidos “magnati”, como los Médicis de Florencia. 

En estas ciudades, o en el Antiguo Régimen francés, los conflictos fueron finalmente regulados desde el poder. En el mundo de la Revolución Francesa y el capitalismo el peso del filtrado descansa mucho más en una huidiza “distinción”. 

En la Argentina pudo apelarse al linaje, la tradición o la postulación de un cierto patriciado patrio. Pero tanto más importante fue la denuncia de la grosería, la “guaranguería”. Las elites y los sectores medios establecidos –mientras existieron y tuvieron cohesión– se preocuparon mucho por lo que –independientemente del dinero, que viene y va– distinguía a la “gente educada”. Y estuvieron muy atentos a los modales de los invasores, fueran nuevos ricos o aventureros. Los “guarangos” de cada época podían pagar por los signos de estatus, y hasta aprender algunos códigos; pero siempre hubo algo que los delataba. Así lo expresó Celedonio Flores: “Tenés algo que te vende, yo no se si es la mirada, la manera de pararte, de charlar, de estar sentada…”. 

En los sectores populares o de baja clase media, la masividad de un fenómeno colectivo, con dimensión política –el peronismo–, redujo la importancia del desprecio o el ninguneo. Pero éste siguió pegando en el talón de Aquiles de los que creían que por tener “plata nueva” o una profesión liberal exitosa habían llegado. El señor Jourdain sigue siendo un tipo social identificable, y no desapareció esa tensión sutil pero operativamente descalificante a la que alude la palabra “guarango”. 

Publicado en La Nación el 22 de junio de 2024.

spot_img
spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Maximiliano Gregorio-Cernadas

Cuando Alfonsín respondió a Kant

Fernando Pedrosa

EEUU después del atentado a Donald Trump: no es la economía, estúpido

David Pandolfi

Quino