miércoles 24 de abril de 2024
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Javier Milei y su pistola cargada de futuro: no le servirá para aprobar leyes, sí para polarizar y excluir

Con su discurso de inauguración de sesiones, Javier Milei se afirmó en el centro de la escena. Y, lógico, se lo vio disfrutando del momento: es el líder, tiene la iniciativa y sabe cómo usarla. Lo hizo con el instrumental típico de los populistas radicalizados. Y un modelo de llegada e instalación en el poder presidencial que hace acordar a varios de sus predecesores, incluso algunos en las antípodas de su “proyecto de país”: será “yo o el caos”, “yo o el pasado” como tantas otras veces, hasta que la sociedad se canse y la fórmula deje de funcionar.

Sin ir más lejos, justo veinte años atrás, en marzo de 2004, Néstor Kirchner fue a la ESMA a abrazarse en comunión religiosa con Hebe de Bonafini y compañía, para plantar las bases de su poder presidencial, de un modo muy similar a como lo está haciendo Milei en estos días.

Néstor Kirchner lo hizo no solo para ser ungido “heredero de la generación gloriosa”, sino principalmente para inaugurar su nuevo tiempo, marcando la cancha en la que desde entonces buscaría competir, sumar seguidores y gobernar. En la ocasión, se recordará, estrenó un filtro que obligaría a atravesar al resto de la dirigencia política, en particular a la peronista: si se sometían a la inspección moral que él y sus esbirros de los llamados “organismos de derechos humanos” les impondrían desde entonces, para evaluar su adecuación al estándar de “valores” del nuevo orden, y aprobaban el examen, serían admitidos entre los salvos y recibirían todo tipo de beneficios, como maná del cielo; si se negaban a esa inspección o la desaprobaban, serían descalificados, se les reprocharía públicamente su pasado menemista y neoliberal, el equivalente funcional a estamparles una estrella en el pecho, se les recordaría una y otra vez su complicidad con la crisis del 2001, con el “recorte del 13% a los salarios y jubilaciones”, con la sujeción al FMI y con todo lo demás que ante los ojos de la mayoría condenaba, por esos años, a un dirigente político a la ignominia.

Con su discurso de inauguración de sesiones, Javier Milei se afirmó en el centro de la escena. (Foto: Captura de TN)

Dos décadas después, como un alumno aplicado aunque inconfesado, Javier Milei acaba de hacer la misma operación en la inauguración de sesiones legislativas, con armas muy semejantes, aunque en una dirección exactamente contraria.

Planteó, además de argumentos descalificatorios ya conocidos contra “la casta”, una serie de pasos para administrar su propio filtro entre salvos y pecadores, entre el futuro y el pasado.

Ante todo, el paquete “anticasta”, que contiene varios instrumentos puramente efectistas pero una reforma potencialmente más significativa, la que refiere a las elecciones sindicales, que hace acordar a la ley Mucci de Alfonsín y probablemente termine igual que aquel proyecto: cuarenta años atrás el primer presidente de la democracia se enredó con una iniciativa que buscó también democratizar la vida interna de los gremios, que de haberse aprobado no hubiera servido para mucho, seguramente iban a seguir ganando las elecciones los mismos de siempre, pero que encima le dio la oportunidad al peronismo de unirse en su contra y derrotarlo en su propio terreno, en una votación cerrada en el Senado. Mala idea repetir esa experiencia.

En segundo lugar, la reedición de la ley ómnibus, esta vez acompañada por el paquete fiscal en un proyecto aparte, pero con la misma lógica que se buscó imponer en enero pasado: si se aprueba la primera, los opositores tendrán el segundo, que más interesa a las provincias pues incluye nuevos ingresos. Y todo en el marco de la misma renuencia de entonces a negociar y ceder en los aspectos más resistidos de las reformas. Si entonces fracasó, no se entiende muy bien por qué habría que esperar que esta vez el resultado sea distinto.

Encima, en tercer lugar, la aprobación de esos proyectos se presentó como la condición inescapable para avanzar con la frutilla del postre de la noche: el Pacto de Mayo. Una mano tendida aún más ambigua hacia las fuerzas políticas opositoras y los gobernadores, que en su totalidad pertenecen a aquellas, para que enfrenten la que tal vez sea su última oportunidad de subirse al tren del cambio, o se queden en el andén.

