martes 5 de marzo de 2024
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El destino ya nos alcanzó, ¡carajo!

“Chuang Tzu -hará unos veinticuatro siglos- soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.”

Jorge Luis Borges, “Chuang Tzu”, 1940

Hay innumerables ejemplos en la literatura y en el cine de obras que adelantaron lo que iba a suceder. Y otras que imaginaron cosas futuras que nunca llegaron a pasar o sucedieron de modo muy distinto. El diccionario de la Real Academia Española define distopía como “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.” La palabra surgió como lo opuesto de utopía, “no existe tal lugar”, aquel término griego tomado por Tomás Moro para describir una sociedad ideal, una aspiración. Las distopías han sido motivo de diversas obras célebres. La crítica sintetiza, considerando a “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, “1984”, de George Orwell y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury como el trío distópico por excelencia. En el cine, quizás las dos más notorias películas distópicas sean “Blade Runner” de Ridley Scott y “Terminator” de James Cameron, ambas muy vistas. Pero hay una tercera anterior, no siempre recordada suficientemente, que iluminó algunas adolescencias: “Soylent Green”. Dirigida por Richard Fleischer, fue traducida al español con el sugestivo título de “Cuando el destino nos alcance”. Curiosamente, este film que hoy es objeto de culto cinéfilo, plantea una distopía que se proyectaba en 2022, nuestro presente. Refleja aspectos que tienen enorme vigencia. Muchos la vimos en blanco y negro por la televisión, cuando el sistema todavía no permitía visualizar los colores.

El film de 1973 se basa en una novela de ciencia ficción de mediados de los sesenta, escrita por Harry Harrison en un contexto de obsesión con el crecimiento de la población mundial y la Guerra Fría. En la sociedad descripta, que es la actual vista desde entonces, el desequilibrio ecológico producido por los seres humanos ha llevado a un régimen de gobierno autoritario donde las personas sobreviven semi recluidas, con represión gubernamental y con enorme escasez de alimentos, motivada por la superpoblación. Se desarrolla en Nueva York, una ciudad de 40 millones de habitantes (hoy habitan en realidad allí algo más de 8 millones) sumida en la zozobra social. Los alimentos naturales han desaparecido y una firma llamada Soylent produce unas galletas rojas y amarillas con las que todos se alimentan y cuyo producto estrella es Soylent Green, es decir “verde” como emblema de lo natural, que se supone es fabricado como oferta gourmet con plancton marino. Hay una clase privilegiada, una “casta”, que sí consume los pocos alimentos naturales que se producen y tiene acceso a diversos bienes de un tiempo pasado que muchos no han conocido. La película mezcla la ciencia ficción con el género policial. Ante un asesinato de un directivo de la firma Soylent, el protagonista, Robert Thorn, interpretado por Charlton Heston, comienza una investigación. Es un detective neoyorkino, el típico perdedor de la novela policial negra. Lo ayuda un amigo con el que convive, el anciano Roth, que interpreta Edward G. Robinson, al que apoda “Libro” por sus conocimientos y sabiduría. Él sí ha vivido los tiempos previos al desastre ecológico y se regodea rememorándolos y añorando con nostalgia ese mundo perdido. Pero su amigo no le presta mayor atención porque él es un ciudadano de ese presente catastrófico y le cuesta pensar fuera su circunstancia. Cuando el policía revisa la escena del crimen se encuentra con un ambiente desconocido y con la bella novia del muerto, que sugestivamente había salido con su guardaespaldas de compras cuando se produjo el crimen. Thorn encuentra en el departamento una heladera con alimentos nunca vistos ni degustados, descubre licores, una ducha con agua caliente y jabón y libros de una calidad inusual. Aprovecha y se lleva algunas cosas para disfrutarlas con su amigo y socio. Luego le encarga rastrear sobre los antecedentes del asesinado, inquieto por su pesquisa. El viejo, gracias a su sagacidad, llega a la conclusión de que al accionista de Soylent lo han matado porque iba a revelar un secreto tremendo. Decepcionado por su descubrimiento, decide acceder a una oferta del gobierno que ayuda a morir a las personas que han superado una edad. Atando cabos sabe que por ese camino podrá confirmar la hipótesis de su investigación. Es así como logra determinar que los mares han sido destruidos por la contaminación humana y que no hay plancton para fabricar Soylent Green. La clave está en la materia prima que realmente usan. Cuando Thorn se entera lo que va a hacer su amigo, intenta salvarlo. La propuesta gubernamental para bien morir incluye veinte minutos de música clásica e imágenes previas al desastre ecológico. Roth disfruta de esos regalos con nostalgia y se da un baño en su pasado ideal rumbo al fin. A pesar de que no llega a tiempo para detener a su amigo, el policía alcanza a recibir su moribundo testimonio de que hay que buscar las pruebas para denunciar lo que está sucediendo. Una vez que retorna a su casa le ordenan no seguir con la investigación, como era previsible. Pero Thorn no acata la instrucción y vuelve tras la pista para concluir la indagación iniciada por su socio. Logra comprobar que al directivo de la firma lo han matado porque iba a revelar el secreto. Y en la planta donde se procesa el Soylent Green comprueba la utilización de los cadáveres de los fallecidos como su socio para la fabricación del alimento. Cierra el círculo. Tiene un enfrentamiento con los guardias y aunque queda mal herido logra avisarles a sus compañeros y a los paramédicos que están llegando en su ayuda que “Soylent Green son personas”. Fin de la película, que vale la pena revisitar.

