lunes 15 de julio de 2024
spot_img

Javier Milei, un disruptivo que usa las armas de Evita para impugnar y seducir a los peronistas

Sea en el país o en el exterior, en conferencias o en entrevistas en medios importantes del mundo, Javier Milei ya nos tiene acostumbrados a sus expresiones y gestos vulgares y agresivos. 

Que por lo general a muchos en la audiencia nos resultan “fuera de lugar”, “indignos de su investidura” y degradantes tanto para sus interlocutores como para quienes resultan sus ocasionales o regulares víctimas. Se lo ha caracterizado a raíz de ello como todo un “guarango” y no faltan razones. 

La primera curiosidad sobre estos reproches es que, aunque provienen tanto de la izquierda como de la derecha y son frecuentes tanto en La Nación como en Página/12, van acompañados de una particular indignación cuando nacen del kirchnerismo y su entorno, donde siempre se festejaron ese tipo de gestos y expresiones, sobre todo si provenían de Cristina Kirchner y su gente. 

Parecen haber descubierto allí, mejor tarde que nunca, que ellos dañan la convivencia democrática. Tal vez teman también que la violencia verbal pueda anticipar y promover otras manifestaciones más contundentes y peligrosas, como sucedió cuando ellos gobernaban. 

Y aunque la violencia física siga siendo, por lo menos hasta ahora, un recurso casi exclusivo de esos mismos sectores, como mostraron en las últimas movilizaciones para intentar que el Senado no sesionara. 

Como sea, no es el objeto de este comentario minimizar el daño que provocan las expresiones presidenciales. Mucho menos justificarlo, con una fórmula del estilo de “al que hierro mata a hierro muere”. Lo que interesa en particular aquí considerar es por qué el presidente hace un uso tan intenso y regular de esos recursos. 

Y lo primero que corresponde destacar es que, más allá de lo que pueda pesar su disfrute personal, el placer de difamar o humillar a sus antagonistas desde una posición de poder incontrastable, lo decisivo debe ser que ellos funcionan en un sentido más amplio, que le resultan políticamente útiles frente a la sociedad. ¿Por qué, y en qué sentido lo son? 

Ante todo, porque le permiten conectar en forma directa y económica con una cultura popular largamente cultivada, precisamente por el propio peronismo, de desprecio hacia las reglas del habla culta cuando ella pretende marcar distancias jerárquicas frente al habla común de la gente. Algo que le viene naturalmente como anillo al dedo a un líder que busca distinguirse de toda la dirigencia preexistente e impugnarla. 

Y también porque Milei puede hacer esto con una autenticidad incomparable. Cristina solo pretendía volver a ser, cuando le convenía, una chica de barrio. Cuando hablaba “en guarango” se ponía alevosamente en pose, tras décadas de haber hecho esfuerzos sobrehumanos por convertirse en una culta y refinada señora de Recoleta, como ella misma se definió hace poco, con inédita sinceridad, “una argentina normal que vacaciona en New York”. Milei en cambio nunca dejó de ser un plebeyo, ni ha querido ser aceptado en otra condición. 

Es, al menos en esa faceta, el político de éxito que más se parece a Eva Perón desde que ella luciera orgullosa sus gestos y rasgos de chica del interior, curtida en el esfuerzo por superar el desprecio de los “copetudos” para triunfar en la gran ciudad, y tomar a continuación revancha contra quienes la habían real o supuestamente maltratado. 

Y es sin duda esta afinidad lo que a Milei más le ha servido para penetrar en el electorado de sectores bajos históricamente cautivo de los herederos de Perón, despertando la envidia de políticos de todas las extracciones que nunca han podido ni podrán jamás tocar las fibras más íntimas de las masas subalternas. 

Es también uno de los recursos más valiosos con que él cuenta para desorientar a los dirigentes peronistas. Muchos de los cuales se debaten en estos días, no casualmente, entre sumarse a su aventura y colaborar a su éxito, o combatirlo con todas las fuerzas, antes de que la ocasional fortuna que él tuvo el año pasado para penetrar sus cotos de caza electoral se vuelva un terremoto irreversible, dando forma a una nueva demografía política en el país. 

De allí también que a Milei le esté resultando mucho más tentador buscar funcionarios, aliados y también futuros candidatos en esas filas desorientadas del PJ, que en el aparentemente más afín, pero en muchos aspectos más ajeno y reactivo, mundo PRO: finalmente sabe que a los votos de este sector no les va a quedar otra que seguir apoyándolo y sólo si logra dividir al peronismo, desde su base hasta su cúpula, va a poder conservar la ventaja estratégica conquistada en las presidenciales. 

Algo que solamente Alfonsín consiguió, en su momento, y le duró poco, y desde entonces solo jefes peronistas en pugna con los oficiales han logrado, y siempre para terminar recreando la unidad de esa fuerza y la salud del statu quo del que ella se alimenta. La revolución de nuestro tiempo se dirimirá, otra vez, en este terreno, con esos actores y aquellos recursos.

Publicado en www.tn.com.ar el 23 de junio de 2024.

spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Rodolfo Terragno

Los riesgos de la ultraderecha

Fernando Pedrosa

Europa electoral: del Estado de bienestar al estado de malestar

Maximiliano Gregorio-Cernadas

La escuela del honor