Javier Milei y Santiago Caputo volvieron a mostrar su lado más autoritario durante la Asamblea Legislativa para inaugurar el periodo de sesiones 2025. Como sucede con el Criptogate, no tienen excusa ni manera de justificar un error no forzado, en este caso las agresiones verbales y físicas contra el diputado radical Facundo Manes, quien les hizo saltar la térmica solo por enseñar un ejemplar de la Constitución.
A Manes le llovieron insultos del propio Milei desde el atril, con un micrófono y en cadena nacional. Y de Caputo, quien le hizo señas desde un palco donde lo acompañaban parte de los funcionarios más fanatizados de estos tiempos anarco-capitalistas. De lo gesticular y lo verbal se escaló a lo físico, a lo que se sumaron amenazas muy graves como tirarle encima “todo el peso del Estado”.
Si a Manes lo golpearon o palmearon no es ese el punto: ninguna persona mediamente decente, en sus cabales, que esté consciente del lugar donde estaba —el Congreso— y el rol que ocupa, hubiera ido y atacado a un diputado nacional de esa manera.
Que Caputo amenace tan a la ligera a alguien no parece un dato menor. Se trata de un monotributista, asesor sin cargo formal dentro del Gabinete, que ostenta una punta dentro del denominado “Triángulo de Hierro”, junto con los hermanos Milei. Se le atribuye poder dentro de la Side, ARCA, la Justicia y gran parte del aparato del Estado. O sea, digamos, o sea, alguien que tendría herramientas para cometer atrocidades ilegales.
Nada justificaría tal apriete en un gobierno democrático. Ningún funcionario ni ciudadano a favor de las ideas de la libertad más básica siquiera pensaría así. Proyecta a los libertarios con códigos propios de mafiosos, de delincuentes, de populistas y autoritarios de la peor calaña. La antítesis del legado de Raúl Alfonsín cuando restituyó la democracia en 1983, y por eso mismo las antípodas del radicalismo, que tantas veces enfrentó con ideas y valores republicanos a quienes así actúan.
Cada intervención de Milei y de su ejército de trolls en redes sociales posterior al ataque contra Manes se dedicó a insultar al diputado y a los periodistas que atestiguaron e informaron lo sucedido. Que si los ensobrados, que si la falta de pauta, que si los mentirosos. No hubo ninguna explicación, ni disculpa, ni llamado a la cordura o pase de factura a Caputo, quien por otra parte opacó el discurso de Milei y se catapultó a sí mismo junto a Manes a las tendencias en redes sociales y tapas de diarios y portales.
Cuando era diputado y candidato presidencial Milei construyó su personaje en torno a la violencia. Su rostro con el entrecejo fruncido, su gesticulación agitada, los gritos a sus interlocutores. Y un glosario infinito de insultos: zurdos hijos de puta, mogólicos —sin consideración alguna a personas con capacidades especiales—, idiotas, imbéciles, estúpidos. La animalización del otro con cucarachas, ratas, mandriles. Así llegó y así siguió con su ira desde Casa Rosada, con toda la (i)rresponsabilidad y el poder que eso conlleva. Los libertarios rompen, en la práctica y en el discurso, con los consensos, las reglas, el respeto. Las formas, eso tan importante con lo que funcionan los países civilizados, pero que ellos reconocen no les interesa. Y es que si su modelo es Donald Trump, que pasa la motosierra contra la República de Estados Unidos para aliarse con Putin, poco más se puede esperar, ¿no? ¿Qué sigue? ¿Se atreverán a usar todo el peso del Estado ya no contra diputados ni periodistas sino contra ciudadanos comunes?
Una vez más las torpezas y errores de Caputo intentan ser tapiadas con otro escándalo que barra debajo de la alfombra al anterior. En jerga libertaria quizá dirían poner una cagada para tapar otra. Libra/Criptogate, el giro con respecto a la guerra Ucrania-Rusia, la designación de magistrados de la Corte Suprema por decreto. Cagadas, cuando no se opta por vender humo, como intentaron instalar con un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que fuera de la euforia de las redes sociales, luce muy lejana, si no imposible, en la realidad.
“Los acuerdos de libre comercio, como se los conocía en la década del 90, son una etapa terminó. Es más factible un acuerdo de promoción de inversiones que uno de libre comercio”, explicó Mauricio Claver-Carone, enviado especial del Departamento de Estado para América Latina, alto funcionario de la Casa Blanca. Ese planteo, además, se condice con los aranceles que Washington impuso unilateralmente a Canadá y México, que virtualmente dinamitaron un tratado como el que querría Milei.
Sea por cubrir el Criptogate, por intentar mantenerse adelante en los temas de conversación de la opinión pública, o para distraer en medio de avances autoritarios, lo cierto es que Milei y su tropa tambalean los cimientos de la República, el verdadero sostén de la libertad.