miércoles 22 de mayo de 2024
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Elogio de lo diferente

Los últimos cinco siglos son un buen tramo de vida de la humanidad. En su transcurso se terminó de redondear la imagen de la tierra y se abrieron los telones del cosmos hacia el infinito.

Sin embargo, algunos  interrogantes esenciales del ser humano, siguen bastante parecidos. Aún cuando la rueda de importantes cambios instrumentales,  tecnológicos y sociales –para bien o para mal-, no ha cesado de dar vueltas durante ese transcurso.

Un hombre de nuestro tiempo, Byung-Chul Han (Corea del Sur, 1959), escribe hoy sobre temas como “La sociedad del cansancio”, “La salvación de lo bello”, y “La expulsión de lo distinto” (Ed. Herder, 2020).   En éste último caso afirma que: “Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual (…)

(…) La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, produce hoy alteraciones patológicas del cuerpo social. Lo que enferma a la sociedad no es la  alienación ni la sustracción, ni tampoco la prohibición y la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo: la depresión y la autodestrucción (…). Como al pasar, sugiere que se manifiesta con los miedos, la globalización y el terrorismo.

Hacia 1466/67 nacía Erasmo de Rótterdam,  hijo de “El claustro y el hogar”, según cuenta algún biógrafo de su intimidad. Es considerado uno de los máximos representantes del pensamiento humanista, libre e independiente. Lúcido crítico social y religioso, amigo entrañable de Tomás Moro, fue un rebelde incomprendido por sus diferencias con los extremos en pugna de entonces, las malas costumbres de la Iglesia y las tonterías de los pedantes protestantes.

Para salir del encierro, decidió celebrar la locura. La que ríe y canta satíricamente en el banquete de los cuerdos, regado de verdades, cegueras,  absurdos, contradicciones e hipocresías. Jugando con las ideas, marcó a la cultura europea del siglo XVI. Todavía se escuchan ecos de su principesca sonrisa ante las travesuras de la humanidad. La que todo lo aprende rápido, menos la sabiduría de  convivir en libertad con lo diferente.

La banalización de la igualdad, consigue –por momentos- confundirla con la uniformidad. El tesoro singular y preciado de cada ser, se fuerza maridarlo con agrupamientos vociferantes. Encerrar lo individual tras las paredes grises del todos –o muchos- iguales. El derecho a no tomar  partido, el de pensar una u otra cosa libremente, se ahoga con la “obligación” de compartir alguna consigna de moda, cualquiera sea el color o el tema de algún discurso compulsivamente inclusivo

Ante cada cosa, hay que alinearse irrevocablemente con lo que piensan otros, para que la individualidad desaparezca en alguna cantidad. No suena respetable ser diferente, pensar diferente, y hasta el no pensar, si esa fuera la decisión. En las redes, en los medios y en las mesas, hay censores tácitos, no para alabar lo propio sino para etiquetar negativamente a la persona del que piensa u opina  distinto de los cánones estridentes y vulgares.

Lo más notable, es que en otros tiempos los censores eran los dueños del poder, la derecha dura se diría ahora, los ortodoxos religiosos contra los no ortodoxos, los conservadores que combatían a las vanguardias por el desprestigio de sus  irreverencias.

Mientras que ahora, se da el fenómeno de que la censura no es privativa de los custodios y secretos de las momias, sino que es gallardamente ejercida por muchos de quienes se consideran vanguardias, progresistas o de izquierda. Son el nuevo canon, la dictadura de los opinadores excluyentes. Con el látigo descalificador, tratan de uniformar a sus pies la diversidad de todo lo que tiene vida. Coincidiendo con el algoritmo consumista de atraer los gustos -inherente al  capitalismo-, su presunto adversario.

El muy controvertido filósofo australiano Peter A.D. Singer (1946), coopera en la edición de la revista  “Journal of Controversial Ideas”, iniciativa que surgió en respuesta a las límitaciones -cada vez mayores-,  que se imponen a las discusiones para considerarlas aceptables.

Propuso entonces a sus colegas eludir las “cancelaciones” de moda firmando sus notas con un seudónimo, para evitar maltratos o recibir daños en sus carreras. Ante el convite, varios  prefirieron usar sinónimos. Su explicación es que de ese modo, intentaban evitar las descalificaciones de la cadena de reprochadores violentos.

Desprestigiar a quien piensa diferente, forzarlo pública y psicológicamente a coincidir o ser estigmatizado, conduce lenta pero inexorablemente a la autocensura por temor. El dedo largo de los activistas, lleva a pensar como los linchadores o desaparecer del escenario. Conduce de modo inexorable al pensamiento único. El polémico Singer sostiene que en la actualidad, la mayor oposición a la libertad de pensamiento y discusión proviene de la izquierda, paradojalmente.

En efecto, algunos movimientos vanguardistas de hoy no sólo sostienen su visión, sino que -excediendo el debate argumental-, en los hechos llaman a boicotear  a toda persona que no coincida con  sus posturas.

Ernesto Sábato nos recordó que los hombres no sólo se enfrentan y hasta se matan por intereses, sino – también – por fanatismo. Por la certeza absoluta de tener razones absolutas. En nombre de la religión verdadera, del nacionalismo legítimo, de la política excluyente, de la ideología justa, en otras palabras, en nombre del combate contra la verdad de los demás.

Intelectuales muy importantes y de vanguardia, como Jean Paul Sartre (1905-1980), existencialista marxista, y André Bretón (1896-19666), surrealista libertario, castigaron duramente a Albert Camus (1913-1960), por la independencia intelectual que asumió ante ellos . Ideas que “perpetró” con ”El hombre rebelde”, publicado en 1951.

Se abrió la gran polémica y por esos días, Paris no fue una fiesta sino una jungla. Sin demérito para sus consagrados críticos, la memoria de Camus –con razón o sin ella- sigue hoy convocando a la rebeldía incesante del hombre por su libertad de pensamiento,  que a través de los tiempos repite el esfuerzo interminable del mito de Sísifo.

El concepto político solidario de la igualdad es cosa distinta a no pensar o sólo pensar como quieren los censores, públicos o privados. Es un logro de los derechos humanos. Una aspiración ética a realizarse en materia de organización  política, económica y social, mediante la participación equitativa y universal de respeto y bienestar. Si pretendemos producir, distribuir y compartir con justicia los elementos constitutivos de la sociedad igualitaria.

La consagración paradigmática de ese ligamen superior de la condición humana, de ningún modo autoriza a prohibir o encamisar el ejercicio de pensar, opinar y ser plenamente diferentes en lo individual, mientras no se dañe a los demás, y se articule democráticamente la convivencia.

Los monopolizadores de las verdades únicas, creen que la utilidad de su poder estigmatizante llega hasta hacer posible  lo imposible. Cumpliendo el principio de los mandones, según el cual: no importa que me odien con tal de que me teman.  Palabras éstas del personaje de Calígula, de Albert Camus, basado en la figura de uno de los más terribles emperadores de la antigua Roma. Su impronta espantosa se levanta hoy para que nuestro “seso se avive y despierte”, parafraseando a Jorge Manrique. Y no nos deje caer en el abismo de la mediocridad.

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