Los ecos en el presente saltan a la vista, pues la acción transcurre en 2022. Estamos hoy en ese clima de desasosiego por el desastre nacional y planetario. La metáfora de una sociedad cuyos integrantes se comen engañados a sus vecinos para subsistir es inquietante. Es de gran actualidad el desarrollo de una conspiración para ocultar la debacle mientras algunos la pasan muy bien y la mayoría muy mal. Es como si la Argentina hubiera cumplido con la proeza de su propia distopía, pero que no sucede en el futuro sino en el presente. Una especie de pesadilla al estilo del filósofo chino citado por Borges al inicio en la que al despertar un argentino no sabe si sueña ser un condenado o es un condenado que sueña ser un argentino.

El distopismo literario surgió para alertar sobre posibles desastres futuros. La historia nacional es un encadenamiento de desastres que parece no tener fin porque cada vez se renuevan los mecanismos perversos. Pero no hay otro modo de enfrentarlos que tomar el toro por las astas y torcer los rumbos desviados. Insistir hasta desentrañar el enigma, como los protagonistas de la película. Es el único camino para torcer el destino.

En medio del proceso electoral conviene reflexionar que a pesar de todo lo que funciona mal, en esa sociedad distópica del film es dentro del propio sistema donde surgen los dos personajes que logran desentrañar el misterio. La tentación es buscar por fuera, en la ilusión de que lo antisistema existe. Las opciones antisistémicas alumbran siempre otros sistemas peores. Esos héroes, un policía y un profesor jubilado, forman parte de lo que queda del Estado en medio de una nación fallida que produce alimentos con cadáveres para sus ciudadanos de segunda. Y lo hace en connivencia con una empresa, lo cual muestra que nunca hay una “casta única” en esos grandes desaguisados. Las complicidades son múltiples, aunque algunos prefieran poner los reflectores sólo sobre unos para cargarles todas las responsabilidades. Quizás, para dejar a otros en las penumbras y exculparlos. Por eso son tan sospechosos esos denunciadores siempre unidireccionales. Hay que mirar a quien omiten para saber a quién están disimulando.

El policía les avisa a quienes vienen a rescatarlo de su hallazgo en la esperanza de que tomen la posta de su investigación. “Soylent Green” o “Cuando el destino nos alcance” es una película oscura y pesimista pero deja una luz. Depende de cómo se la mire. Por eso es tan importante en un régimen democrático y republicano elegir a quienes están dispuestos a ir contra los populismos disponibles. Comentaristas hay muchos, pero personas dispuestas a arremangarse no tantos. Y, entre esos, que además cuenten con las herramientas para ser eficaces, es decir con solvencia, muchos menos. Por eso hay tanto charlatán disponible para postularse a salvador. Se basan, por supuesto, en que los republicanos tampoco han dado en la tecla.

Un elemento interesante de “Soylent Green” es que el compañero anciano del policía es un ex profesor que aporta experiencia, sabiduría y además coraje, pues es él finalmente quien desentraña el misterio detrás del poder que oprime a todos. Se cuela donde matan humanos para hacer con los cadáveres comida para otros humanos. El típico esquema de grandes corporaciones empresarias en connivencia con políticos corruptos y funcionales se resquebraja sólo si hay voluntad de personajes que actúen. Los parlanchines no cambian nada, por eso debería ser tan importante analizar los programas de cada candidato y ver si además del qué harán dicen cómo lo harán. Esto lleva a pensar que a la hora de elegir, aún en los momentos más complejos, vale la pena irse por el lado de los que tienen kilómetros recorridos y están dispuestos a aguantar los cimbronazos. Porque mientras una gran cantidad de habitantes está sumergida en sus pesares y enojos, los vendedores de ilusiones hacen su negocio. Lo que muchos no parecen entender es que el destino los alcanzará igual.

Publicado en Mendoza Post el 23 de septiembre de 2023.

Link https://www.mendozapost.com/opinion/el-destino-ya-nos-alcanzo-carajo-jaime-correas/

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