martes 20 de febrero de 2024
spot_img

Jesús Rodríguez: “En materia económica, en el país hay amor por ideas muertas y fracasadas”

Estudió Economía en la UBA e hizo una maestría en Relaciones Internacionales y Negociaciones Económicas Internacionales; fue ministro de Economía de Raúl Alfonsín y diputado nacional por la Unión Cívica Radical (UCR) en cuatro ocasiones; es presidente de la Auditoría General de la Nación (AGN) desde 2020

Jesús Rodríguez tiene al menos tres fotos del expresidente Raúl Alfonsín en su oficina, en el primer piso de la Auditoría General de la Nación . Luego de ser ministro de Economía en 1989, cuando ya se había desatado la primera hiperinflación, Rodríguez fue diputado y representante constituyente cuando se hizo la reforma la de la Carta Magna, en 1994. Para el histórico dirigente de la UCR, la decadencia de la economía argentina comenzó en la década de 1970.

–¿Estamos cerca de una nueva hiperinflación?

–Estamos viviendo un momento de estanflación persistente en la Argentina. Más allá del guarismo, está clarísimo que tenemos una tasa de inflación insoportable y que urge la formulación de un programa de estabilización. A estas tasas de inflación es imposible la programación de las actividades de los actores económicos. Eso vale para los productores como para los consumidores. Cuando eso pasa, la sociedad se conmueve y tiene consecuencias muy negativas.

–¿Qué condiciones debe tener el programa de estabilización?

–Tiene que tener un gobierno con poder político, y eso contrasta con la debilidad mayúscula de esta administración. Tiene que tener licencia social, y eso se opone dramáticamente a una administración de Alberto Fernández, Cristina Fernández y Sergio Massa, que ha perdido credibilidad. El mejor indicador de esa pérdida de credibilidad es que ninguno de los dos integrantes del binomio que gobierna la Argentina se animó a ser candidato. La tercera condición es la existencia de un programa integral. La cuarta es la disposición de equipos solventes para llevarlo adelante. Y la quinta es la integridad de ese gobierno. Esas son las condiciones para avanzar. Hay un punto que se subestima mucho y es la fortaleza de las instituciones.

–¿Qué quiere decir?

–Estoy convencido de que hay una asociación positiva, una relación de causa y efecto entre la fortaleza, la densidad, la espesura de las instituciones, y los resultados económicos y sociales. Incluso la fortaleza de las instituciones es más relevante que la propia dotación de recursos naturales. Para ejemplificar: miremos la isla del Caribe donde en una mitad está Haití y en la otra, República Dominicana. Haití fue el primer país que se independizó de América y el primero que abolió la esclavitud en el continente, pero hoy es un estado fallido. República Dominicana no es un paraíso, pero tiene condiciones económicas mucho mejores. En la misma línea, la revista The Economist identifica solo tres democracias plenas en América Latina: Uruguay, Chile y Costa Rica. No casualmente, Uruguay y Chile consiguieron en los últimos 20 años reducir 15 y 30 puntos porcentuales la pobreza, respectivamente. Eso tiene que ver con la existencia de una sociedad en la cual, en general, se respetan las leyes, no hay anomias sociales y hay una cultura del acuerdo y del compromiso entre los actores políticos. En promedio, hay gobernantes con reputación positiva. Ese tipo de cuestiones que no están todos los días en el centro del debate son las cosas que importan.

–¿Cómo se logra fortalecer las instituciones?

–Primero, respetándolas. Hay dos maneras de no resolver un problema: negar su existencia y tener un mal diagnóstico. Una de las razones que explica la decadencia argentina, o el estancamiento económico, o la incapacidad para obtener resultados positivos tiene que ver con la debilidad institucional. Hoy se está sustanciando un injustificadísimo juicio a la Corte Suprema en la Cámara de Diputados. Esta administración va a pasar a la historia por ser la administración con más decretos firmados de contenido legislativo. En promedio, se firman cinco por mes, cinco veces más que los que firmó Cristina Fernández de Kirchner en ocho años. El jefe de gabinete debería ir al Congreso todos los meses, pero hubo periodos en que se llegó a ocho meses sin que fuera. Cuando hay ese tipo de conductas de los gobernantes, se afecta no solo la convivencia democrática, sino también los resultados económicos.

–Dice que las instituciones débiles afectan la situación económica. Pero, por otro lado, con una pobreza de 40% y una inflación interanual superior a 130%, ¿se puede pretender que la sociedad se queje de que no se respetan las instituciones?

–Se debe internalizar en la sociedad la relevancia que tiene la calidad institucional para conseguir resultados económicos. El presidente Fernández declaró una vez que él no creía en los planes económicos. Insólito. El presidente Fernández y este gobierno le propusieron al presidente Vladimir Putin que la Argentina se convirtiera en la puerta de entrada de Rusia a América Latina. El presidente Fernández creó una comisión presidida por el abogado de la vicepresidenta para modificar las facultades de la Corte. Eso afecta la credibilidad social.

–Pero el problema viene de antes. ¿Desde cuándo?

–Mediados de los 70 es una fecha para situar el inicio de la decadencia argentina, donde coexistieron la violencia política y la crisis de un patrón productivo, la industrialización sustitutiva de importaciones. De allí para acá fuimos capaces de construir la institucionalidad democrática en 1983, pero fue insuficiente para formular y construir un nuevo patrón productivo sostenible. Ahora tenemos además esta desnaturalización del sistema democrático, por lo cual se impone una regeneración institucional. Falta también una integración al mundo, n programa económico integral, equipos e integridad de los gobernantes.

