viernes 24 de mayo de 2024
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El peligroso mundo al que se incorpora la Argentina

Apenas se supo, el 13 de abril pasado, que Irán había lanzado miles de drones y misiles contra Israel, el gobierno argentino condenó el ataque con una contundencia poco usual en nuestra historia: “Israel es uno de los pocos países democráticos de Medio Oriente”, dijo el vocero del Gobierno. “La Argentina está del lado del mundo libre”. Solo un día antes la Justicia había dictaminado lo que desde hacía décadas era un secreto a voces: Irán es el autor intelectual del atentado contra la AMIA.

Son dos hechos de trascendencia enorme, que tal vez no examinamos hasta ahora como merecen. Algunos temen que arrastren a la Argentina a los conflictos globales; temor inútil, porque la Argentina ya estaba ahí, solo que del lado equivocado. Salvo el paréntesis macrista, durante veinte años nuestra política exterior estuvo al servicio de tres dictaduras con aspiraciones hegemónicas: Rusia, Venezuela e Irán. El tercer caso es el más grave, porque la república islámica cometió en suelo argentino en 1994 el equivalente de actos de guerra, y porque hasta hoy rehenes argentinos permanecen secuestrados por Hamas, uno de varios brazos terroristas del régimen iraní.

Como la Argentina no es una potencia ni tiene vocación guerrera, no tomará represalias militares. Esto es declarar lo evidente; otra cosa es la manía de ignorar lo que está en juego y de hacernos los distraídos con quienes han decidido, nos guste o no, ser nuestros enemigos. Esta actitud no solo destruye nuestra dignidad, sino también nuestra salud mental colectiva. Todo psicólogo sabe que la negación genera comportamientos neuróticos; lo mismo les pasa a los países.

Dignémonos echar un vistazo, entonces, a lo que está en juego. Como nunca desde la Guerra Fría, las democracias están bajo ataque. Para complicar las cosas, las calles de Londres, de París, de Nueva York, igual que ciertos pasillos de la UBA, están llenas de gente que ondea las banderas de sus propios enemigos y canta los eslóganes con los que esos enemigos, si pudieran, los pasarían a degüello. La confusión moral es inédita. Podría llamárselo un deseo colectivo de muerte.

Para esa gente, Israel no se defiende de una agresión que sus propios perpetradores (que proclaman su intención de “limpiar a la región de judíos”) reconocen como genocida, sino un poder colonial que perpetra, él mismo, un genocidio. Se esfuerzan en ignorar que los que torturaron y decapitaron a israelíes les reservan el mismo destino, ya que para el jihadismo no es menos odioso un judío que un cristiano, un musulmán apóstata, un budista o un ateo; para ellos, Dios manda matarlos a todos por igual.

¿Qué es el jihadismo? Un poco de contexto: desde hace cuarenta años, el régimen iraní, que aspira a dominar Medio Oriente, usa grupos dedicados a la jihad, o guerra santa, para apuntalar a gobiernos amigos y desestabilizar a enemigos, incluso en América Latina. Hezbollah está activo en la Triple Frontera desde los 90; con la reciente firma de un tratado entre Bolivia e Irán, hay fuertes indicios de la presencia de la fuerza Quds, otro grupo jihadista, en nuestra frontera norte. Nada de esto debe nada al gobierno de Javier Milei; es un conflicto que nos eligió, no que elegimos, aunque los tres últimos gobiernos kirchneristas se esforzaron en servir a Irán contra los intereses argentinos. El arma principal de ese régimen, a la que algunos califican como el virus mental más destructivo que registre la historia, es el jihadismo.

El jihadismo no es el Islam. Los gobiernos de Egipto, de Jordania, de Arabia Saudita o de Pakistán, que lo conocen y entienden mejor que nosotros, lo temen como lo que es: una forma enfermiza de religiosidad, obsesionada con el martirio y el asesinato de “infieles”. ¿Por qué Egipto o Jordania no admiten a refugiados palestinos? ¿Por qué Kuwait los expulsó en 1991? Porque entre ellos son legión los jihadistas, que amenazan la paz en países musulmanes tanto como en Occidente.

