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21 05 2020

El liderazgo de Ángela Merkel


Autor: Alejandro Garvie









Desde 2005 y al borde del retiro, la canciller de Alemania ha demostrado un temple y una voluntad política sin igual en medio de los tiempos más adversos para la Unión Europea y para el mundo.

La crisis sistémica, acelerada por la pandemia, es la frutilla del postre para una larga retahíla de cisnes negros a los que Angela Merkel ha tenido que hacer frente. Desde la ola populista de derecha con el pico del Brexit, la crisis financiera del 2008, hasta el drama de la inmigración y el actual azote del COVID-19, han encontrado siempre dispuesta a una líder que da respuestas y propone cambios y continuidades con profundo sentido democrático. “Tanto el Fondo Monetario Internacional (FMI), como el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Ecónomico (OCDE), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización Mundial del Trabajo (OIT) coinciden en la necesidad de evitar acciones unilaterales", señaló la mandataria. Sin embargo, "el multilateralismo ya estaba ante un gran desafío antes de la pandemia y este desafío no se ha reducido", dijo Merkel en un encuentro con la prensa en Berlín, y se declaró dispuesta a "luchar" por este modo de entender las relaciones internacionales en las próximas cumbres del G-7 y del G-20.

Ya en las postrimerías de su carrera política, Merkel, a contrapelo de lo que la política interna de su país sugiere, acaba de proponer –junto con el presidente francés, Emmanuel Macron- un fondo de 500 mil millones de euros para subsidiar a los estados miembros de la Unión Europea más devastados por el virus. Esto supone una transferencia de recursos de los países más ricos –de los 27 que componen la UE- a los más pobres.

Ambos presidentes han hecho grandes esfuerzos para sostener la UE frente a gobiernos populistas que la desmembran, al avance chino que la asedia y a la abstrusa y nociva política exterior de Donald Trump que la debilita. Además, tienen que sostener la gobernabilidad interna conflictiva de sus realidades nacionales.

“Esta crisis nos dice algo sobre el liderazgo y la importancia del motor franco-alemán, y lo mal que pueden ser las cosas sin él”, dijo Nathalie Tocci, asesora de la Unión Europea y directora del Instituto de Asuntos Internacionales de Italia. “La relación franco-alemana personifica en última instancia de qué se trata la UE, cristalizando los argumentos de diferentes partes, y si están de acuerdo, se creará una masa crítica para todos”.

El fondo, junto con un plan que está elaborando la Comisión Europea y que se espera que esté terminado para el 27 de mayo, tiene previsto un reembolso que será responsabilidad financiera de todo el bloque, pero beneficiaría principalmente al sur más pobre –entre ellos Italia, España, Grecia y Portugal- que ha sido el más afectado por el virus.

Los países ricos pretendían una ayuda en forma de deuda, en tanto los pobres argumentaban por subsidios. Merkel ha apoyado la postura de los más necesitados. La jugada -no del todo magnánima- no esconde que el norte más rico no puede sobrevivir sin la mano de obra y los consumidores del sur. Igual razonamiento ha hecho abrir las fronteras de Italia –programada para el próximo 3 de junio– debido a que de los países de Europa del Este fluye la mano de obra indispensable para hacer las labores de cosecha necesarios para la producción de alimentos en la península.

En el plano doméstico, el ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz, ha anunciado que el Gobierno de Merkel está preparado para tomar participaciones en las empresas afectadas por el impacto del coronavirus. Alemania ya tomó este tipo de medidas en la crisis de 2008 para ayudar a los bancos. En Francia, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, también defendió este extremo durante esta semana para proteger a las empresas de ese país, menú que incluye la nacionalización de las mismas, llegado el caso.

Alemania ya comprometió 550.000 millones de euros para apoyar a sus empresas a través del banco estatal de desarrollo KfW. Scholz no descartó que, de ser necesario, podría comprar participaciones utilizando un fondo creado para hacer frente a la crisis financiera del decenio pasado. “Podría muy bien ser que una compañía de repente tenga una escasez de liquidez, pero en algún momento se requerirá capital social y estamos listos nuevamente para usar el fondo de estabilidad de los mercados financieros para hacer nuestra contribución”, explicó.

En ese sentido, el Gobierno de Merkel podría comprar una participación en Lufthansa, sumándose a medidas similares en otros Estados que están apoyando a sus aerolíneas de bandera como es el caso de Alitalia y Norwegian. Como último recurso se plantean rescates.

Además, Alemania contempla para la próxima semana levantar los límites constitucionales sobre la deuda y el déficit –temporalmente- para tener más margen de maniobra a la hora de movilizar recursos.

Merkel ha caracterizado sus años de gobierno por la mesura y se despide con audacia. Pero esa audacia está asentada sobre su manejo seguro de la crisis del coronavirus que le ha dado un masivo capital político -con un índice de aprobación nacional inimaginable en tiempos comunes- que puede permitirse gastar en sus últimos meses en el cargo. Esa fuerza acumulada llevará a que sus socios de la coalición socialdemócrata y el partido de oposición Verdes respalden su decisión.

En un mundo que reclama liderazgos, Merkel sobresale como una mujer que piensa “fuera de la caja”, respetando reglas de convivencia, la continuidad de las cadenas productivas mundiales y las necesidades humanas, y en ese camino es capaz de romper tradiciones para sortear la crisis sin precedentes, asegurando una UE estable, basada en una economía social de mercado como modelo de interdependencia y solidaridad.