“Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina”, exclamaba Raúl Alfonsín hace hoy 42 años y, en el presente, aquel llamado del líder radical adquiere una inusitada vigencia en razón de que el país exhibe signos claros de decrepitud después de casi 20 años en el poder de populismo de una supuesta pseudo centroizquierda, que no es tal, que se encarna en el kirchnerismo y la llegada al poder en el 2023 del gobierno de Javier Milei que mientras declama las bondades del modelo que ha impuesto y que aspira a profundizar y que presagia un futuro poco esperanzados para los sectores más vulnerables de la población. El sesgo populista pero de de ultra-derecha, en rigor, simboliza al más rancio conservadurismo o neoliberalismo que nos retrotrae al que imperó en nuestra Nación en la década del ’90 con dosis con elocuente desprecio por la política o, mejor dicho, la expresión de la antipolítica que vale tanto como decir desprecio por la democracia y sus instituciones. La sociedad hace casi dos años llevó al poder al ‘libertario’ que sumó a su elenco gubernamental a figuras políticas con pasado peronista-menemista que viene desplegando sus órdenes. Ello se ha reflejado en su propósito de llevarse por delante herramientas vitales del Estado para preservar la atención de los más desamparados –los jubilados o bien quienes padecen discapacidades- pero también llevándose por delante uno de los ‘tesoros’ más preciados por la población como lo es la educación que reciben los jóvenes en los claustros universitarios. Hasta cuándo persistirá por transitar ese sendero nadie puede aventurarlo. Cree que acercamientos con la administración norteamericana de Donald Trump lo hará convertirse en un ‘líder político’ que trascenderá las fronteras del país y será mirado con simpatía por otros referentes de la derecha del resto del mundo. Milei debió recurrir a Trump para salvar una situación de descontrol del dólar y la incertidumbre que su propia administración generaba. Pero, en el medio, quién sabe qué quedará en pie en la Argentina. Decía que los políticos eran ‘todos corruptos’ y se topó con el escándalo que él mismo desato al promocionar o ‘alentar’ –que no es lo mismo- operaciones que ahora investiga la Justicia: $LIBRA. Y poco después impactó en la línea de flotación supuestas maniobras de corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad que en las que podrían estar involucrados ‘hombres del poder de confianza’ e, incluso, hasta la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, su hermana o ‘el jefe’ como a él le gusta llamarla.
Es cierto que su administración ha alcanzado metas importantes en materia macro-económico como el equilibrio fiscal aunque el costo social que los argentinos ya pagan y pagaran sean tremendos. Él exhibe una drástica baja de los niveles de la inflación como un éxito indiscutible. Ahora bien: No hay índices claros de recuperación productiva y en las góndolas de los comercios los argentinos de a pie siguen haciendo ‘malabares’ para comprar lo mínimo indispensable para vivir dignamente.
Otros ya ni siquiera atinan a acercarse a adquirir esos productos. Sencillamente porque los salarios siguen reprimidos. Promesas de convertir a la Argentina en una potencia, en palabras de Milei, parecen por ahora una quimera. Ya conoció ‘derrotas políticas’ en el Congreso en cuyo seno anida la decisión de la oposición, incluso de aquellos espacios políticos que en un primer momento, le prestaron ayuda para avanzar en sus planes pero que, también, supieron ponerle freno a la herramienta del Decreto de Necesidad y Urgencia a contramano de un precepto inexcusable al que debiera apelar un gobierno democrático cuando, por cierto, carece de mayorías en el plano parlamentario y ello supondría establecer la lógica del dialogo, la de generar consensos y aceptar introducir cambios de rumbo. Milei no aceptó ese camino y pago un alto precio. El Parlamento le está poniendo frenos a su pertinaz intento por creerse dueño absoluto de la verdad. Se exhibía envalentonado y clamaba que había llegado al poder para poner fin a los privilegios de lo que bautizaba como la ‘casta’. La realidad demostró que la ‘casta’ eran los sectores medios y los más necesitados. Ahora enfrentará una elección de medio término. La ‘moneda está en el aire’. Nadie se anima a presagiar de qué lado caerá.
No se trata de apelar a la nostalgia pero aquella convocatoria de Alfonsín vuelve a presentársenos como un mandato al que los argentinos no debiéramos rehuir y ponernos manos a la obra. En todo caso la cuestión es si creemos que la decadencia puede ser enterrada aferrados a quienes se creen ‘mesías’ que, a su vez, apelan a ‘las fuerzas del cielo’ como si los argentinos estuviésemos en el desierto y exhaustos caminamos hacia una ‘tierra prometida’. La que promete Milei. O quizás lo haremos acercando a la chance de hacerse del poder en el 2026 a esa facción del peronismo, el ‘kirchnerismo’ que nos llevó a otro largo período de decadencia.
