lunes 20 de mayo de 2024
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Javier Milei y los “excesos” de la dictadura ¿Por qué?

Las sociedades, a lo largo de su historia, llegan a consensos mayoritarios en temas trascendentes. Eso es algo muy positivo porque hace a su identidad, a su contrato social. Pero en esas mismas sociedades, cada tanto, aparecen personas que cuestionan la existencia de esos consensos. Voces disonantes que se mantuvieron hasta ahora calladas a la espera de encontrar un resquicio, una fisura, para volver a una discusión que ya no existe, con fines que ignoramos. Tomemos como ejemplo el accionar criminal de la última dictadura militar en Argentina y la insistencia de un candidato por traer ese tema a la agenda pública, cuando hay tantos otros asuntos más importantes de qué ocuparse, no solo en materia de justicia, sino de pobreza, inflación, seguridad, educación, producción, medio ambiente, por solo nombrar algunos.

Está fuera de toda duda que para reprimir los delitos cometidos por las organizaciones terroristas en la década de los setenta, los entonces comandantes de las tres fuerzas armadas ordenaron a sus subordinados un plan criminal consistente en secuestrar a las personas sospechosas de estar vinculadas con esas organizaciones, mantenerlas en cautiverio en condiciones inhumanas, torturarlas salvajemente para obtener información y luego asesinarlas secretamente. Este sistema dio lugar a la violación de las mujeres secuestradas, a la apropiación de los bebés nacidos durante la detención de sus madres, al robo de las pertenencias de los aprehendidos, a tirar personas vivas desde aviones en el Río de la Plata en los llamados vuelos de la muerte, entre otros graves delitos.

Hablar ahora de “guerra” y de “excesos”, el mismo argumento que con calcadas palabras esgrimían los imputados en el juicio a las juntas militares, causa, cuanto menos, perplejidad. No hay norma alguna que autorice, aún en la guerra, a torturar y asesinar al combatiente indefenso. El secuestro, la tortura, la violación, el robo, la apropiación de los niños y la muerte de los cautivos no son acciones bélicas, son crímenes injustificables en cualquier contexto. Y el repudio público a estos hechos ha contribuido a forjar uno de los pocos consensos que hemos construido los argentinos en estos cuarenta años de democracia. Nunca más a la violencia como instrumento de la política, a las dictaduras, al apartamiento de la ley cualquiera sea la gravedad del delito. Sí al respeto a los derechos humanos, sí a la democracia. Sobre esa base, se la ha ido edificando, una democracia que tiene muchas deudas en su haber y reclamos insatisfechos, pero cuenta con ese gran activo. 

El año pasado, una gran cantidad de argentinos de distintas edades vieron la película 1985, que evoca el juicio a las juntas militares. Nos sorprendimos con salas colmadas, entradas agotadas, espectadores de pie aplaudiendo o llorando abrazados. Vimos jóvenes asomándose a parte de nuestra historia, que a muchos conmovió por primera vez desde la pantalla. Volvimos a decir “Nunca Más”. El documental El juicio acaba de recibir la mención especial de la crítica en el Festival de San Sebastián. El mundo entero felicita a nuestro país por haber juzgado y condenado a los militares en juicios públicos inobjetables. ¿Y entonces? ¿Por qué dudamos cuando un candidato, incluso muy votado, nos dice que hay que revisar la historia? ¿Nos equivocamos? Estoy convencido de que no. Pero entonces, ¿por qué discutimos otra vez este tema? Simplemente por eso, porque lo subió al escenario el candidato que sacó más votos en las elecciones primarias. Un candidato que está entre los que pueden presidir la Argentina los próximos cuatro años. Dada esa circunstancia, quienes seguimos creyendo en el consenso del Nunca Más no podemos permanecer en silencio. Es lo que sucedió después del debate presidencial de este domingo en Santiago del Estero, hubo unánimes repudios desde todo el arco político, desde distintos y múltiples sectores de la sociedad.

No hay dudas de que la preocupación del candidato por instalar el tema no es la de quienes no lo votan, pero se convierte en preocupación cuando él lo trae al ruedo y genera así sospechas válidas, ya no de negacionismo sino de reivindicación, e incluso temor porque se retomen algunas de estas prácticas. Ahora bien, ¿qué pasa con quienes sí votan al candidato que persiste en instalar el tema? Los jóvenes, por ejemplo, ¿de verdad consideran que los militares solo cometieron excesos como aseguró su candidato? No lo creo, estoy convencido de que no piensan que violar a una mujer en cautiverio, apropiarse de un bebé ajeno, quedarse con los bienes de un secuestrado, clavarle espinas debajo de las uñas de los pies a otro, torturar con picana eléctrica, empalar a un adolescente para que “cante” su padre o su madre son acciones que pueden definirse como “excesos”. Incluso adultos más mayores, ¿están de acuerdo en reivindicar un accionar al que los argentinos le habíamos dicho nunca más? ¿Por qué? ¿Qué objetivo lleva al candidato a hablar una y otra vez de esto? No hay dudas de que el gran caudal de votos que obtuvo no fue por reivindicar el accionar militar durante la dictadura, ¿entonces?, ¿qué compromiso asumido está tratando de honrar? Con el mayor de los respetos a todos quienes manifiestan su preferencia por este candidato, sería bueno que trataran de responderse esta pregunta. 

A veces los asuntos más trascendentes por los que tiene que pasar una sociedad no se juegan ni en el edificio del Banco Central, ni en la Casa de la Moneda, ni en un ministerio, sino en el sótano de una escuela militar donde, mientras juegan al truco, los carceleros deciden los turnos para violar a una joven que espera frente a lo más aberrante de la condición humana.

Publicado en La Nación el 4 de octubre de 2023.

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