martes 21 de mayo de 2024
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Eternidad

Lo que les voy a contar pudo haber ocurrido en diciembre de 1960 o 1961. A los efectos del relato el año mucha importancia no tiene, aunque sí el mes. Diciembre. Yo tenía entonces diez, once años, cuanto mucho. Recién terminaban las clases, nos preparábamos para las fiestas, para ir a la pileta del club, para jugar a la pelota con los chicos en la canchita de fútbol de la escuela, para cenar en el patio rodeado de ligustros y de cedros en mesas tendidas donde matrimonios amigos con sus hijos visitaban a papá y mamá.

Diciembre  y esa sensación de libertad y felicidad de un niño querido y protegido por sus padres. De todos modos, las fechas para el caso importan menos que la escena, porque esta historia se reduce a una exclusiva y única escena. Si algún director de cine la filmara, lo decisivo sería el ángulo de cámara y la luz, porque los recuerdos imitan al buen cine y parecen filmados por un inspirado director cuyo nombre y cuyo rostro desconocemos. El living de casa, el amplio living comedor de casa, alrededor del mediodía. Yo puedo estar en diferentes lugares porque los chicos a esa edad suelen estar en cualquier lugar. Los postigos de las ventanas están abiertos y la luz que entra ilumina todo el espacio. Es una luz fuerte, la luz del mediodía en un día de sol de diciembre.

Desde la cocina llegan las voces de mamá y de mi prima, doce años mayor que yo y que desde hace tres o cuatro años vive con nosotros y da clases en la escuela donde mi padre es el director. Mamá y prima conversan, a veces escucho el rumor de algunas risas mientras preparan los últimos detalle del almuerzo siempre ayudadas por Carolina, la muchacha que ayuda a mamá en los quehaceres domésticos y que que me conoce desde cuando aún no había cumplido dos años.

En la olla de aluminio ya está a punto un jamón redondo que mamá mecha con laurel y ajo. En otra olla más chica, las papas están hervidas y Carolina empieza a preparar el puré que luego irá acompañado de queso mantecoso y un toque de mayonesa casera que prima asegura que es el puré más rico del mundo. La puerta que comunica al living comedor con la cocina está abierta y en el aire esos aromas de ajó, laurel, carne jugosa, mayonesa, papa, están presentes.

Yo por lo menos los distingo. Seguramente esa carne mechada con ajo y laurel tiene un nombre que lo distingue, pero para mí es “la comida de laurel”. Y así lo recuerdo hasta el día de hoy, más de sesenta años después. La “comida de laurel” y la lengua a la vinagreta como plato de entrada ¿Cómo no ser feliz?. Se abre la puerta de calle y entra papá. Corro hacia a él y le doy un beso. Se me ocurre que todos los padres del mundo tienen la mejilla rasurada y una colona inconfundible. Papá se inclina un poco para recibir el beso y me da una palmada en la espalda o me acaricia la cabeza. Papá viste un saco marrón con botones forrados; camisa clara y no lleva corbata; pantalón gris y zapatos oscuros con cordones. Mamá se acerca y se dan un beso: no lo hacen con frecuencia delante mío, pero esta vez lo hacen. Son mis mayores; son mis padres, lo que me cuidan y me miman.

Pero esos mayores, ahora saco cuentas, aún no han cumplido cuarenta años, es decir, hoy, 2023, tienen la edad de mis hijos. Mi prima mientras tanto termina de acomodar la mesa: los platos y los cubiertos ya están puestos en sus lugares, pero ella agrega una panera con pan cortado en rodajas, un sifón de soda, una botella de vino marca “Trinco”, una jarra con jugo de naranja. Mientras trabaja, canturrea en voz baja; son las mismas canciones que canta cuando está en el cuarto. Canciones que aún recuerdo, como recuerdo los libros de Corín Tellado que leía.

Papá me dice que la semana que viene llegan los tíos de Buenos Aires; y con los tíos, mis primos que en mi infancia fueron sinónimo de alegría. Según parece vamos a pasar navidad, año nuevo y reyes juntos. Mayor felicidad imposible. Nos acomodamos a la mesa. A la escena se suma mi hermana de cinco o seis años que debe de haber estado jugando en el dormitorio con su amiga que habitualmente, los fines de semana, almuerza con nosotros. Ahora estamos todos en la mesa. Papá en la cabecera, dando la espalda a la ventana donde se distinguen los naranjos y los limoneros; mamá a su lado. Mi hermana y su amiga parecen estar más interesadas en conversar entre ellas que en esperarar la comida. Yo estoy sentado al lado de mi prima. Carolina sirve. Aún tengo presente esa fuente de loza con la lengua a la vinagreta salpicada de perejil, la bandeja con la carne cortada y la fuente de vidrio con el puré . Y esto es todo. Una escena cotidiana, habitual, una escena que sin embargo persiste intacta en mi memoria. ¿Por qué? Me lo he preguntado muchas veces y solo alcancé a balbucear una respuesta, una palabra: eternidad. No sé si en ese momento, esa mañana de diciembre de 1960 0 1961, lo percibí así, pero estoy seguro de que algo llegué a advertir.

Advertir el equlibrio, la armonía, la dicha glotando en el aire  Ese universo se presentaba sólido, eterno; un universo donde yo siempre sería niño y siempre estarian mamá, papà. mi hermana y mi prima reunidos. No hablo en abstracto. Hablo de ese instante que sintetiza la eternidad, la presunción de que nada cambiaría, de que siempre estaríamos allí. Han pasado sesenta años. Tal vez más. Papá no está; tampoco están mi hermana, mi prima y Carolina. La casa del director de la escuela en ese pueblo de llanura colonizado por gringos piamonteses existe, pero hace más de medio siglo que no vivo allí. El tiempo hizo su trabajo y el chico de entonces para bien o para mal ha crecido y su risa y su mirada no es la misma. Pero sin embargo, aquella escena persiste, no ha desaparecido, se mantiene viva, respira, está refugiada intacta en algún pliegue del universo.

Mi eternidad, mi exclusiva eternidad.

Publicado en El Litoral.

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