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17 08 2020

El regreso de Ubú Rey


Autor: Eduardo A. Moro









Entre las antenas sensibles de lo que se veía venir a caballo de los siglos pasados, un original escritor y dramaturgo francés llamado Alfred Jarry (1873-1907),  precursor de vanguardias -particularmente del surrealismo- alumbró creaciones por las cuales es y será recordado en la historia de la cultura occidental. Entre ellas Ubú Rey, obra de teatro que rompió preconceptos escénicos, imaginando un personaje representativo de lo grotesco que exterioriza lo innoble del poder y sus ambiciones contradictorias. Con tintes de tiranía, crueldad y cobardía las opiniones y gestas del Doctor Faustroll Patafísico, expone a través de un lenguaje también absurdo modalidades científicas y filosóficas acerca de la Patafísica en línea con un pensamiento crítico anunciado ya en sus obras anteriores.  

Bajo esa denominación, el devenir hizo que crecieran los militantes y difusores de la idea, ciertamente paródica: una noción que está más allá de la metafísica tanto como ésta se ubica más allá de la ciencia. La supuesta nueva teoría se detiene en  el estudio de  soluciones imaginarias y en los principios de las excepciones. Una enorme ironía tácitamente crítica sobre las tensiones del hombre y sus circunstancias. 

La regla es la excepción de la excepción -lo extraordinario- y ello explicaría y justificaría la vigencia frecuente de la anormalidad vista así como buenaventura cotidiana. Jarry da pie a recordar la  patáfora,  significando que  así como la metáfora va más allá del significado literal, la patáfora añade una nueva dimensión infinita a la metáfora misma.  

A tono de incertezas y excepciones normalizadas, podemos recordar un tema del cantante pop Kevin Johansen, llamado “Pero qué cintura”: “Hay cosas que sé/ y hay cosas que no sé/ y  hay cosas que no sé que sé / y hay cosas que no sé que no sé”. Esta letra aparentemente caprichosa, en realidad alude a la teoría del conocimiento de los cuatro cuadrantes, explorada por  filósofos como Christian Carman  alentados por  la emoción y  el placer del descubrimiento, siempre abierto a las incógnitas.  

Es un cosmos atractivo y entretenido, en comparación con los procesos cognitivos de razonamientos clásicos que conducen a certezas aparentes, pero finalmente son sólo aparentes. Nos cuenta M.T. Giménez Garbat, recordando “El alma de las marionetas” de John Gray: Que somos marionetas ignorantes de qué o de quién las mueve ha sido y es tema recurrente de la filosofía, la religión, la literatura y el resto de las artes desde tiempo casi inmemorial. Y hoy en día el motivo de tal metáfora ha devenido objetivo central de la neurociencia. ¿Somos libres? ¿Existe el libre albedrío? ¿Entendemos todos lo mismo cuando empleamos estos términos? Pues parece ser que no y además estos datos están cargados sectariamente. Así que cada uno se posiciona según carácter y circunstancia y elabora formidables construcciones más por lo que en filosofía se ha venido a llamar “razonamiento motivado” -esa tendencia a buscar argumentos con la sola finalidad de respaldar los propios puntos de partida- que por la búsqueda pura de la verdad. ¿Pero es que somos marionetas. ¿O no?  

La especie humana es la única que inventó un modo específico de desaparición que no tiene nada que ver con la ley natural del tiempo. Inventó el arte de la desaparición. Con pensamientos de ese tipo Jean Baudrillard escribió: ¿Por qué todo no ha desaparecido aún?. El género humano viaja con desapego por el universo y al mismo tiempo se desliga moralmente de la realidad y de la historia terrestre relativizando valores y la necesidad de  distinguir entre  lo verdadero y lo falso. 

Luego de esta inconclusa tempestad ¿quedará algún hilo rojo -vinculado con la filosofía oriental- entre los seres humanos? Y -en tal caso-, cuál será?  En Utopía y desencanto Claudio Magris nos invita a enfrentarnos con la crisis de los grandes sistemas de valores y de los proyectos para ordenar el mundo. Nos pone ante la realidad -quitándonos la ilusión de redimirla para siempre-pero no la desilusionada e invencible esperanza de corregirla.  

Tengo para mí que Alfred Jarry escudriñó en los entresijos  de su época. Que la Patafísica es un irreverente y absurdo refugio ante las desconcertantes circunstancias actuales del planeta. También en nuestro país -claro-,  que se muestran como un collage arbitrario de Ubú Rey.  Por algo su genio estuvo rodeado de numerosos amigos y seguidores entusiastas como Apollinaire, Max Jacob, Marcel Duchamp, André Bretón, Pablo Picasso o Gertrude Stein. Paradojalmente hoy, luego de tanto tiempo, vivimos a nivel surreal, rindiendo culto a los beneficios de la anormalidad.