miércoles 22 de mayo de 2024
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Frankenstein encadenado

La primera percepción del poder ha sido la fuerza. Inicialmente ejercida por quien es capaz de vencer y ser obedecido. Luego se concentró en el jefe tribal. El valor claramente reconocido –a partir de esa instancia- era el temor al castigo. Y a la eficacia del mando.

Por siglos fue así, hasta que aparecieron quienes se preguntaron: ¿en política comunitaria es admisible cualquier fuerza? Voces del liberalismo político respondieron que la fuerza aplicada a la política debía ser una fuerza “calificada” por la fuerza de la ley: la legalidad. Se trataba de contener el fenómeno del poder, concebido como totalidad formateada desde arriba.

La concepción democrática no es sólo el gobierno del pueblo, sino también la idea de que quien gobierna debe tener límites. Esos límites se expresan en constituciones, que procuran que el poder político se resigne a su reducción parcial, y en la república , que distribuye la fuerza política y jurídica con equilibrios y controles, capaces de ayudar a evitar la concentración.

Para quienes consideramos que sigue siendo el régimen político menos imperfecto, la democracia contemporánea debe ser necesariamente una expresión condensada, cuya fórmula completa sería: democracia republicana constitucional.

Su ideal político se da cuando la fuerza calificada por la ley –la legalidad-, arraiga en la sociedad y se convierte en creencia colectiva en el valor de la ley, su cumplimiento, sus reglas de juego y los valores que la inspiran y dan fundamento. Vivir lo colectivo estimulando la confianza en la legitimidad de las conductas.

La necesidad de reiterarlo, se hace manifiesta en nuestra época, porque el ejercicio del poder y el estilo de ciertos líderes, dan a entender la inclinación –que se aprovecha justas disconformidades-, a un regreso a formas personalistas del poder. Son envolturas engañosas propias de democracias autoritarias o repúblicas corporativas, disfrazadas de novedades redentoras.

Sabemos que en política nada es definitivo. La secuencia progresiva de legalidad, se transforma en regresiva cuando entra en crisis de resultados, y se cae en el descontento y la tentación de acudir a la fuerza autoritaria de líderes a quienes se elogia por carismáticos.

Es saludable preocuparnos por la calidad institucional en nuestros días. Y preguntarnos: ¿Dónde estamos?, ¿Cómo queremos vivir?, ¿En un régimen de fuerza?, ¿En la legalidad constitucional plena? Nuestra sociedad ¿comparte la creencia en la utilidad social de reglas y valores?

Recordemos que aún desde las visiones religiosas, el personaje carismático es ponderado porque sus palabras y actos producen resultados benéficos y no perjudiciales. Mientras que la moda actual es reclamarlo como condición primera de los dirigentes. Disimulando –u olvidando- casos de sinvergüenzas carismáticos. De hecho, los grandes estafadores son muy atractivos y convincentes, y esa es la macchietta que les facilita estafar.

La crisis de representación ante los cambios de la estructura social, las contradicciones del capitalismo crudo, y el extremo uso y abuso de las técnicas y las ciencias (para bien y para mal), las incertidumbres ante el futuro, la globalización, las crueles injusticias observadas en simultáneo por las redes del mundo, han transformado al populismo en un hecho central de las democracias de hoy. Así lo afirma el estudioso francés Pierre Rosanvallon (1948).

No es ya un fenómeno ubicado en los márgenes de la política, ni exclusivo de cierta geografía o continente, sino que se ha convertido en un fenómeno global y –ante el vacío de otros sentidos valiosos-, junto a los nuevos cultos y fetiches , constituye una tentación de salvataje y refugio a como fuere, cuya superación es hoy el desafío principal de nuestras vulnerables y temblorosas democracias clásicas.

Nuestra historia declinante, tiene mucho de pérdida constante de civilidad política. La democracia no es un hecho de la naturaleza, es un hecho cultural, que resulta de múltiples factores que la orientan, construyen y cultivan a lo largo del tiempo.

