domingo 16 de junio de 2024
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Incertidumbre y política en tiempos turbulentos

“La política parece atravesar por un momento crucial”, creo que muchos estarían de acuerdo con esta afirmación. “De la suerte de la batería legislativa (DNU y ley Ómnibus) y de cómo queden establecidos los vínculos dentro de los distintos campos políticos, y entre ellos, dependerá nuestro futuro”.

A mí nada me parece más engañoso, a la luz de los avatares de la historia política desde 1983. El resultado de los escarceos de estos días – se puede conceder que son más que escarceos – no tornará nuestro futuro menos incierto.

Es interesante observar lo que de primera no parece sólo un detalle. Hay coincidencia entre varios periodistas, políticos y analistas: “Milei está dispuesto a negociar pero no quiere que se note”. Colocarse en este punto, y permitiendo paradójicamente que se note, puede ser inteligente, porque quizás pueda brindar un beneficio marginal en la negociación.

Pero lo importante es otra cosa. Milei no quiere, ni puede, salirse de la sobreactuación de su intransigencia, que constituye la llama más viva de su política. Es la mostración de su intransigencia la que hace confiar al 65% que (supuestamente) lo ve con buenos ojos, en sus convicciones y en su determinación ilimitada, aunque haya promesas que flagrantemente están siendo desconocidas (el macaneo en relación a la casta, el ajuste pagado por la política, la dolarización, etc.).

¿O es simplemente que el grueso de ese 65% no se importa demasiado por los efectos distributivos del ajuste? Creo que hay algo de las dos cosas.

Se podría decir, quizás, que Milei, si abandona ese papel se autodestruye (misión imposible). Pero, creo que el problema principal es que en la Argentina se pueden revertir las revoluciones.

Las revoluciones nos parecen la cosa más necesaria del mundo, siempre precisamos una, y en los últimos años tuvimos dos, la revolución kirchnerista y ahora esta. Lo llamativo de ésta es la ingenuidad con la que los propios revolucionarios se califican de tales.

Estaría bien si los incentivos institucionales, de organización económica, quedaran bien colocados y para mucho tiempo (una dosis alta de mercado, un eficaz y selectivo estado de bienestar, y que no se pretendiera fijar un tipo de cambio alto y estable contra el salario real; ¡nada menos!).

Pero ¿sostener incentivos? Aquí eso no sucede, nuestra capacidad de revertir las revoluciones es superior aún a la de hacerlas. ¿Cómo diablos se podrían fijar incentivos razonablemente correctos? Las revoluciones no son el camino apropiado: son el camino más fácil.

Frente a la rigidez de Milei, hoy por hoy la dificultad del Congreso para rechazar el super-DNU parece clara. Creo que le es imposible reunir en ambas cámaras las mayorías necesarias sin el concurso del peronismo/kirchnerismo. Ningún sector querría pagar el costo que eso conlleva. Pero si fuera rechazado, Milei salvaría la cara de su intransigencia, aunque al precio de quedar a la defensiva.

Si fuera aceptado expresamente, con el respaldo de una de las Cámaras, para el Presidente sería un triunfo político, aunque indudablemente – y menos mal – tendría que vérselas con las horcas caudinas del Poder Judicial (ya está sucediendo).

Observo los peligros de la actual situación. En el marco de una crisis de proporciones homéricas (¿o no?), con el riesgo de que la hiperinflación se saque la máscara, gobierno y oposición no están, en lo más mínimo, en condiciones para dialogar y menos para cooperar.

No nos hagamos ilusiones, ni el gobierno ni la oposición tienen incentivos para diálogo alguno (una versión aguda de la polarización tan familiar). El Gobierno tiene un punto débil, vulnerable, que se amplifica a la altura del mesianismo y el delirio de grandeza del Presidente (que no ha hecho más, como suele suceder cuando todo termina mal, que avanzar en una sucesión continua de triunfos).

Un líder nuevo pero indiscutido, se colocó, de golpe y porrazo, en una situación institucional extremadamente complicada y que siente que lo amenaza. Y para colmo el aliento en la nuca de la crisis (dudo que ahora fuera a festejar la hiperinflación como lo hizo antes de ser presidente).

Así las cosas, es racional que se juegue el todo por el todo reafirmando – con eficacia, pongamos – la autoridad presidencial a través del más crudo – y temerario – decisionismo. Una extorsión conceptual y política galopante completa este cuadro. Del otro lado, la oposición también es racional: desprestigiada, debilitada, no puede buscar cooperar con nadie, sino contribuir a que fracasen todos. Cifra su suerte en el desastre y el derrumbe.

En medio, una estrecha franja (radicales y republicanos) que, aunque próxima funcionalmente al Gobierno, no tiene opciones fáciles de cooperación, nada de eso. Todo esto, dependiendo de cómo se procese la mortífera batería legislativa, puede terminar en una crisis político económica estruendosa.

Si las iniciativas fueran parcialmente aprobadas, en cambio, la balanza se desequilibraría más a favor del Gobierno, pero este no renunciaría a la supremacía del Ejecutivo. Y las elecciones intermedias le darían un triunfo, y una derrota para la oposición recalcitrante que, con su talante contestatario extremo, no habría alcanzado a afirmar o ampliar su base electoral.

El panorama es sombrío. Pueden depositarse, no obstante, esperanzas en sectores que, a pesar de todo, en los tres campos, están dispuestos a dialogar, negociar y cooperar. Es más que evidente que sin romper con sus pertenencias, podrían hacer un juego legislativo muy constructivo. En parte depende de la habilidad del centro. La tienen muy difícil.

Publicado en Clarín el 24 de enero de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/incertidumbre-politica-tiempos-turbulentos_0_dCXTblrFWF.html

 

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