viernes 21 de junio de 2024
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El karma de los gobernantes

Es un reclamo común en Europa, pero el sindicato de los maquinistas lo dijo con todas las letras: “Queremos poder comprar en 2022 lo mismo que en 2021”. Como si no hubiera guerra en Ucrania. Como si la inflación británica no fuera parte de una inflación global y, por lo tanto, difícil de controlar con medidas domésticas. Como si el país no estuviera a las puertas de la recesión y el Estado endeudado a más no poder.

Gobernar es, siempre, administrar recursos limitados, que no permiten satisfacer aspiraciones irreductibles de la población. Pero en tiempos de crisis la situación se agrava: los recursos disminuyen y las necesidades de la población aumentan, en medio de zozobras e incertidumbres. Peor aún, los gobernantes se ven obligados a tomar, para atenuar los efectos de las crisis, medidas que en el corto plazo perjudican a la gente.

Hay una idea falsa, pero generalizada, según la cual los gobiernos disponen de recursos elásticos, con los cuales pueden cubrir casi todo, aun en situaciones críticas.

Que los gobiernos no superen las dificultades y que, al contrario, se vean forzados a aumentarlas, hace más difícil que nunca la racionalidad colectiva. Esto no quiere decir que los gobiernos no puedan hacer nada. Aún en situaciones críticas, pueden reducir sus gastos, reorganizar los presupuestos y paralizar obras postergables. Hay gobiernos que gestionan bien las crisis y gobiernos que las gestionan mal. Hay gobiernos equitativos y gobiernos injustos.

Hay gobiernos que protegen a los mas vulnerables y gobiernos que legitiman privilegios. Lo único que no se le puede pedir a un gobierno es que decrete el cese de la realidad. Ni en Europa ni en ninguna parte.

Pero Europa es hoy un gigantesco laboratorio donde se puede comprobar la frustración de los gobernantes en circunstancias extremas. Como la que han creado la pandemia, unas sequías históricos y la falta de energía provocada por el corte o la merma del gas ruso.

El coronavirus y su consecuencia, la Covid-19, forzaron a los gobernantes del mundo a hacer gastos que no figuraban en ningún presupuesto. Para financiarlos, muchos disminuyeron reservas, imprimieron dinero sin respaldo o contrajeron deudas, todo a gran escala.

La Unión Europea —integrada por 28 países— creó un “fondo solidario” para proveer fondos de alivio a los más necesitados; pero a ese fin se endeudó (y endeudó indirectamente a sus miembros) negociando empréstitos en los mercados financieros internacionales.

La pandemia hizo que, mediante los diversos desfasases fiscales, toda Europa se enfrente a una inflación que, potenciada por la guerra de Ucrania, ha alcanzado máximos históricos. A lo largo de 20 años (entre 2000 y 2022) el promedio de la inflación europea fue de 2,1. Ahora está en 9,60.

Esto conlleva a una de esas demandas sociales de cumplimiento imposible: hacer que la inflación no afecte el poder de compra. No hay forma de lograrlo. En distintos países se reclama que los salarios igualen a la inflación; pero eso, que es atendible, proveerá una compensación transitoria. Como decía Perón, en estas situaciones los salarios suben por la escalera y los precios por el ascensor. En España hay quienes exigen que el gobierno fije precios máximos para la canasta familiar alegando que la inflación proviene de las especulaciones de productores y comercializadoras. El gobierno dice (sin convencer) que el sistema restringiría la oferta y, por lo tanto, resultaría contraproducente.

Una de las principales causas de la inflación está en Ucrania. Desde la invasión rusa los precios del trigo subieron, en cuatro meses, de 390 a 522 dólares por tonelada métrica. Rusia ocupó puertos e impidió —hasta el 25 julio— la exportación de trigo ucraniano. Ahora los precios se han normalizado, pero los siete meses de penuria dejaron dañada a la industria alimenticia. El daño se hace mayor por las sequías históricas que afectan a media Europa, a causa de calores extremos y continuos, sin lluvias, durante meses.

Más grave aun es que Europa sufre una gran insuficiencia energética: 46% del gas , 41 % del carbón y 27 % del petroleo que consumió en 2021 provenían de Rusia. A partir de la invasión de Ucrania, Putin restringió (y varía veces interrumpió) el suministro de gas.

Por otra parte, la Unión Europea prohibió la importación de petroleo y carbón ruso. Eso ha creado un déficit energético que hará muy sufrido el invierno. Y que ya está provocando el cierre de industrias y la disminución de siembras. Lo más difícil de sustituir es el gas.

La Comisión Europea ha reclamado a los países miembros que reduzcan 15% el consumo de gas, y esto ha llevado a restricciones que van de topes al consumo a apagones públicos. En Berlín hay 200 edificios que quedan cada noche a oscuras.

Existen en todas partes sectores productivos que piden subsidios, comerciantes que se niegan a apagar las vidrieras y manifestantes que demandan impuestos extraordinarios a las empresas eléctricas.

La escasez disparó los precios de la energía y convirtió a Alemania, Dinamarca y Bélgica en los países con la electricidad más cara del mundo. En Londres hay una asociación que ha empezado una campaña para que no se paguen las cuentas de luz.

La flamante primera ministra, Liz Truss, se ilusiona con detener el descontento congelando tarifas: una medida heterodoxa para una admiradora de Margaret Thatcher, que ha recibido algunas silentes criticas en el propio campo del neoliberalismo.

Ni el gobierno más eficiente y equitativo recibe, en situaciones como ésta, la gratitud de la mayoría de los gobernados. Quizás eso sea, en definitiva, una virtud del poder: sujetar, a quienes lo ejercen, a exigencias crecientes. Cuando se avanza, son multitud los gobernados que renuevan sus anhelos, pero los ven alejarse como el horizonte y no se dan por satisfechos. Y cuando creen estar al borde de un precipicio, se vuelven intransigentes.

Publicado en Clarín el 11 de septiembre de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/karma-gobernantes_0_YkbOwnsZq9.html

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