En el anochecer del 30 de setiembre de 1983, hace 42 años, ni los propios radicales podrían salir de su asombro cuando una ‘marea humana’ se concentraba en el estadio de Ferrocarril Oeste para escuchar a quien era el candidato presidencial de la UCR, Raúl Alfonsín, quien pronunció un más que memorable discurso en el ‘sprint’ final de la carrera proselitista, a sólo 30 días exactos de las elecciones del 30 de octubre de ese año en el primera paso para poner fin a la dictadura que gobernaba la Argentina.
¡Alfonsinazo!
“Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina, vamos a volver a ponerla entre los primeros países del mundo por la riqueza de nuestro pueblo. No va a ser fácil, nos va a costar, pero lo vamos a lograr, y si lo hacemos, amigos de Buenos Aires; que nadie se deje deslumbrar por los resplandores de las glorias del pasado; yo les aseguro a ustedes que si cumplimos con nuestro deber, nuestros nietos nos van a honrar, como nosotros honramos a los hombres que hicieron la organización nacional”, dijo Alfonsín en ese discurso un día como hoy, 30 de setiembre, pero de 1983. Ese acto generó un inesperado impacto a treinta días antes de las elecciones que marcaron el retorno al imperio de la democracia en el país y la consecuente retirada del poder de la última dictadura. Ese mitin, bautizado como ‘Alfonsinazo’, por los medios de comunicación para graficar la magnitud de la movilización, estuvo rodeado de varios condimentos: los principales surgieron del discurso de Alfonsín, quien comenzó a hablar cuando ya había caído la noche ante una multitud que colmaba el estadio situado en el corazón del barrio porteño de Caballito. Uno de esos pasajes de ese mensaje quedó en la memoria colectiva de la sociedad cuando ratificó que impulsaría, en caso de convertirse en Presidente –como sucedió- la derogación de la Ley de Autoamnistía que, una semana antes, el gobierno de facto había dictado con el objetivo de “cubrir” sus espaldas ante la certeza de que si el candidato radical ganaba, tal como ocurrió, serían llevados ante la Justicia por violaciones a los derechos humanos. Aunque hubo, por cierto, otros elementos que jugaron ese 30 de setiembre y que quedaron en la historia: Ese viernes los radicales y muchos que no eran ‘boina blanca’ se sintieron desafiados al influjo de un paro en el transporte de colectivos que el gremio de la UTA, controlado por el peronismo, que dispuso la medida de fuerza en demanda de mejoras salariales para sus trabajadores aunque nadie desconocía que, a la vez, se trataba de una “jugada” dirigida a provocar la casi o nula circulación de colectivos a los que muchos apelarían para trasladarse hacia el estadio y concurrir al acto. Los radicales y los no radicales ‘vencieron’ ese obstáculo. Hubo una inesperada circulación de militantes de la UCR y de ciudadanos en general que en automóviles, camiones o camionetas tanto como a los tradicionales micros escolares, de color naranja y blanco –costeados por dirigentes de la UCR- se trasladaron desde distintos barrios de la Capital Federal y el conurbano bonaerense para llegar a la cancha de Ferro. Otros, aún más audaces, lo hicieron a pie y por la calle hasta, incluso, cortando la circulación del tránsito vehicular y recorrer una considerable distancia. Ello hizo que por distintas calles y avenidas porteñas avanzaran nutridas ‘columnas’ de militantes radicales a los que se iban sumando aquellos que no lo eran pero habían resuelto asistir al acto para ver y escuchar a Alfonsín.
Eran las 19.30 de ese viernes 30 de setiembre y en el estadio de Ferro parecía que no cabía ni “un alfiler” con sus tribunas de tablón y el verde césped cubiertos de militantes radicales y quienes no lo eran pero que ansiosamente aguardaban a quienes serían los oradores, aunque por supuesto, el más esperado momento sería cuando hablara Alfonsín, quien lo hizo después del candidato a vicepresidente, el cordobés Víctor Martínez. Antes, entre otros, habló el entonces candidato a senador, Fernando De la Rúa. Los radicales desataban su irrefrenable entusiasmo con una y otra consigna en medio del agitar de banderas argentinas y partidarias. Algunos dirigentes que ya entonces peinaban canas y eran experimentados en estas lides no podían salir de su asombro ante la multitud congregada en el estadio e, incluso, sus adyacencias porque, les resultaba imposible ingresar. No había más capacidad para albergar a todo esa gente y entonces muchos se conformaron con escuchar a Alfonsín desde afuera sin que ello menguara su fervor.
Tras el discurso de Víctor Martínez llegó el momento esperado. Los locutores Graciela Mancuso y Daniel Ríos, hábiles, fueron preparando el camino hacia el anuncio. Se alternaron en las intervenciones y se lanzaron a la presentación. Ella dio el pie: “…amigos y amigas habla Raúl…”, y Ríos exclamó: “Habla Al–fon–sín”, completó a sabiendas que ello haría ir desatando la ovación y la “locura” entre las 50 y 100 mil personas –según los distintos cálculos- que colmaban el estadio o estaban afuera.
