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24 08 2020

Güelfos y Gibelinos


Autor: Eduardo A. Moro









Con intensidad variable en política  bambolea  la cuestión de las ideologías. Cuanto más se insiste en ellas, mayor la confusión de las personas destinatarias de tanto esfuerzo intelectual. Reciben en sus vidas el impacto desconcertante del divorcio  entre ideas, palabras, propuestas  y acciones de quienes los deberían inspirar con ejemplaridad. La mentira,  la ausencia de significantes claros o de eficacia en sus resultados, dificulta distinguirlos, compararlos y elegirlos.  

Tampoco se advierte disposición para  entendimientos imprescindibles para alcanzar la bisectriz de todos. Pueden unos tener más culpa que otros, pero para dar frutos hacen falta los dos. El campo es de batalla y no de siembra. A partir de esa disyunción traumática, el conjunto nacional deriva sostenidamente cuesta abajo. A esta altura deberíamos entender que hay algo muy internalizado y profundo que alimenta la enemistad. De ese modo, ¿qué ficción confirmatoria de nacionalidad compartida puede dibujarse en el corazón de los ciudadanos?  

La sociedad y el mundo actual han cambiado de tal manera, que los grandes relatos de las ideologías quedó antiguo, desacomodado, porque fueron  elaborados para explicar y transformar el mundo sobre supuestos que hoy pertenecen al pasado. No encuentran manera de dialogar provechosamente con el presente. Mucha inteligencia artificial y poca emocional. Qué decir de la globalización, del mercado,  de los estados y sociedades de hoy ? Cómo armonizar sus complejas situaciones y dinámicas interdependientes ? Los antiguos relatos ideológicos, por más serios y respetables  que fuesen en su época, ahora son meros recursos escénicos manipulados por líderes mesiánicos que trituran la ecología social de sus ámbitos. 

En 1848 el gran Manifiesto comenzaba diciendo: “Un fantasma recorre Europa…”. Hoy Sus fantasmitas, como niños envejecidos y perplejos se niegan a irse, y urden hechicerías para justificar su insistencia anacrónica. Su vetustez demuestra que ya no son revolucionaros sino conservadores y sólo concentradores de poder. En vez de hacerse cargo de los problemas de este mundo, ligados a la simbiosis entre sociedad, estado, mercado y geopolítica en la globalización,   prefieren vivir en el pasado para esquivar su sinsentido actual.  

Hay síntomas asambleístas en las calles. A partir de algún episodio, se producen  movilizaciones que –a mi juicio-,  no responden a un solo motivo. Expresan el malestar de cierta  “clase inorgánica”, como  podría llamarla Marx, que teme por  sus condiciones de vida, se siente insegura, no ve futuro y se siente expulsada –no comprendida o respetada- por la representación política formal. Son protestas  por injusticias e impotencias que superan la brevedad de una consigna o la adhesión a un membrete. 

Por debajo de ellas, hay  un enorme zócalo social  sumergido en la  pobreza, el hambre, la precarización, la lejanía de los estímulos y posibilidades reales para mejorar la vida, sepultados en capas crecientes por un largo pacto tácito de inoperancia dirigencial, que hasta parece más inspirado en hacerlo crecer que en mejorar sus condiciones.  

Frente al vacío de autenticidad y eficacia útil -porque la dañina le sobra- de las dirigencias (políticas, empresarias, sindicales, culturales y hasta científicas, todas corporativas), y la pérdida de confianza en ellas, es preciso insistir en revalorizar la importancia del bien común, y en no renunciar al propósito de la democracia con igualdad y respeto institucional.   

No es tiempo de que el poder de turno, ejercido en delegación, acentúe su solipsismo, su soberbia  y distancia para con la oposición. Debería extremarse en  invitar a explorar coincidencias para sobrellevar la emergencia, acompañado por todos. Organizar la rehabilitación posible de la economía laboral y productiva, la educación, la salud, la seguridad, la relación con el mundo,  lo cual llevará años.  Para ello necesita suavizar –en vez de perturbar-  la normalidad de las relaciones institucionales, en el Congreso y con el Poder Judicial. Hablar y actuar con amistad para contribuir a sus confianzas,  en vez de lanzarse cínicamente a demostrar su habilidad con puñaladas traperas, para vencer sin convencer.  

Aun cuando deliberadamente no participemos en  política,  la política se mete con nosotros,  afecta cada uno de nuestros actos a lo largo de nuestras vidas, dentro de nuestras casas,  cuando pisamos la vía pública o nos comunicamos con los demás. Y es cierto que la política está enferma  de  sinvergüenzas,  pero siendo imprescindible para vivir en comunidad, tenemos el deber de asistirla, oxigenarla, tratar de que sea lo más saludable posible.   Para ello no es necesario que todos seamos afiliados a partidos políticos ni militantes de movimientos, sin perjuicio de que  los haya y con todo derecho. 

Montaigne enseñó que ante los temas de interés público, es posible tomar partido sin necesidad de ser hombre de partido. Esto equivale a ver las cosas por sus méritos o defectos intrínsecos, sin ánimo de favorecer una u otra postura ideológica o partidaria de las  que circundan  el poder. Tener opinión propia, le costó, como sugirió Marie de Gournay, ser visto como güelfo por los gibelinos, y como gibelino por los güelfos, bajo la óptica esquizofrénica de los fanáticos. Se trata pues de pensar cada uno por su cuenta, fuera de miradas partidarias, pero pensar y ejercer activamente la ciudadanía.  Ese tomar partido sin militancia estricta,  puede comenzar exigiendo conductas éticas de los  gobernantes y dirigentes. De ello depende enfrentar su vicio más dañino: la corrupción. 

La  corrupción afecta no sólo la dimensión constitutiva  de nuestra vida en común,  sino la funcionalidad de su correcta dinámica. Literalmente corromper significa pudrir, y cuando algo se pudre se pudre entero. Carlos Floria escribió: "(…) Una sociedad que admite abiertamente la corrupción no estalla, no se pulveriza, no se fractura: se pudre irremediablemente..." (Argentina: la dimensión política y la búsqueda de la consistencia). En la misma línea conceptual,  vale también recordar a Tolstoi: (…) no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos la aceptan (…).  

Aby Warburg (1866-1929), historiador del arte, que investigó y escribió cuanto pudo sobre iconografías, exploró in situ la simbología de los indios Pueblo (o Anasazi), en el estado de Nuevo México, y luego de ello escribió “El ritual de la serpiente”. Roberto Calasso recuerda al respecto: (…) En la danza la serpiente es tratada como un novicio que se inicia en los misterios. Así, se convierte en un mensajero que debe alcanzar las almas y suscitar el relámpago. Y la serpiente, la más inmediata imagen del mal, se convierte en salvadora (…)  

Esta doble faz, entre lo negativo y lo positivo, entre lo dañino y lo sagrado, se extiende por todas las culturas del mundo. La ciencia conjuró  sabiamente esa duplicidad con el suero antiofídico. Quiera Dios que los argentinos -ejerciendo sano pluralismo-, sepamos crear el suero catártico que nos permita salir del círculo de la perversión egoísta y empobrecedora. El mismo suero que logre superar las actuaciones sigilosas de la falsa Temis, Dama de la Justicia quien se absolvió a sí misma y -entre bambalinas-  mueve los hilos del Arlequín sumiso. Tortuosa pequeñez, óptica de ombligo,  que desespera por salvarse comprometiendo la paz de la nación. Y esta no es sólo una frase para terminar la nota. No hace falta ser demasiado sagaz para advertir que nos asechan peligros mayores.