El pacto, presentado como un contrato social refundacional, una idea que también el kirchnerismo usó varias veces, la última durante la presidencia de Alberto con escasísimo eco, contiene diez puntos que en algunos casos despertarán de movida fuertes resistencias en buena parte de la oposición y en la sociedad.

Es lo que sucederá seguramente con la reforma política, que ya en la discusión de la ley ómnibus fue ampliamente rechazada, y que Milei volvió a centrar en la meta de eliminar el financiamiento público de los partidos y las campañas, a contramano de lo que hacen las democracias más consolidadas en todos lados del mundo, y de lo que ha demostrado ser útil en la nuestra: es indiscutible que en particular el control público y financiamiento centralizado de los espacios de radio y televisión es de las pocas cosas razonables que impulsó el kirchnerismo en toda su historia, eliminarlos sería por completo absurdo.

Pero hay otros dos puntos también problemáticos. Por un lado, el referido al sistema previsional, que en vez de centrarse en los problemas que sí o sí hay que resolver (y que el gobierno tiene urgencia en atender, para evitar que en unos meses vuelva a aparecer un rojo fiscal difícil de cerrar), como son el corrimiento de la edad jubilatoria y el cierre del déficit crónico de las cajas provinciales, el discurso de Milei lo enfocó en reabrir la discusión sobre un sistema privado, que ahora sería optativo, pero que igual va a generar inútiles discusiones y aumentar las chances de que todo ese capítulo se empantane.

Por otro, el que alude a la reforma de la coparticipación, un objetivo en el que todos los gobiernos vienen fracasando desde 1994, pese al mandato constitucional de que debía concretarse cuanto antes, y que ahora encima Milei enmarca en la necesidad de “terminar con el esquema extorsivo actual”, del que, no hace falta que lo diga, la nación sería víctima. Cuando en verdad son varios los que pueden considerarse víctimas del sistema vigente. Para empezar, las provincias que son indiscutiblemente discriminadas, en especial la de Buenos Aires, también CABA, y que el resto de los distritos no tiene obviamente ningún interés en dejar de discriminar. Comenzar esta discusión con el criterio de denunciar las ventajas que sacan los demás no es una forma razonable de encararla, menos que menos si atendemos al hecho de que, para que una reforma de este tipo se apruebe, es preciso que la avalen todas las legislaturas distritales del país, es decir, que todos crean, con fundamento, que van a ser en alguna medida beneficiarios, y no perdedores, del cambio.

Pero esto no es algo que Milei pueda siquiera imaginar. Según su forma de ver no solo en este caso, sino en todos los asuntos políticos, para que alguien gane, otro tiene que perder. Lógica que, curiosamente, desmiente la que él celebra de los intercambios cooperativos, que consisten justamente en esquemas de interacción con beneficios múltiples para todas las partes intervinientes.

¿Por qué esta diferencia? Tal vez por lo mismo que distingue moralmente el mundo económico, el de las interacciones espontáneas, en donde “cada quien merece el respeto irrestricto de sus planes de vida”, del ámbito en que se define la distribución del poder político y se ejerce el poder del Estado. En este último, en esencia maligno, no hay espacio alguno para la tolerancia de ideas o planes distintos o en competencia, ni para el más mínimo escepticismo o relativismo sobre lo que sería o no un “buen plan”: rige la fe absoluta en verdades reveladas, existe el bien y el mal puros, absolutos, porque no hay distintos tipos de sociedades más o menos bien ordenadas, sino una sola, y porque el poder del Estado o trabaja, a disgusto podríamos decir, por instaurar esa buena sociedad, y se prepara para autoextinguirse, o trabaja por el colectivismo opresivo.

Una pena que las ideas de libertad que no le interesan en lo más mínimo a Milei sean las del liberalismo político, tal vez las que más necesitamos los argentinos después de haber sufrido veinte años de antiliberalismo fanático, de la mano de otros populistas, igualmente convencidos como el libertario de que el poder político no se comparte ni se negocia, o se ejerce en forma absoluta o se evapora.

Publicado en www.tn.com.ar el 3 de marzo de 2024.

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