El actual secretario general de Hezbollah, Hasan Nasrallah, resumió la esencia del jihadismo en una frase: “Vamos a ganar, porque ellos aman la vida y nosotros amamos la muerte”. También es esclarecedor un artículo aparecido en Dabiq, una publicación de Estado Islámico, que se dirige a los occidentales con el título: “Por qué os odiamos y os combatimos”. Ese texto no ahorra esfuerzos para explicarnos que la violencia jihadista no depende de las políticas de Occidente: “Aunque dejaran de agredirnos, la razón principal de nuestro odio no cesará hasta que todos ustedes se sometan al Islam”.

El progresismo occidental imagina que los bombarderos suicidas y los decapitadores de bebés desaparecerían si Hamas triunfara en su proyecto de erradicar el Estado de Israel. Se equivocan: la mayoría de las víctimas del jihadismo son musulmanes. Basta preguntar a los familiares de los masacrados en la India, en Pakistán, en Siria, en Somalia, en Kenia, en Indonesia… Quizás un caso particular ayude a aclarar las cosas. En diciembre de 2014, seis miembros de la filial jihadista Tehrik e Talibán-Pakistán entraron a una escuela en Peshawar, Pakistán, y mataron a 145 niños y adolescentes. Esa masacre no fue, para los jihadistas, un deber penoso, sino un acto moralmente admirable. Uno de los asesinos declaró que esos niños irían derecho al cielo, así que no los habían perjudicado.

Hay que tratar de imaginar, aunque cueste, la mentalidad que implican declaraciones como esa; o como las palabras, no menos representativas, de la madre de Muhammad Jahjouh, un miembro de Hamas que fue acribillado en 2022 después de matar a dos israelíes: “Siempre rezo para que todos mis hijos y también mis nietos sean mártires”. No para que sean médicos, ingenieros, maestros, para que hagan de Palestina un lugar próspero y fuerte; reza para que mueran todos. Para el jihadismo, la vida carece no solo de valor, sino de verdadera realidad: solo cuenta la eternidad en el infierno o en el cielo. Llamar a esto un culto de la muerte es apenas repetir lo que sus miembros proclaman con orgullo.

Y ese culto de la muerte es el instrumento elegido por el gobierno de Irán para lanzarlo, como un ejército de zombis, contra los países que aspira a someter o destruir. Como la energía atómica o las armas químicas –recursos no más destructivos e igual de difíciles de controlar–, el jihadismo a veces se vuelve contra sus amos: el 3 de enero pasado, miembros del grupo EI-K se hicieron volar en pedazos durante un funeral de Estado en el propio Irán. Eso no impide, ni es probable que impida en el futuro, que el jihadismo siga siendo el arma de preferencia de la república islámica. A esto nos enfrentamos, digámoslo una vez más, no por haberlo buscado, sino por el solo hecho de contarnos entre los países democráticos y laicos del mundo.

Vuelvo al comienzo: algo positivo puede sacar la Argentina de esta nueva y violenta realidad, algo que tiene que ver menos con la geopolítica que con la salud mental. La realidad es que fuimos atacados: el jihadismo asesinó a ochenta y cinco argentinos, a los que un día podría agregarse, si cierta línea de investigación se confirmase, el fiscal Alberto Nisman. Terminar con la negación, la racionalización, la culpabilización de la víctima, es parte de un proceso que nos debemos desde hace décadas para recuperar cierto amor propio, y en un país con pocos consensos, recordar que son nuestros los valores de democracia, de progreso y de búsqueda de la felicidad en este mundo, que el jihadismo detesta, quizás ayude también a redescubrir quiénes somos.

Publicado en La Nación el 15 de mayo de 2024.

LInk https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-peligroso-mundo-al-que-se-incorpora-la-argentina-nid15052024/

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