sábado 15 de junio de 2024
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La cola del diablo en el comercio exterior

Tan cierto es que no existe político o analista que no proclame que el futuro del desarrollo argentino depende de una agresiva política exportadora y de atracción de inversiones, como que en las últimas décadas no se lo ha conseguido concretar en igual medida a la de ese enfático discurso, lo cual revela una brecha en la materia entre las declamaciones y las prácticas eficientes. 

Tal paradoja tiene múltiples causas de diversas índoles, siendo las principales aquellas de orden macro, como las relativas a la evolución del comercio mundial, los foros y acuerdos marcos que lo ordenan, los accesos a los mercados, el flujo internacional de capitales y del crédito, entre otras numerosas variables externas. A ellas deben sumarse por su escala, los grandes parámetros de políticas nacionales como el tipo de cambio, la presión impositiva, la hospitalidad inversora, el costo salarial, la inflación, la seguridad jurídica, la previsibilidad política, la solidez institucional, la infraestructura de transporte y comunicaciones, la conectividad, entre muchas otras más, que determinan la política de exportaciones e inversiones.    

Pero existe otra dimensión explicativa de la insuficiencia de nuestra política exportadora y de inversiones, cuya naturaleza corresponde a otros órdenes, no comercial sino político, institucional, administrativo, cultural y hasta relativo a la agency, y a otra escala, más micro y sutil, lo cual exige reflexiones especiales. 

Pese a contar desde hace muchos años con un vasto y consolidado sistema de rango mundial, dotado de embajadas, consulados y diplomáticos profesionales con amplia experiencia, existen políticos argentinos que ignoran y se cuestionan para qué sirven las embajadas y los diplomáticos cuando “hoy todo puede resolverse por WhatsApp”, afirman. Bastaría conocer el tamaño y complejidad de las representaciones de cualquier potencia exportadora para advertir semejante disparate, el cual se agrava cuando se abusa del sistema de promoción comercial con insensatos nombramientos políticos, priorizando el nefasto spoils system por sobre la experiencia y el profesionalismo.  

Pero también muchos privados –empresarios, turistas, artistas, académicos, etc.- ignoran no sólo la existencia y la utilidad de este poderoso instrumento planetario a su disposición, sino que son ellos mismos quienes lo sufragan con sus impuestos, como podía advertir en sus rostros sorprendidos cada vez que realizaba una actividad de promoción en mi embajada en el exterior y les subrayaba que nuestros sueldos, la luz que nos iluminaba y todo lo que veían en esa actividad, era posible sólo gracias a sus impuestos y que, por ende, estaban a su servicio, lo mismo que toda la Cancillería.    

Otro mal recurrente consiste en que la política de promoción de exportaciones e inversiones es constante objeto de feroces “loteos” y disputas de poder entre facciones y personalidades aun dentro de cada nuevo Gobierno, dirimidas a menudo fuera de la Cancillería y con propósitos claramente extra comerciales, para determinar quién se apropia de una actividad que imaginan redituable, pero a la que, irónicamente y como el perro del hortelano, acaban asignándole deficientes recursos y atención. 

No pocas veces se recurre a criterios ideológicos para desestimar  oportunidades en mercados comerciales infrecuentes, cuando el interés nacional indica que el objetivo, salvo flagrantes violaciones a nuestros valores, consiste en exportar y no en actuar de policía ideológica mundial. 

Ignorar la esencia polifacética de las relaciones internacionales y de la diplomacia es otro desacierto habitual, pues conduce a repetir trivialidades como “una Cancillería que no esté para cócteles sino para concentrarse en temas económicos”, suponiendo que su tarea debe reducirse y calificarse conforme al número de porotos vendidos, como si la promoción comercial se limitase a posiciones arancelarias y a un compartimento estanco de la misión de una Embajada, cuando una más densa interpretación de aquel complejo entramado, permitiría potenciar la promoción comercial con las poderosas herramientas de la política, el turismo, la cultura, los contactos sociales, la industria del espectáculo, los medios de comunicación y la soft diplomacy, entre varias otras.

La sensata planificación inductiva que realiza la Cancillería de las acciones de promoción de exportaciones e inversiones que aplican nuestras representaciones, es decir, por proyectos concretos, suele ser objeto de hasta tres sistemas de implementación y seguimiento, diversos y superpuestos, añadidos por el “creativo ingenio” de cada nueva conducción que llega a la Cancillería, con lo que se dilapidan esfuerzos administrativos. 

A menudo escasea en la cadena de eslabones de esta política, agilidad y eficiencia administrativa, sed agresiva de triunfar y esa rutina virtuosa que consiste en que cada eslabón de la cadena sepa y haga lo que debe hacer, sin despreciar la necesaria capacidad de improvisar creativamente cuando es necesario.

A pesar de la declamada prioridad exportadora y de inversiones, cuando llega el instante crucial para un diplomático en el exterior de conectar la demanda externa con la oferta argentina, saltan los cortocircuitos más alambicados. Buena parte de los actores nacionales, provinciales, municipales e incluso privados vive absorta en su ombligo y de espaldas a los negocios internacionales, dominada por un atávico esprit de clocher. Mi experiencia en el exterior, incluso para obtener sencillas respuestas en campos tan atractivos como tecnología nuclear y espacial, industria para la defensa o litio, fue de una indiferencia desalentadora y onerosa, pues multiplica el esfuerzo de cada mínima gestión. 

También el Servicio Exterior de la Nación, que no es perfecto sino perfectible, padece de algunos vicios en su política de incorporación, promoción y traslados, agudizados por el kirchnerismo, orientada más por criterios ideológicos y partidarios que meritocráticos o de interés del servicio, como diversificar las profesiones requeridas, cuando la prioridad es el comercio exterior o a menudo decidir destinos sólo conforme a compensaciones socio-ambientales.

Uno de los aspectos más nocivos de esta problemática, en flagrante contradicción con lo que se proclama, radica en que los recursos asignados a nuestras representaciones vienen siendo decrecientes hasta niveles insostenibles, con graves escollos de personal, edilicios y de recursos elementales, ya no para la promoción comercial sino para la subsistencia, muy lejos de los medios que manejan países más modestos, y sólo funcional para transmitir una imagen patética del país. 

La esencia de estas lecciones consiste, como en cualquier política concreta, en captar que los resquicios por donde el Diablo acostumbra a meter su cola en la promoción del comercio y de las inversiones, corresponden no siempre a las materias de fondo y a sus agregados nacionales e internacionales, sino también a lo que los académicos denominan “variables marginales”, como son las sutiles aunque críticas minucias políticas, administrativas y culturales, la más elemental sustancia que distingue a la diplomacia profesional del amateurismo.   

Publicado en El Economista el 11 de julio de 2023. 

Link https://eleconomista.com.ar/internacional/la-cola-diablo-comercio-exterior-n64044

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