miércoles 19 de junio de 2024
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La esperanza atávica en el líder salvador

La crisis arrecia pero Milei vuela en las encuestas. O si no vuela, tampoco se desploma. ¿Cómo explicarlo? ¿Qué tipo de consenso es? Preguntas fáciles de hacer, difíciles de responder. Escapan a criterios racionales.

A los que consideramos tales pero rara vez lo son. Quien recorra la historia convencido de que el consenso político avanza o retrocede al paso del crecimiento económico se extraviará a la primera vuelta y chocará a la segunda.

Claro: mejor gobernar un país en crecimiento que uno en declive, Perogrullo tiene razón. Pero no es una ley, no es una brújula útil para orientarse en la complejidad de la historia humana.

Parte del consenso a Milei es lógico y racional: sus medidas son dolorosas pero necesarias, piensa. Sin embargo, el consenso informado siempre es minoritario. ¿Y el resto? ¿El grueso? A menudo nos inclinamos a juzgar irracional lo que para otros es racional. La fe, incluida la fe política, es para muchos más razonable que la razón.

Estamos tan magnetizados por los excesos de Milei, vertemos tanta tinta sobre sus rasgos grotescos, que esquivamos la pregunta más espinosa: ¿por qué gusta a tantos, ricos y pobres, cultos e incultos? ¿Qué encuentran en él?

Escuchando a sus votantes, navegando por sus redes sociales, recurren las mismas palabras: le “tenemos fe”, “sacará el país adelante”, “lo bancamos”. La esperanza en el salvador, la promesa escatológica son fuentes de consenso más poderosas que el crecimiento del PBI: el dolor es el precio del renacimiento, la expiación la antesala de la purificación.

Sobre todo en contextos que se suelen creer más secularizados de lo que son. Por eso los gobiernos volant, las religiones manent. ¿Tendrá algo que ver el consenso de Milei con una religiosidad tan difusa? ¿Con la popular en particular? ¿Será por eso que la Iglesia y el Papa le reservan la cautela negada a Macri y la paciencia retirada al kirchnerismo?

Nada lo demuestra mejor que el show del Luna Park. Poco importa que fuera rock y no chamamé, economía y no teología: los tiempos cambian, las culturas también, los “pueblos” más. Si la política se eleva a mística y el político a profeta, las liturgias políticas escenifican el culto. Por eso, todos los profetas políticos se han servido de escenógrafos y arquitectos, propagandistas y cantores.

Todo esto se presta a la burla, es difícil mantenerse serio. Pero si lo que a mí me repugna enamora a los demás, tendré que hacerlo, intentaré comprenderlo. La excusa fue la presentación de un libro que todo el mundo compró, pocos leerán, menos entenderán.

Me recordó una vieja historia, de cuando aquí y allá el “pueblo” se levantó contra la misa en castellano: la prefería en latín, no entender agudizaba el misterio, aumentaba la sacralidad. El contenedor contaba más que el contenido, el mensajero más que el mensaje.

¿Que esté pasando lo mismo con Milei? Muchos fieles buscan en él en el plano político lo que en el plano religioso buscan en tal o cual devoción, planes que la historia argentina sigue morbosa mezclando: le tienen “fe”, muy diferente de tenerle “confianza”.

Dime a qué santo veneras y te diré qué problema tienes: San Cayetano te encontrará trabajo, la Virgen Desatanudos te resolverá un problema, el Gauchito Gil te hará un favor, San Milei te sacará adelante. Como en ellos, ven en él un intermediario con el mundo del espíritu, con los poderosos a quienes confían su salvación. Sus desmanes no engendran desconfianza: son el mínimo en quien es esperado al milagro.

“Soy uno de los cinco líderes más influyentes del mundo”, repica con desprecio a los críticos “lilliputianos”, repite excitado en cuanto puede. Patético. Tan pueril como falso. Pero lo que a mi me causa vergüenza entusiasma a los devotos.

Es como Eva Perón: el escarnio alimenta su beatificación, su redención es la redención del país de su eterno complejo de inferioridad, de un pueblo siempre aquejado de marginalidad. Misma violencia y maniqueísmo, misma sed de venganza y hambre de gloria. El azar y el destino se encuentran en el Luna Park: allí conoció Eva a Perón, allí debía nacer el Evito “libertario”, otro oxímoron de la historia argentina.

¿Qué hay de malo?, alguien objetará. El habitual prejuicio ilustrado de los intelectuales! Si tal es el pueblo y tal su cultura, dirán otros, no sean quisquillosos, cabálguenla. Bien. Pero, ¿por qué la vieja receta debería dar nuevos platos? ¿La misma cultura fideísta dar resultados distintos?

Una democracia de devotos es lo opuesto de una democracia de ciudadanos, la política basada en fe y lealtad produce intolerancia y pasividad, conduce al abuso de poder y a la primacía del dogma sobre la opinión, del Bien Supremo sobre la persona. ¡Más antiliberal y menos laico imposible! Cuidado con la heterogénesis de los fines: en la historia nunca nada es lo que parece, nadie es realmente lo que dice ser.

Cuando del encanto del milagro quedará el desancanto de la realidad, cuando la historia de la salvación habrá dado paso a la historia cruda y desnuda, los devotos desecharán al viejo santo y elegirán otro más adecuado a sus necesidades, más coherente con sus sueños.

Todo volverá entonces a empezar: apocalipsis, expiación, ilusión, decepción. El verdadero escándalo sería un líder normal de un gobierno normal. Pero, ¿quién votaría jamás a alguien que fuera menos que un Redentor?

Publicado en Clarín el 31 de mayo de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/esperanza-atavica-lider-salvador_0_KKcA2xiyhr.html

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