El candidato presidencial de la UCR debió demorar algunos minutos el inicio del discurso ante el griterío infernal de los radicales que coreaban el ya entonces clásico cántico: “…Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín…”. Y, arrancó: “Queridas amigas y amigos, venimos…”, dijo e hizo una pausa al advertir que los fotógrafos de distintos medios se apiñaban al pie de la tarima y se movían agachados con el riesgo de caer al vacío desde el palco. “Cuidado con los fotógrafos, déjenlos trabajar…”, apuntó Alfonsín, quien recién ahí encaró su discurso: “Todos nosotros sabemos, todos los argentinos comprendemos que no estamos en estos momentos viviendo las circunstancias de una campaña electoral común; cada uno de nosotros sabe que no se trata solamente de consagrar una fórmula…”. Y, sin pausa, agregó: “…todos sabemos que en lo que realidad se trata es de saber si los argentinos podemos realmente superar esta etapa de decadencia, superar esta inmoralidad que se ha enseñoreado en nuestra sociedad, y transitar juntos un largo camino de paz y prosperidad. Crisis moral por encima de todo, que hay que superar, y en consecuencia obliga a utilizar también la prédica y el discurso honrado de la autenticidad y de la verdad, que es la prédica y el discurso de la democracia”.
Cada frase o un algo más extenso párrafo del discurso que pronunciaba daba pie a renovadas ovaciones como cuando Alfonsín, casi como una sentencia, enfatizó: “No vamos a aceptar la autoamnistía, ¡vamos a declarar su nulidad!; pero tampoco vamos a ir hacia atrás, mirando con sentido de venganza; no construiremos el futuro del país de esta manera. Pero tampoco lo construiremos sobre la base de una claudicación moral que sin duda existiría si actuáramos como si nada hubiera pasado en la Argentina”.
Alfonsín, con tono enérgico, atacaba a la dictadura y aunque lanzaba alguna estocada verbal hacia el peronismo, amalgamaba un discurso que se asemejaba más a una alocución de un ya consagrado nuevo Presidente que a la de un candidato, con frases que adquirían un significativo volumen político con compromisos que se proponía asumir si las urnas lo depositaban en la Casa de Gobierno y, entonces, explicitaba que haría, en tal caso, ante las acuciantes demandas de una sociedad en la que había vastos sectores de la población hambreada, sin asistencia en la salud o sin acceso a la educación y allí, como lo venía haciendo desde el inicio de la campaña, exclamó: “Cada uno ha entendido que la única forma de solucionar nuestros problemas es a través de la recuperación de nuestros derechos y nuestras libertades. Cada uno ha entendido que con la democracia no sólo se vota, con la democracia se come, se cura, se educa…”, para después incursionar hasta casi en detalle los criterios con los que su eventual gobierno actuaría frente a la enorme deuda externa que su posible gestión heredaría tras los estragos que había provocado la administración de la dictadura.
Alfonsín encaró el tramo final de su discurso y lo hizo de una manera que quedaría en la memoria colectiva como una ‘marca registrada’. En ese momento hizo una ‘invitación’ que luego hasta el final de la campaña transformaría en casi un mandato que recogía y que instaba a la sociedad a internalizar y que, incluso, volvió a repetirlo en algunas ocasiones durante su gobierno. Fue directo: “Vamos hacia el nuevo rumbo, con la nueva marcha, con la nueva lealtad, hacia el futuro los argentinos, una marcha presidida por un profundo sentido moral, por un profundo sentido patriótico, para concretar nada más y nada menos que los objetivos del Preámbulo de la Constitución Nacional de los argentinos, que yo les pido a todos que lo vayamos repitiendo como si fuera un compromiso al mismo tiempo que un rezo laico y una oración patriótica que ya empezamos a cantar, porque esto significa que vamos dejando atrás la decadencia argentina. Estamos en una marcha nueva para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover al bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”.
Aquella convocatoria de Alfonsín para “enterrar la etapa de la decadencia argentina” vuelve a rodearnos. El país ha alcanzado ya más de 40 años de vigencia ininterrumpida de la democracia pero lo hace desafiada a ponerle fin a esa decadencia que se exhibe con crudeza al verificarse que aún resultan alarmantes y ominosos índices como el de la pobreza, marginalidad, caída del salario, desocupación, inseguridad o bien la estrepitosa ruptura del vínculo de niños, niñas y adolescentes con la escolaridad y, al mismo tiempo, la no menos preocupante migración de jóvenes al exterior al no encontrar expectativas para desarrollarse en la Argentina. A esa lacerante situación hay que ponerle fin. Sólo será posible si la política asume ‘compromiso’ con la población y si ella, a su vez, en defensa propia, poner por encima de su descontento la racionalidad para apostar a un futuro lo que significa: No volver al pasado ni tentarse con otro ‘salto al vacío”. Faltan menos de 30 días para una nueva elección. Será de carácter legislativa. Pero también podría servir para entender, al momento de votar, que los liderazgos ‘mesiánicos’ lesionan la democracia como el populismo de pseudo izquierda o el populismo de derecha.








