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Opinión 01 05 2020

El Estado y la pandemia, entre Jabba the Hutt y el Leviatán


Autor: Esteban Lo Presti









Por estos días nos alarman algunas voces autorizadas que ven un mundo menos liberal y más autoritario una vez pasada la pandemia del Covid-19. No solo porque insisten en plantear una omnipresencia estatal sino también porque esa omnipresencia la sostienen en una inacción de la sociedad civil que no reaccionaría o que asumiría sin más esa necesidad de un Estado omnipresente, parecido a la película Brazil, de Terry Gilliam.

En algunos países, sobre todo del hemisferio sur, el Estado resultó, a estas alturas, y contra la opinión generalizada, ineficaz, amorfo. Ante una pandemia en pleno siglo XXI respondió haciendo seguidismo de un organismo que, desde el día uno, no dio señales claras de entender el problema. La OMS, por acción o por omisión, falló. Queremos creer que lo hizo de buena fe. Volviendo al punto, el Estado no respondió a la altura. Optó, más allá de gobiernos democráticos o autoritarios, por mandarnos a guardar a casa a todos. No importó latitud geográfica ni clase social. Sin ir más lejos, en Argentina tenemos una de las cuarentenas más duras y más anticipadas de todas, sumada a una crisis económica que plantea los planes de rescate menos ambiciosos e ineficaces que solo hacen, hasta ahora, aumentar la recesión y la angustia de los trabajadores, sumado a la ausencia de una estrategia clara de salida, como ya se plantea en otros países cercanos culturalmente (como España, Francia e Italia). En cambio, Alemania prepara uno de los planes de rescate más ambiciosos de la historia, mientras mira (y ayuda desde el día uno) a sus vecinos.

Mirando el escenario global, una cuestión aparece clara al día de hoy: la OMS hizo seguidismo de China en casi todo, mirando más las acciones autoritarias (casi represivas incluso) que en lo que tal vez el país oriental fue más eficaz en contener el COVID-19. Tal vez por egoísmo o autodefensa, el organismo multilateral, impugnó primero e impulsó después, entre idas y vueltas, el uso de barbijos, tapabocas, etcétera. Lo cierto es que en una primera revisión de las curvas allí donde con éxito se enfrentó el problema, se podía observar como el uso expandido culturalmente de alguno de estos protectores como la primera (y casi única) barrera de contención. Ya fuesen países totalitarios, como la propia China, o democráticos y con fuertes necesidades de mantener la rueda económica, como Japón o Corea del Sur, venían demostrando que era una herramienta importante para “achatar la curva”. Aquí un segundo punto: parecieran que en la historia, antigua y reciente, las pandemias se fueron solitas. Pasó hace cien años con la mal llamada gripe española, y más cerca en el calendario con el SARS o con la gripe aviar, por ejemplo.

No preocupa tanto que desde el propio Estado se potencie la idea de un paternalismo mayor. Es parte de la naturaleza del Estado buscar las maneras de ampliar sus márgenes de intervención. Lo que preocupa es que haya una generación de intelectuales que otrora serían los primeros en velar por mantener y ampliar los límites de la libertad los que desearan que eso no suceda. Es, en definitiva, la construcción de una nueva elite. La de aquellos que, desde el lugar de privilegio conquistado, conforman una nueva categoría de expertos. Habría también egoísmo explícito: ampliar los límites de la libertad es incluir, a la vez que poner en tela de juicio los propios lugares de privilegio.

Cabe preguntarse si en otras latitudes se da esta misma situación, figuras públicas reconocidas pontificando (casi deseando) la constitución de un nuevo orden donde más que la consolidación de un mejor Estado (menos burocrático, más abierto, más rápido en responder y en adaptarse a las nuevas problemáticas, coordinado con más mercado) retrocedamos a un Estado atrofiado y amorfo, más parecido a Jabba the Hutt que al propio Leviatan.

En lugar de estar pensando en cómo ampliar los límites de la libertad se asocian a un mensaje apocalíptico propio de las ciencias duras. Pero, al revés que estas, que parten de base científica sólida pero buscando encontrar soluciones prácticas, o en modelos matemáticos que la propia realidad va modificando (entendemos que de eso hablan al plantear “achatar la curva” y recomendamos fuertemente seguir la evolución diaria que a nivel global y didácticamente nos muestra @Gus_noriega), el escenario para estas nuevas elites no es cambiante. Es decir, no se plantean que puede aparecer un tratamiento adecuado o una potencial vacuna. El escenario distópico los encontró en un lugar de privilegio (cómodas oficinas sostenidas por becas, organismos multilaterales u organizaciones no gubernamentales globales y basadas en fundraising) y allí les resulta cómodo quedarse, no fuese que otros no tengan las oportunidades de movilidad ascendente que ellos tuvieron.

Pero no solo no están pensando en como ampliar los límites de la democracia (pareciera que no se dieron cuenta que Corea del Sur, por ejemplo, en medio de la pandemia no solo realizó las elecciones con mayor presentismo de su historia sino que además las aprovechó para realizar testeos a gran escala), sino que tampoco piensan en como volver a la normalidad que conocíamos hasta hace tan solo cuarenta días. Allí es donde la complicidad con la intolerancia se hace mayor.

Parte del problema, creo, tiene que ver con los consumos culturales de las últimas décadas. Vayan algunos ejemplos. En los años ochenta una película televisiva, “El día después” paralizó la noche de su transmisión a los Estados Unidos. La referencia a un potencial desastre nuclear provocado por los estertores de la guerra fría llevaba a una familia a tratar de sobrevivir como pudiesen. El miedo generado en los televidentes seguramente provocó muchas reacciones (es formidable la recreación que, hace tan solo tres años, hacen en “The Americans” del impacto social en Washington, la noche de la emisión televisiva, que logra impactar hasta a la fría e inescrupulosa asesina de la KGB Elizabeth, el oscuro personaje de Kery Russell). Pero el final de dicha película era esperanzador, hasta la joven adolescente se reencuentra con su perdido novio con el que no había podido consumar su compromiso: había la posibilidad de construir un mundo mejor.

En la década del noventa “Armagedon” y “Jinetes del espacio” toman esa posta de esperanza. El mundo se une para evitar un cataclismo espacial, con sacrificio (como todo producto de Hollywood). Pero el nuevo milenio pareciera que culturalmente retrocede. Son las series apocalípticas y distópicas las que conquistan a las elites culturales y progresistas. Se han enamorado de la anormalidad. Leen incorrectamente el mensaje de “El cuento de la crida” o de “Soy Leyenda”.  

Quienes tienen miedo a volar (me incluyo) suelen paralizarse a la hora de subir a un avión, pueden apurar el abordar para pasar lo antes posible el mal trago o pueden ser los últimos, comprando compulsivamente en el free shop hasta instantes antes de que se cierre la puerta. Pese a estas actitudes, puedo asegurar que una de las cosas que más los afectó por estos días fue la certeza para algunos voceros oficiosos de la desesperanza (pero con rating) de un mundo con fronteras cerradas, sin turismo, con menos aviones. Un mundo menos inclusivo, menos feliz. No es necesario ir muy atrás en la historia, después del 9/11 y la casi certeza de que nadie volvería a Nueva York o subir sin miedo a un avión, fuimos testigos de la mayor expansión de aerotransporte. Somos humanos y gregarios, las fronteras no pueden detenernos. Tarde o temprano, como dijera Arthur C. Clarke, todos los mundos serán (nuevamente) nuestros.