martes 5 de marzo de 2024
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El enmascarado no se rinde

En el argot futbolero se habla del catenaccio, como un sistema de juego que pone el acento en reforzar la defensa contra los adversarios, y su marca estrecha hombre a hombre. Sigue hasta hoy el debate entre los que elogian su eficacia práctica fundada en el escudo con esfuerzo físico, y quienes lo cuestionan por su tendencia a inhibir la creatividad, provocando la disminución de lo más bonito del juego como espectáculo.

Llevado al mundo de la política recuerda aquella frase dilemática: las acciones que no responden a ideas son ejercicios atléticos, así como las ideas sin acción son vicio de intelectuales. Gradualmente vamos llegando a imaginar la distinción entre proyecto de poder: ganar fieramente como sector para gobernar a su gusto, y proyecto de país: dilucidar electoralmente las gravitaciones respectivas en cada tiempo, pero administrar entre todos las diferencias sobre las prioridades, los métodos y los tiempos para construir el futuro, sediento de continuidad.

El proyecto de poder se maneja y actúa en base al catenaccio. Como un cerrojo o tornillo al que cada día se le da una vuelta más de ajuste.  Reduce la posibilidad de compartir espacios de libertad, hasta excluir totalmente lo diferente.  Es la apropiación privada de lo público por un grupo. Una dinámica centrípeta. El proyecto de país y su realización necesitan flexibilidad, creatividad, amplitud, apertura y expansión para planificar, administrar y ejecutar según prioridades generales, compartiendo costos y beneficios proyectados, por su esencial efecto intergeneracional. Su dinámica es centrífuga.

Un territorio socio político democrático, es de mayorías y minorías alternantes, capaces de convivir y sumar etapas sucesivas al proyecto de país. Intento incesante, adaptable y perfectible, porque es para el presente y el porvenir. Respetado en la sociedad como un destino común, que no encadena a nadie ni a nada, traza un sendero de interés general.

Las ingenuas aunque esperanzadas expectativas creadas en las elecciones 2019 en torno a una instancia de concertación, tranquilidad y empeñosa construcción, fueron pronto embestidas por la pandemia, cuya crueldad acentuó la ilusión de que se comprendiera –al menos por necesidad- la conveniencia de cultivar la confianza general por sobre la grieta.

Sin embargo, desde un primer momento el gobierno reaccionó ante cada problema, embistiendo contra la realidad, la sensatez y el equilibrio. Lo contrario a una actitud flexible, amistosa e integradora.

Diariamente vemos y escuchamos al jactancioso parlanchín procurando armar discursos de auto ayuda, con destempladas mordacidades. Elogiar ridículamente epopeyas inexistentes. Mientras, en paralelo, otra imagen con voz propia lo contraría y caricaturiza con imposiciones  de poder, que lo subalternizan hasta rozar aquellos tiempos desdichados de Isabelita, perdiendo largamente en la comparación.

Por sobre el pluralismo de ideas e interpretaciones políticas, o las complejidades de la realidad, el sistema de grupo cerrado de proyecto de poder ha inventado en este turno que debemos aceptar como virtuosa la más grave mentira: la transgresión del principio constitucional según el cual la Presidencia es un órgano unipersonal (art. 87 C.N.).

La condición necesaria de la legitimidad de su ejercicio requiere que quien ha sido electo reúna en sí mismo la unicidad de identidad de sus atributos. No admite que sea un figurón para enturbiar la claridad de esa identificación del poder.

No es bueno consentir que el deber único sea atendido con disyunciones por un órgano bicéfalo, en porcentajes dudosos, y cada vez más escasos para sí mismo. Pese al deterioro moral de simular ese rol, “El enmascarado no se rinde” (Gustavo Roldán, Cuentos Callejeros, Ed. Colihue), y sigue rozagante su camino, celebrando teatralmente falsos triunfos sobre la oposición y medio mundo, incluidos la mayoría de los países limítrofes.

“Ser o no ser” esa es la pregunta que debería hacerse acariciándose el mentón. “¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia?” (William Shakespeare, Hamlet).

¿No sería mejor para la salud de la república que los roles se sinceren totalmente, y que quien tiene el poder y manda de verdad asuma de frente –y no de contrafrente– las responsabilidades consiguientes? Es una gran parte del problema. Pero no es todo el problema.

Mientras la pobreza, la economía, la sanidad, la educación, la decadencia inercial y el distanciamiento geopolítico sectorial, aguardan ser analizados y mejorados, es necesario algo más que el sinceramiento de identidades en el seno del gobierno. Será preciso que de inmediato la dueña final convoque honestamente a todo el país.

Si tal conjetura se cumpliere, es necesario también que toda la oposición responda con grandeza y no piense sólo en cómo ganar la próxima elección para conseguir un proyecto propio de poder, para reemplazar al actual, pero con sus amigos.

En una democracia puede discutirse cualquier cosa. Pero empequeñece el alma reducimos a cuestionar al gobierno por la cuarentena larga, o por no haberse anticipado a negociar la vacuna con amplitud, su escasez actual y los sinuosos desvíos de su destino.  O por su orfandad en el Mercosur.

Lo que se viene inexorable y en poco tiempo será mucho más grave. Ni más ni menos que la plaga mundial a caballo de nuestras falencias estructurales en materias esenciales:  institucionalidad genuina, economía y pobreza, educación, salud integral. El presente y el horizonte de Argentina, exigen pensar y actuar en dimensión superior. Que merece ser guiada por un estado activo y eficaz, en lugar de uno grande y bobo.

El estado crucial del mundo, de Latinoamérica y de nuestros compatriotas, requiere sumar voluntades, capacidades y actitudes a la altura de una gran tarea de salvación nacional. Tenemos el deber de conjugar con decencia nuestras diferencias y diversidades, para sumarlas en el esfuerzo conjunto de darle sentido a una honesta convivencia ciudadana sobre el territorio nacional.

“Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”.  Samuel Beckett.

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