martes 21 de mayo de 2024
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La crispación nacional

Como no podría ser de otro modo después de más de veinte años, el patético ejercicio del estilo de comunicación desaforado que caracteriza a los líderes kirchneristas (la Vicepresidente, Bonafini, D’Elía, Aníbal Fernández, Grabois, etc.), parece conformar un modelo de espiral viciosa en el que líderes crispados actúan como médiums de una sociedad alterada que, a su vez, observa y aspira a emular a sus representantes.
Si bien sería injusto extender la calificación de ese mismo estilo a una conducción opositora que muy excepcionalmente recurre a esos extremos comunicacionales, no deja de llamar la atención que la distintiva expresión desenfrenada del emergente Javier Milei, en el otro extremo del espectro político, confirma que algo de esas formas atrae a nuestra sociedad más allá de banderías políticas, pues su histrionismo caricaturesco seduce mayoritariamente a jóvenes provenientes de polos sociales opuestos.
Más aun, estos modos descontrolados de interactuar en sociedad se manifiestan constantemente entre nosotros en cualquier sitio público, indicando que la crispación nacional no es el estado propio de un sector social, sino que se trata de una patología nacional que se ha naturalizado.
También se estaría en un error si se creyera que este tono generalizado en el que se expresa nuestra sociedad es un signo de época común a todo el planeta, pues en los países desarrollados y ordenados no es la costumbre que los líderes más representativos o la gente en su quehacer diario se expresen con estos modos. Es, por consiguiente, necesario asumir que nuestra sociedad padece de un estado alterado, violento, malhablado y descontrolado, como no es habitual en el mundo y como menos debería ocurrir en un país que lo tiene todo para vivir de otra forma.
Acaso la violencia político-social, monopolio casi exclusivo del peronismo desde hace muchas décadas, al encontrarse actualmente contenida por las propias fuerzas afines al Gobierno, esté manteniendo a una sociedad agobiada por condiciones de miseria y desazón nunca antes vividas, como en una olla bajo presión, cuya forma espontánea de manifestarse sea este estado crónico de furia nacional.
En efecto, podrá argumentarse que este furor es la consecuencia de un sistema que enferma a la sociedad, pero a eso podría oponerse que es esta misma sociedad la que viene votando desde hace más de veinte años a favor de una manera polémica y confrontativa de conducir el país, de modo que el interrogante pertinente debería consistir menos en qué ocurre en la cabeza de esos líderes kirchneristas o de Milei, sino qué sucede en la mente de las masas que los apoyan.
Si se ausculta a la gente común, se advertirá que la gran mayoría, en su vida diaria, considera a la extemporaneidad desinhibida como una virtud que distingue a la gente auténtica y sincera, mientras que juzga al dominio de sí mismo y la moderación en el trato, como un vicio propio de sujetos arteros y taimados, lo cual indica que la fuente de este comportamiento radica en las convicciones valorativas de la sociedad argentina acerca del bien y el mal, de la virtud y el vicio.
Este malentendido de confundir la tolerancia y el respeto a los demás con debilidad, y a la impertinencia y la desfachatez con una cualidad espiritual, aflora de tanto en tanto en cualquier sociedad, aunque con ribetes más sutiles y menos extremos que en la Argentina de hoy. Acaso la infamia que acosa a la diplomacia como una práctica maliciosa, cuando se trata en realidad de una profesión que recurre emblemáticamente a la discreción y a la prudencia como herramientas esenciales para evitar el conflicto, constituye un paradigma de esta confusión.
Lord Chesterfield, avezado diplomático, ya advertía en el siglo XVIII que las formas son a menudo más importantes que el fondo, sugiriendo que las maneras suelen aportar cuotas decisivas para la resolución de las cuestiones de fondo, e implicando, a contrario sensu, que las malas maneras, pueden echar a perder al más noble de los contenidos, como ocurre frecuentemente entre nosotros.
No obstante, sería equivocado juzgar esta deriva social argentina como una disquisición abstracta y formal, pues la cosmovisión querulante, pendenciera y agonista de la política que emplea el kirchnerismo, fundada espiritualmente en la apología de la discordia, ha logrado instilar en nuestra sociedad la convicción de que la pasión política desenfrenada es un recurso político virtuoso, lo cual carece de originalidad y revela sus fuentes ideológicas, pues remite a los métodos clásicos de los populismos violentos, como el franquismo, el fascismo y el nazismo, los cuales hicieron de aquel ardid conceptual, un abuso magistral para sus fines.
Si todo esto fuese así y al menos una buena parte de esta crispación nacional correspondiera a ese campo de valores sociales que pueden transmitirse, entonces la educación y la ejemplaridad resultarían instrumentos claves para enmendar este azote que aqueja a la concordia social entre los argentinos.

Publicado en Diario Río Negro el 7 de marzo de 2023.

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