Alcanzar y permanecer en la legalidad constitucional, republicana y democrática, nos ha resultado difícil, y con efectos insuficientes. Las crisis recurrentes, han sido elementos determinantes del fracaso de nuestra cultura y de una política declinante.

Es por ello que la búsqueda de mayor igualdad, acompañada de pluralismo competitivo y límites al poder, sigue siendo una “idea nueva”, aunque no respetada por personajes pícaros que ocupan el escenario con “carisma”.

La mayor parte de ellos, tienden a constituir y mandar sobre movimientos de encuadramiento y comportamiento autoritarios, incluyendo sindicalistas, empresarios, intendentes, gobernadores, y jefes políticos partidarios de todos los colores.

Claro que además se requiere no admitir gobernantes ostensiblemente mentirosos, respecto al obrar predatorio de su estadía en el poder, que cuanto más extensa más mentirosa.

Se dice que quien rehúsa reconocer lo que es manifiesto, miente, o manipula con desprecio a la ley o a los jueces de la ley, en realidad desprecia a quienes le creen, porque sólo delante de aquellos a quienes se desprecia, se disimula la vergüenza derivada de una conducta vergonzante.

La república democrática constitucional, es un objetivo interno y también externo, porque proyecta la idea de acuerdos hacia el futuro, en torno a valores básicos, de reglas de juego, y políticas a largo plazo, insertables en el marco mundial, en paz, sin violencias ni vilezas.

En tiempos de intercambios incesantes, consumo intenso, aspiraciones de ascenso, bienestar básico y libre desplazamiento por el mundo, y al mismo tiempo de ansiedades, desencantos, desarraigos y esperanzas difusas, además de las condiciones institucionales antes reseñadas, hay un nudo que es preciso destrabar de las ideologías: Una organización nacional de bienestar distributivo sustentable, objetivamente requiere también que la sociedad promueva condiciones adecuadas de producción suficiente para ello, mediante un Estado bien organizado y administrado.

Gran parte de las ideas políticas que expresan estas palabras, provienen de las enseñanzas del maestro Carlos Floria (1929-2012), en su búsqueda de consistencia política para Argentina. Floria recordó con Alain Cotta, que “Una sociedad que admite abiertamente la corrupción, no estalla, no se pulveriza, no se fractura: se pudre irremediablemente”.

En pleno funcionamiento, la corrupción de estado se manifiesta como especialmente peligrosa, porque procede de las personas que conocen y manejan el patrimonio público y sus conexiones, debilidades y fisuras.

Frankenstein, se me ocurre de pronto como un fenómeno anticipatorio y paradigmático. Aquel monstruo creado en el siglo XIX por Mary Schelley, bien podría ser uno de los llamados “pactos con el diablo” o “fáusticos” que muestra hoy la cultura mundial, dando a entender que todos somos responsables de las criaturas que creamos.

Países muy evolucionados y equitativos, son gobernados por dirigentes casi anónimos y rotativos en su cuota de limitados poderes funcionales. ¿Qué es esto de andar buscando en cada elección un Cid Campeador para gobernarnos?

En su libro Los treinta primeros días de Hitler en el poder (Ed. Edhasa), Henry Ashby Turner Jr. (1932-2008), nos dice: “Nadie en la derecha alemana parecía reparar en la ideología bestial del nazismo; nadie en la izquierda concedía mucha importancia a Hitler”.

 Sería una desmesura incurrir en comparaciones estrictas, pero si grave fuera reincidir en repeticiones traumáticas, sería un error irreparable abrirle la puerta del poder a un aventurero de pacotilla, santificándolo con el óleo de una elección popular.

Los ciudadanos responsables de votar ¿daremos el sencillo ejemplo de elegir bien y controlar luego los desempeños de los elegidos?

¿Cambiaremos la costumbre de practicar el goce de lastimarnos?

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