miércoles 22 de mayo de 2024
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El discurso presidencial y algunas llamativas omisiones

En primer lugar, no lo dirigió al Congreso (diputados y senadores reunidos), sino “al pueblo”. Más propiamente, a los cientos o miles de sus seguidores agolpados en la plaza del Congreso.

Además, por supuesto, a quienes mirábamos por tv o radio o redes sociales. Aunque a estos tales, no se nos permitió después acceder en directo a la jura de ministros. Ni escuchar al Negro Lavié cantar “Balada para un loco” en el Colón.

“Son cuestiones privadas”, fue el argumento.

De ninguna manera, señor presidente. Los actos y acciones de los gobernantes son públicos y bien públicos, es una característica esencial del sistema republicano.

El presidente -dice la Constitución en su artículo 93- debe jurar ante el Congreso reunido en Asamblea. Estrictamente, no está obligado a dirigir un discurso a los legisladores. Pero también establece la Constitución (artículo 22) que el pueblo “no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”.

Es cierto que hay una crisis de representatividad política. Esto se encargó de recalcarlo el actual presidente en su campaña electoral, cuando hablaba de la “casta”. ¿Propósito de traspolar el sistema representativo por una especie de “democracia plebiscitaria”? El tiempo lo dirá…

Vamos al discurso: una de las cosas que se rescata de Winston Churchill fue su altura de gran estadista, ajeno a la demagogia, cuando en momentos dramáticos sólo ofreció al pueblo inglés “sangre, sudor y lágrimas”.

Salvando las distancias, parece bien que el presidente, además de hacer el inventario del estado crítico de Argentina y las calamidades heredadas -cosa que no se puede dudar porque “la verdad es la realidad”- desaliente falsas expectativas inmediatas y anuncie que se vendrán tiempos duros.

Más allá del diagnóstico correcto, interesa conocer las propuestas para superarlo. Y, sobre todo, sus posibilidades de realización y eficacia.

En su “racconto histórico” el presidente reivindica, y nos parece bien, el modelo alberdiano que se plasmó en la llamada “generación del 80”. Cita a Julio A. Roca, quizá la figura más importante de ese modelo de mediados del siglo 19 y primeras décadas del 20.

Que es cierto que fue “exitoso”, (ferrocarriles, telégrafos, instrucción pública, comercio exterior), aunque un tanto exagerado sostener que fuimos “primera potencia mundial”. Pero lo cierto es que lo encarnaba una élite, progresista, culta y virtuosa, sí, pero minoría al fin.

Podemos decir que el proyecto alberdiano recién se completa cuando la Ley Sáenz Peña establece el voto secreto, y el pueblo puede elegir libremente a sus gobernantes. Un verdadero liberal, así debiera reconocerlo.

Hay que recordar que Hipólito Yrigoyen, el primer presidente argentino elegido por sufragio popular, declaraba que su programa era “el cumplimiento estricto de la Constitución Nacional”.

Por lo demás, fechar la decadencia argentina “cien años atrás”, nos retrotrae a 1923: esto es, al gobierno de Marcelo T. de Alvear, una de las administraciones más republicanas y plagadas de obras de progreso, prosperidad económica e iniciativas progresistas y transformadoras.

El crédito argentino, según los propios banqueros de Wall Street, era por aquellos años “unlimited” (ilimitado).

Extraña que alguien que canta loas a la Constitución Argentina de 1853/60, no relacione nuestra decadencia de los últimos tiempos con la cadena de golpes cívicos militares iniciados en 1930, los regímenes dictatoriales, o los gobiernos de facto.

Es decir, con todo aquello que, precisamente, violentaba y distorsionaba nuestro sistema institucional.

Me pareció excelente y oportuna en el mensaje presidencial la mención de Sarmiento como contracara del deterioro educacional alarmante que padecemos.

Si eso significa una defensa de la educación pública que fue la bandera emblemática del gran sanjuanino, y un relegamiento de ciertas ideas estrafalarias que se escucharon en campaña, al respecto bienvenido sea.

Parece un tanto injusto que sólo se haya acordado de Raúl Alfonsín para relacionarlo con la hiperinflación.

Más allá de las fallas o errores en materia económica, el primer presidente de la Democracia merecería ser recordado como el artífice de la dificultosa reconstrucción institucional argentina.

Y ya que el presidente recordó aquello del cumplimiento de la ley y “el que las hace las paga”, acordarse también que fue bajo el gobierno de Alfonsín que se llevó a la Justicia y se aplicó las penas de ley, a los culpables de la violencia como arma política, sean estos las Juntas militares que usurpaban el poder o las cúpulas guerrilleras que sembraron muerte y terror en la sociedad.

Finalmente, con todo el respeto intelectual que pueda merecernos el Dr. Benegas Lynch, parece mucho calificarlo de “prócer”.

En todo caso, la cita pertinente quizá debió ser de un gran pensador del siglo 19, un verdadero liberal del que mucho podemos aprender los argentinos, libertarios o no.

Sugeriría, por ejemplo: “el gobierno no ha sido creado para hacer ganancias sino para hacer justicia, no ha sido creado para hacerse rico sino para ser el guardián y centinela de los derechos del hombre” (Juan Bautista Alberdi).

 

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