jueves 30 de mayo de 2024
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El espíritu de las Cruzadas y el fin de la diplomacia

Cuenta la historia que cuando el primer telegrama llegó al escritorio del ministro de Asuntos Exteriores británico, Lord Palmerston, en la década de 1840, al parecer exclamó: “Dios mío, esto es el fin de la diplomacia”. El uso cotidiano de las redes sociales, especialmente a través de plataformas como Twitter, TikTok e Instagram, suscita preocupaciones similares en la actualidad.

¿Son las redes el problema o simplemente amplifican lo que ya existe? En apenas más de un mes de gobierno de Javier Milei, ya se percibe una marcada inclinación a interpretar la escena internacional como una lucha entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, sin dejar espacio para la duda sobre dónde reside la virtud y el bien, y dónde yace el mal y el vicio.

Subyacente a esta concepción “blanco y negro” del mundo, siempre se encuentra la suposición de que el triunfo de la virtud está de alguna manera asegurado a través de un alineamiento inquebrantable con las fuerzas del bien, siendo Estados Unidos la principal de ellas, seguida por Israel y Occidente de manera secundaria.

En las páginas de este diario, una reciente columna del profesor Tokatlian clarifica muy bien este punto. Si se coloca la política exterior en un cuadrilátero, destacando oponentes para polarizarla como si se tratara de un tema electoral, ¿qué espacio queda para la diplomacia conciliadora, discreta y negociadora en asuntos cruciales para nuestros intereses políticos y económicos? ¿O simplemente se recurre a hacer enojar para luego arrodillarse, provocar para después someterse?

Vale la pena rescatar un discurso pronunciado por el académico Hans Morgenthau en 1958, donde señalaba: “Bajo esta interpretación del conflicto internacional como esencialmente uno moral, la política exterior está destinada a transformarse en una cruzada, sirviendo al triunfo inevitable de la virtud sobre el vicio […] entonces las negociaciones diplomáticas, que necesariamente buscan la acomodación, el compromiso y el conceder y recibir de las negociaciones, no tienen cabida en la política exterior […] equivalen a una traición a los principios morales que se defienden”.

En cierta manera, el espíritu que se percibe hoy es similar al de la Alta Edad Media. La cruzada de los cristianos contra los musulmanes no fue una guerra convencional de conquista u honor. En cambio, señalan Christer Jönsson y Martin Hall, representó una respuesta a la pregunta “¿quién es este otro?” Los musulmanes, al igual que los paganos, eran los antagonistas y debían ser convertidos o combatidos. Ninguno de los dos formaba parte de la sociedad internacional. En la actualidad, ¿el enemigo parece ser el comunismo o el socialismo arraigado en algunos gobiernos o en instituciones internacionales de renombre, como las Naciones Unidas?

Aquí, nuevamente, se observa la relación íntima entre un enfoque moralista de la política exterior y una concepción utópica. Si la política exterior equivale a una cruzada y el único objetivo es la rendición incondicional del enemigo, la diplomacia se convierte en un mero instrumento de guerra.

Por ejemplo, se decide no ingresar a los BRICS porque “no queremos asociarnos con regímenes autocráticos como Irán”, pero ¿entonces deberíamos retirarnos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China o de las Naciones Unidas, dónde está presente Irán? No hacerlo sería una traición a la cruzada.

Siguiendo esta perspectiva, lo que emerge no son ideas y principios en torno a la proyección internacional del país, sino dogmas arraigados en cierta religiosidad invocada. A diferencia de las ideologías, que presentan un programa político práctico, revisable y adaptable a los contextos, un dogma es un conjunto de creencias que deben aceptarse sin cuestionamientos, ya que representan una verdad revelada sin crítica o examen. El líder iluminado por las fuerzas divinas es quien identifica el camino.

La crisis económica y social en la que está inmersa la Argentina, nos lleva a preguntarnos: ¿por qué habríamos de colocar a la política exterior en una cruzada, sea la de Estados Unidos contra China, la de las democracias contra las tiranías, la de Ucrania contra Rusia, o la que se defina? ¿Cuál sería el beneficio concreto?

En primer lugar, es esencial que el país respete las facultades constitucionales otorgadas al Congreso en materia de política exterior. El Poder Legislativo puede ser un caja de resonancia de todas las fuerzas políticas y un espacio de convergencia para la consecución de los intereses nacionales, tanto a corto como a largo plazo.

En segundo lugar, la definición de los medios para lograr esos fines es crucial. Tanto en la Cancillería como en el Ministerio de Defensa y en las demás instancias, el país cuenta con el respaldo de una burocracia preparada y un cuerpo diplomático para la restauración de las tradiciones arraigadas de paz, bienestar y justicia globales de nuestra política exterior. Pragmatismo enérgico y apego juicioso a principios no son antitéticos. Ambos pueden ser ejercidos en todos los ámbitos internacionales.

En suma, la acción internacional debe servir tanto para cooperar como para acomodar intereses divergentes con otros países.

Es fundamental que el Presidente, sus ministros y funcionarios comprendan que no están siguiendo un mandato histórico ni cumpliendo una misión sagrada ordenada por la Providencia.

Se necesita más diplomacia y menos dogmas aclamados por seguidores en redes sociales, más prudencia y moderación en lugar de agravios y reacciones intempestivas.

Publicado en Clarín el 30 de enero de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/espiritu-cruzadas-fin-diplomacia_0_86gtkPoP7Q.html

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