–¿Cómo ve el surgimiento del candidato liberal Javier Milei? ¿Cree que puede fortalecer las instituciones al darles independencia o podría debilitarlas?

–Por lo que acabo de señalar, la respuesta sería que no creer en la democracia representativa y subestimar el valor de la institucionalidad es un problema. En términos generales, trato de mirar las buenas prácticas internacionales en todos los ámbitos de las políticas públicas. Ahí se puede llegar a una conclusión. Hay 8000 millones de habitantes en la Tierra, hay 500 millones de kilómetros cuadrados de superficie y el homo sapiens la habita hace cientos de miles de años. Nunca hubo ni una persona, ni un centímetro cuadrado de superficie, ni un minuto de gobiernos que respondan al anarcolibertarismo ni al trokismo. Nunca. Cuando uno mira las cosas de esa manera, duda de las propuestas que están afincadas en esa concepción.

–¿Estamos en un punto de inflexión en la Argentina, más allá de quien gane?

–Me gustaría decir que sí, que necesitamos un nuevo cambio civilizatorio, como el que hubo en 1983, que terminó con la violencia como método de acción política y que condenó para siempre las interrupciones institucionales y el terrorismo de Estado. Ese nuevo cambio tiene que ser capaz de producir el progreso social y la realización individual de los argentinos. Deseo fervientemente que esta nueva instancia electoral, que es la décima desde 1983 sea capaz de producir el inicio de ese camino.

–¿Qué evaluación hace de los 40 años de democracia?

–Tiene claroscuros. El lado luminoso de esa historia es que los presidentes se suceden por decisión de los ciudadanos, sin aventureros ni iluminados. Aprendimos que los conflictos políticos se procesan no a través de la violencia, pero claramente también es evidente la incapacidad que hemos tenido de producir un esquema de progreso en la Argentina.

–¿Qué faltó en lo económico? ¿Qué pasó con las instituciones?

–Así como tuvimos una recuperación institucional, hay que señalar que nosotros también tuvimos un ejercicio en términos políticos de un modelo populista, en el sentido de concebir el poder como un sitio a conquistar, como un juego de suma cero, en el que no está la posibilidad del acuerdo, del compromiso entre los actores políticos. Ese modo populista de gobernar descree de la democracia republicana, de la división de los poderes. Basta con recordar que la doctora Fernández de Kirchner hablaba de que Montesquieu está anticuado, porque pasó hace 200 años y de que hay que revisar ese modelo. Pero, así como está ese modo populista de mirar la acción política, hay también, en materia económica, una cosmovisión que voy a poner en las palabras de Moisés Naím, que es un académico que habla de la necrofilia ideológica. Esto es amor por ideas muertas y fracasadas. Entonces, nosotros escuchamos acá que la salida es la nacionalización de la banca, o la creación de más empresas públicas frente a cada problema. O que los problemas de la inflación se resuelven con controles. Esa es la manera de no resolver los problemas. Entonces, hay populismo en términos políticos y facilismo económico, o necrofilia ideológica en materia económica.

–¿Por qué los países de la región no tienen inflación y se pueden endeudar a tasas razonables, y nosotros seguimos enamorados de las mismas ideas?

–Precisamente, porque hay una fracción importante de los actores políticos que adhieren a esa necrofilia ideológica y una subestimación de la relevancia de las instituciones para la convivencia democrática.

–¿Y en la sociedad no se quiere eso también?

–Por supuesto; sino, no hubieran surgido esos votantes. El kirchnerismo es la propuesta programática de mayor extensión en el tiempo desde la crisis del año 30 hasta aquí. Ni Perón tuvo tantos años de gestión. Estamos frente a un problema muy importante, que explica precisamente la frustración y el fracaso de esta administración, que es una cultura restauradora con una visión regresiva de la política.

–¿Qué rol tienen los empresarios? A muchos les fue bien con este modelo económico.

–Está claro que una derivación de esta combinación de populismo en lo político y de facilismo económico favorece la acción de los grupos corporativos. En el mantenimiento del status quo hay gente a la que le va bien, porque encuentra procedimientos para que algún funcionario atienda su requerimiento, que es sectorial, parcial y de grupo, que no atiende el interés general.

–¿Es optimista con el futuro de la Argentina?

–Sí. Si somos capaces de poner las prioridades en el lugar adecuado y somos capaces de centrar la discusión mirando esas balizas que señalé. Eso incluye darse cuenta de las mejores prácticas internacionales y aplicarlas a la Argentina; integrarnos al mundo; generar condiciones para que el acuerdo Unión Europea-Mercosur se consolide; ser parte de la OCDE; cumplir las reglas, y tener programas económicos consistentes, con equipos que los lleven a cabo y con integridad de los funcionarios. Estoy seguro de que, con eso, podemos hacerlo.

–¿En el corto plazo le preocupa el estallido social?

– Me parece que la elección puede contribuir a que no tengamos mayores conflictos sociales.

Por Sofía Diamante
spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Alejandro Garvie

La contra cumbre de Davos

Maximiliano Gregorio-Cernadas

Abordajes de la política exterior argentina

Fabio Quetglas

Un federalismo responsable