viernes 19 de julio de 2024
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La Argentina, un país “mal unido”

A lo largo de estos cuarenta años de democracia, hubo cambios en la política argentina que derrumbaron creencias largamente arraigadas en la sociedad. En 1983, el peronismo, hasta entonces percibido como invencible, fue derrotado en las urnas. En 2019, una coalición no peronista concluyó su mandato en término, lo que no ocurría desde 1928.

Hoy atravesamos una crisis bajo un gobierno peronista en su versión kirchnerista y se cierne en el horizonte la amenaza de la anarquía. Como en 1989 y 2019, la crisis ocurre en un año electoral, pero esta vez, es el peronismo el que está en el gobierno. Ya no se puede sostener que las crisis son engendro exclusivo de los interregnos no peronistas.

Lo cierto es que ninguno de los gobiernos, se de signo peronista o no peronista, pudo evitar la crisis económica recurrente y sus secuelas sociales y políticas a lo largo de estas cuatro décadas. Ninguno de los gobiernos, supo ó pudo o quiso enfrentar los desafíos estructurales que arrastra el país.

El corolario es que no se ha podido conciliar el crecimiento económico con el progreso social. Arrastramos más de una década sin crecimiento y con cifras de pobreza que hoy se aproximan a la mitad de la población.

La creencia de que sólo el peronismo puede asegurar la gobernabilidad en la Argentina, sucumbió. Parece claro que la gobernabilidad ya no depende de quién gobierne sino de cómo somos gobernados para que haya un punto de inflexión en la historia cíclica de la ilusión al desencanto.

Carlos Pellegrini advertía acerca de los males que acarreaba un país “mal unido” en el que no se pueden disipar del horizonte las sombras de la anarquía. La clave de bóveda de esa “mala unión” es nuestro federalismo político y fiscal. Nuestro federalismo político es injusto.

Hay provincias sobrerrepresentadas en el Congreso con relación al tamaño de sus poblaciones y .provincias subrepresentadas. Hay un sesgo mayoritario en las provincias pequeñas que, combinado con el sesgo partidario, beneficia a los oficialismos que en la gran mayoría de las provincias, pertenecen al el peronismo.

La continuidad de los gobernadores queda asegurada por reelecciones o bien por la alternancia entre familiares- ala que son proclives- o delfines. Sus poderes sobre el Congreso y la capacidad de incidir sobre los Ejecutivos nacionales los convierte en piezas clave del sistema político.

Nuestro federalismo fiscal es un sistema injusto. La coparticipación de recursos entre la Nación, las provincias y la CABA es un conflicto estructural irresuelto. El plazo fijado por la Constitución reformada de 1994 para regular la ley de coparticipación de los ingresos fiscales, hace mucho que caducó. Y así estamos.

La redistribución de recursos de provincias ricas a provincias pobres, distintiva del federalismo cooperativo, fue trastocada por un régimen de asignación inequitativo. Hay provincias favorecidas y provincias perjudicadas. El gobierno federal administra los recursos de modo discrecional y arbitrario que acentúa los desequilibrios existentes. Los avatares de la economía van marcando el peso de los gobernadores vis a vis el Poder Ejecutivo nacional.

Nuestro federalismo político también es injusto. Provincias sobrerrepresentadas en el Congreso con relación al tamaño de sus poblaciones, y provincias subrepresentadas, entre las que sobresale la provincia de Buenos Aires. Sesgo mayoritario en las provincias pequeñas en las que no opera el efecto del sistema proporcional y sesgo partidario que beneficia a los oficialismos.

El peronismo resulta ser el beneficiario principal porque gobierna en la mayoría de las provincias y, ya sea a través de reelecciones o de la alternancia entre parientes y delfines, se asegura la continuidad de sus gobernadores.

La frecuente manipulación de reglas electorales y la variedad de sistemas electorales utilizados en las provincias son otros de los rasgos distintivos de nuestro federalismo político.

Las elecciones primarias se aproximan en medio de un clima de incertidumbre, y malestar generalizado. La Argentina ha sido una sociedad que hasta el presente se agitó en la superficie, pero poco alteró sus placas profundas. Acaso se mueven hoy las placas profundas.

¿Estamos ante una reconfiguración del sistema político anclado en dos grandes coaliciones que neutralizaron la fragmentación del arco partidario y dieron muestras de contención del descontento? Acaso en este país “mal unido” se cumplirá el vaticinio de Pellegrini y la anarquía finalmente llegará….

La sensación de un país que arde, que explota, registrada en los sondeos, es un indicador de la singularidad del momento que atravesamos y que a no pocos los lleva a refugiarse en el voto en blanco o nulo, como en el 2001. La incertidumbre crece al compás de los conflictos que desgarran al Frente de Todos, hoy sin una conducción única que discipline a las facciones en pugna.

En la coalición opositora Juntos por el Cambio, el debate entre dos liderazgos que representan visiones opuestas de cómo gobernar el cambio no termina de zanjarse. Sin un liderazgo que aúne voluntades, las pujas internas agigantan la brecha entre los políticos y la sociedad.

Y como decía Raymond Aron: “Cuando la dirigencia pierde contacto con los ciudadanos, muchos acaban deseando la destrucción de sus propias libertades”. Esa brecha es la que acicatea el malestar generalizado y el miedo al futuro. Es caldo de cultivo del autoritarismo con que hoy esgrime su consigna: “que se vayan los otros…”.

Publicado en Clarín el 5 de junio de 2023.

Link https://www.clarin.com/opinion/argentina-pais-mal-unido-_0_ygilsVDsUQ.html

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