lunes 20 de mayo de 2024
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En Chaco también se comprobó: lo último que sobrevive del experimento K es la patota

El peronismo va camino a cerrar el año perdiendo la presidencia y reteniendo el menor número de gobernadores desde 1983. En medio de ese tembladeral, algo resiste: estructuras entre militantes y mafiosas enquistadas en áreas de la gestión pública, controlando presupuesto, y bienes y servicios que ella debería ofrecer a todos los ciudadanos.

Chaco resultó un baldazo de agua fría para el partido gobernante aún peor que Santa Fe. En primer lugar, porque fue más sorpresivo: pocos esperaban que Zdero y Juntos por el cambio ganara en primera vuelta.

Y además, porque desde Nación hicieron un gran esfuerzo, con nuestro dinero, para evitar que sucediera. A Perotti, en cambio, le habían soltado la mano mucho tiempo antes, nadie se interesó por salvarlo desde el kirchnerismo ni desde Economía, ni mucho menos movieron un dedo desde la cartera de Aníbal Fernández por atajar a los narcos de Rosario: como Aníbal ya aclaró, su única jurisdicción es el metro cuadrado donde está sentado. Con Capitanich fue distinto: desde siempre una suerte de delegado de los Kirchner entre los gobernadores peronistas, dejarlo caer no estaba en los planes de Cristina, ni de Massa, ni de ninguno de los cráneos que cada tanto todavía van a laburar a la Rosada. Así que le enviaron todo tipo de ayuda, hicieron lo imposible porque el caso Sena desapareciera de la escena, por calmar las internas entre las facciones peronistas enfrentadas y las protestas de los movimientos de desocupados y los sindicatos. 

Nada alcanzó. El peronismo está enfrentando, unido, la peor elección de su historia. Y fracasa en salvar la ropa incluso en algunos de sus santuarios electorales más firmes. Pese a que desdoblaron las elecciones, a que los gobernadores hacen como Aníbal, se miran el ombligo y de los problemas del país ni hablan, como si no fueran parte del oficialismo y ni siquiera vivieran en Argentina. Y pese a que intentan por todos los medios dividir el voto opositor. Algo que, por lo que adelantan las encuestas, solo tal vez les funcione en provincia de Buenos Aires, pero en el resto de las provincias no sucede ni sucederá.

Como un castillo de naipes, Unión por la Patria acumula ya seis derrotas provinciales al hilo. Y para fines de este año es lo más probable que sume para el peronismo (vaya a saber si todavía unido) el menor número de gobernadores propios desde 1983. Si llegara a ganar JxC la presidencia, en cambio, será la coalición no peronista que llega al gobierno nacional con por lejos más aliados y representantes en los distritos. 

Algo, sin embargo, parece inmune a todos estos cambios. Son estructuras llamadas “militantes” pero en gran medida mafiosas, que manejan presupuesto del Estado, tienen gente enquistada en distintos niveles de la administración, que les permite distribuir bienes y servicios que deberían ser públicos, pero terminan siendo un instrumento de extorsión sobre sectores vulnerables de la ciudadanía. No otra cosa son los llamados piqueteros, la Cámpora desperdigada por todo el espinel de la administración nacional y en la de muchos municipios bonaerenses, las organizaciones que en Jujuy sigue regenteando Milagro Sala, y las que en Chaco administra todavía el clan Sena.

Patricia Bullrich sacó a la luz, en una visita relámpago al “barrio Emerenciano” de la periferia de Resistencia, cómo y por qué esas estructuras sobreviven a cualquier vendaval electoral, por qué pueden seguir actuando con impunidad, aún cuando cambien los gobiernos y ellos busquen cambiar la forma de funcionamiento de la administración pública en un sentido acorde a lo que votaron los ciudadanos.

Sucede simplemente que esta gente no se da por enterada. Están guarecidos de todo ese mundo político competitivo y plural por una ideología cerrada, una fe religiosa que les permite autoidentificarse como “el pueblo” y señalar a todos sus críticos o adversarios como “antipueblo”, “la derecha neoliberal antiderechos”, o fórmulas parecidas. Cuentan también con grupos de choque en barrios y organizaciones que les permiten amedrentar a quienes se atrevan a levantar la voz contra ellos: ante todo, a sus propios vecinos, como se vio cuando Bullrich entró al barrio mencionado, y quienes habían salido de sus casas a saludarla emprendieron la retirada apenas se hicieron presentes los “dueños del lugar”, la patota, y comenzaron a agredirla. Si así actúan contra una candidata a presidente apenas porque se atreve a “meterse al barrio”, ¿qué le espera a un ciudadano de a pie, que tiene que lidiar con ellos todos los días?

Están además protegidos, en muchos casos, por la estabilidad del empleo público, donde se han ocupado de ocupar sillones en todos los lugares donde se maneja plata y se toman decisiones sobre asistencia a “cooperativas” u otras pantallas de sus propias organizaciones. Con lo que puede que el financiamiento que necesitan para mantenerse sea en alguna medida inmune a cambios que quieran disponer las nuevas autoridades electas: así como el Emerenciano sigue siendo, a sus ojos, “su barrio”, ese es también “su presupuesto”, son “sus funcionarios”, en suma “su Estado”. 

Así funcionaron, y en alguna medida siguen funcionando en Jujuy, pese a que ya hace casi 8 años que sus aliados fueron desplazados de la gobernación. Y así tal vez suceda todavía por un buen tiempo en Chaco, donde el modelo que aplicó Capitanich fue muy semejante al de Milagro Sala: por eso miente descaradamente cuando se declaró, en la noche del escrutinio, un republicano convencido, y contradiciendo a Bullrich sostuvo que su provincia no era “ningún feudo”; lo cierto es que él promovió activamente la feudalización de su provincia, en la versión más patotera y antidemocrática que se pueda imaginar, y fue justamente contra eso que votó buena parte de los chaqueños.

¿Cómo se desarman esas estructuras facciosas o directamente mafiosas? ¿Cómo se puede lograr, en el menor tiempo posible, que el Estado vuelva a ser un instrumento de gobierno de todos los ciudadanos, la casa común de todos los partidos y actores particulares, y no el refugio de facciones “militantes” y mafias asociadas? Seguro no con una motosierra: el trabajo que hay que hacer es infinitamente más delicado y paciente, en cualquier caso va a insumir mucho tiempo y esfuerzo, y va a generar infinidad de conflictos y también forzar a mucha negociación. Pero mientras no se lo encare va a ser difícil que mejore la calidad de cualquier bien público, sea que se considere la vivienda social, la seguridad o la moneda.

Publicado en www.tn.com.ar el 20 de septiembre de 2023.

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