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16 09 2020

El Olimpo vacío


Autor: Eduardo A. Moro









La mitología griega ubicó el hogar de los dioses en el pináculo de sus grandes montañas conocido como monte Olimpo. Sometido perpetuamente a fuertes vientos,  Ólympos, punto“luminoso”, estaba presidido por Zeus, padre familiar que vigilaba el universo, pero no pudo evitar la guerra interna ni la destrucción del sitio. No obstante lo cual aquellos dioses perduran en la imaginación inagotable de los seres humanos.  

Aterrizando entre nosotros  Juan José Sebreli, siempre empeñado en la defensa de las ideas universales  y racionales  de la Ilustración, fue uno de los  que se han preguntado: ¿Cómo se construye el mito? ¿Qué similitudes guarda con la vida real de personajes como Gardel, Evita, el Che Guevara y Maradona?, relevantes integrantes de un elenco estelar, que a su juicio exhiben “contradicciones rabiosas y paradojas flagrantes”, (Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos, Ed. Debate, 2008).     

En 2013 esa obra dió lugar a un fílm titulado El olimpo vacío, dirigido por Carolina Azzi y Pablo Racioppi, documental que parecía dirigirse a  la vida y trayectoria de Sebreli, pero devino en exponer sus reflexiones sobre ídolos populares legitimados por  lo que considera “delirios de unanimidad”. Por cosas como está Sebreli paga -aún hoy-, el costo de una cierta soledad. Desde su elegancia gestual, el hombrecito lúcido se resiste críticamente a personajes inmortalizados por el imaginario colectivo, simplemente hablando con sentidos y ejemplos coloquiales.  

Los mitos remiten a historias de seres fabulosos, o visiones sobre la naturaleza mediante las cuales se construyen imágenes y valores con atributos magnificados. En nuestra naciente historia conquistadora y mestiza se mitificó por ejemplo “el país de la plata”. Alberdi recordó el mito de creernos poderosos por tener riquezas naturales y sentarnos sobre ellas. Luego de él, nuestra literatura tiene una saga de pensadores que, con acidez (o lucidez?) trajinaron algunas mitologías criollas. E. Martínez Estrada (1895-1964)  analizó algunas en Radiografía de la pampa y La cabeza de Goliat. Eduardo Mallea (l1903-1982) nos estrujó el corazón con “La vida blanca”. 

Héctor A. Murena (1923-1975), auto-declarado “discípulo y parricida” de Martínez Estrada,  se manifestó  sobre el tema en El pecado original de América. Allí puso de relieve el desconocimiento de un mal que subyace a los problemas del presente. Observó que (…) el nacionalismo es un movimiento hacia el pasado que se origina en nuestro caso precisamente por la falta de pasado (…) o en las dificultades en mixturar o metabolizar democráticamente los frutos del encuentro entre conquistadores y conquistados, perdiendo con ello la energía que esa chispa debía encender. “El pecado” despertó en su entorno un asombro que llevó a Murena a sentir que su libro nunca fue oportuno. Ni lo será. Hoy es un olvidado ensayo de un ensayista más olvidado aún.  

Nuestra tierra nos sigue mostrando un Olimpo sin dioses y también discordias sin glorias. Se proclaman  exaltaciones imprecisas y apariencias inciertas. No aspiraciones superiores.  Creo necesario decir que en realidad ningún país los conserva sino en la modesta medida de participar psicológicamente del eco lejano de alguna intensidad heroica, costumbrista o religiosa. Pretender tenerlos sería una desmesura en  tiempos de transición.  Una tentativa de organización prudente y estable sería irreal, por nuestra proverbial inconstancia, y la dinámica de interacciones globalizadas que cabalgan sobre incertidumbres mundiales.

Esta ligera evocación de la mitología y sus sombras viene a cuento a raíz de la desesperada sensación de impotencia frente al vacío de grandeza entre nosotros. Compartir una sociedad donde sólo tenemos espacio para ver los defectos de otros, donde la única epopeya es conseguir el poder a como fuere, para seguir conduciendo un tramo de la decadencia infinita, con la palabra asustada de exageraciones y falsías, eternamente contrariados por errores y desencuentros exagerados e innecesarios. No tiene caso atarse al palo de los fanatismos   ajenos ni de los próximos. Poco importa en realidad quien tiene y pone más peso en producir desgracia. El asunto del destino común no figura entre las alternativas factibles. Y no encontramos el modo de que comience a despuntar. Febo no asoma. 

Una nación no es un montón de gente que vive sobre un determinado territorio, que se despierta y duerme a una misma hora sobre él. Es algo más parecido a imaginar que participamos en una obra común para todos. Que trabajamos  con esfuerzo y respeto en acuerdos transitorios, proyectados en tiempos razonables. De los que se renuevan progresivamente, cumpliendo reglas de juego decentes y un marco básico  contenedor, susceptible de ser compartido. Ningún sector solo puede hacer  lo necesario para el bienestar de todos. Y no sirve presumir razón o incluso tenerla, si frente a la profundidad y extensión de la crisis, no conseguimos  evitar el naufragio .   

Podemos sí vivir naufragando lentamente, con remedios de circunstancia que hoy no aplican por su ingenuidad desacoplada ante la objetiva y presurosa interdependencia mundial,  como aquél vivir con lo nuestro  del querible y respetable Aldo Ferrer. Sin afanarnos en desmentir o cumplir torpemente frases célebres como un paso adelante dos pasos atrás, pergeñada por Lenin con sentido de denuncia crítica, para significar actitudes y objetivos permanentes de retroceso, aplicable a  políticas  donde  priman obsesiones regresivas, facilitadas por el aplaudido método de acariciar con una mano y golpear con la otra al mismo tiempo.  

Medio país pide profundizar la sectorización convocada por una líder que tiene la fijación -convencimiento patológico- de embriagarse de Estado para distribuir lo que tengamos en favor de la sociedad vulnerable, las voces originarias, los derechos humanos y defender la soberanía, evitando caer en las garras del imperialismo expolotador. La otra mitad clama por abrirse al mundo, asumir la existencia y dinámica creativa de los mercados productivos,  elaborar equidad  transitando las impalpables  colegiaturas y garantías  de las instituciones liberales, sin personalismos extremos, confiando con ello en construir lenta y pacientemente mayores atributos y frutos para el bien común.  

Si no se desbroza y se hace transitable un sendero común es imposible caminarlo, sin derrota definitiva para nadie. Los llamados a la unidad nacional parecen agotarse en cortes de manga a vistas de todo el mundo. No construye decir por parte de quien. En tal estado de incomprensión, si tenemos suerte y no se producen incontrolables desórdenes sociales, nuestro funicular seguirá yendo cuesta abajo y tendremos que resignarnos a preferir un mal menor entre los que estén a la vista. 

En este momento de desazón y agotamiento por el tiempo perdido para evitar los incendios,  cuando el Olimpo se ve más desierto que nunca, ante los destinos posibles de lo que parece una tentación hacia tendencias estériles, en tren de optar imaginariamente entre el camino de Maduro y su pajarillo asustado, o el de aquel largo lagarto verde con ojos de piedra y agua, elijo el más romántico. El de pensarnos tomando un trago en la Bodeguita del Medio y  caminar luego por el Malecón, muy despacio y murmurando alguna canción del Buena Vista Social Club, quizás con la voz de Ibrahim Ferrer o de Omara Portuondo.