miércoles 24 de abril de 2024
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El 24 de marzo y las astucias de la historia

I. Una definición escolar de la historia es la que afirma que su objeto es el estudio del pasado, aunque en realidad la historia más que estudiar el pasado estudia la relación del presente con el pasado, lo cual a primer golpe de vista impresiona como parecido pero como todo primer golpe de vista está equivocado. Recuperamos la historia desde el presente, porque como muy bien dijera Aron, lo que se propone un buen historiador es devolverle al presente la incertidumbre del futuro. ¿Complicado? No tanto, apenas lo necesario como para pensar la historia como saber, como conocimiento o como ciencia. Estudiar la relación entre el presente y el pasado implica admitir que si cambian las condiciones del presente, (nuevos campos teóricos o nuevas situaciones políticas) podría cambiar la perspectiva histórica, y en este caso la palabra “perspectiva” vale en toda su complejidad como muy bien lo saben, por ejemplo, los pintores cuando se propusieron establecer una tercera dimensión en un plano de dos dimensiones.

II. Muchos supusieron que el debate acerca de la última dictadura militar, el terrorismo de estado y la violación de los derechos humanos estaba concluido con el juicio a las juntas militares propiciado por Alfonsín, y que la segunda etapa abierta por los Kirchner a parrtir del 2002 saldaba definitivamente aquella tragedia histórica. Sin embargo, los rigores del presente una vez más se empecinan en poner en tela de juicio afirmaciones que se suponían absolutas. Siempre se creyó que existía una minoría de simpatizantes de la dictadura militar, pero nunca se sospechó que estas supuestas minorías alguna vez iban a llegar al gobierno con el voto popular e invocando en nombre de la universalidad de los derechos humanos incluir entre las víctimas de la tragedia a aquellos militares, policías y civiles asesinados por la denominada guerrilla. Ahora este reclamo no era el lamento solitario de una viuda o un hijo, sino la demanda de un gobierno votado por catorce millones de argentinos.

III. La reciente celebración del 24 de marzo, la fecha simbólica que convoca multitudes en las calles bajo la consigna del “Nunca más”, esta vez fue contrastada desde un gobierno que pone en tela de juicio verdades que parecía estar fuera de discusión. Algunas objeciones fueron centrales: el terrorismo de estado no lo iniciaron los militares sino el gobierno peronista; los militares salieron a la calle respaldados por una orden emanada de un gobierno democrático; el golpe de estado del 24 de marzo contó con el respaldo de una mayoría de la población. Por último, la cifra de 30.000 muertos sería falsa o por lo menos desmesurada, un error que no disculparía al terrorismo de estado, pero deslegitimaría a quienes persisten contra toda evidencia en sostener una mentira.

IV. La polémica abierta, que el actual gobierno denomina “batalla cultural”, abre grietas entre los sectores moderados y extremistas que durante los rigores de la dictadura militar llegaron a coincidir en los reclamos a favor de los derechos humanos. La contradicción abierta podría sintetizarse en el siguiente interrogante: “¿Se condena a la dictadura militar o se reivindica a la guerrilla? Para Raúl Alfonsín no había dudas de que el juicio a las Juntas no significaba una reivindicación del PRT o Montoneros, al punto que las condenas incluyeron a los jefes guerrilleros. El indulto de Menem en nombre de una retórica pacificación nacional pareció saldar por el peor de los caminos las diferencias, hasta que otro gobierno peronista, cuyos jefes irónicamente jamás participaron en las épica setentista, decidió iniciar su propio juego. La condena a torturadores no respetó escrupulosamente las normativas legales, pero el error más serio fue la operación ideológica consistente en considerar a las organizaciones armadas de los setenta como protagonistas de una batalla por una sociedad más justa, y a sus integrantes como jóvenes idealistas. Como en estas operaciones históricas nada es inocente, la consecuencia de esta revelación histórica fue que el kirchnerismo era el heredero de aquellas gestas. O sea que, en nombre de la patria populista o de la patria socialista se construyó un relato en que los campos de amigos y enemigos, héroes y villanos, estaban perfectamente delimitados. En el camino se mintió y se corrompió, pero esos eran detalles desagradables de una verdad que no admitía discusiones, verdad que quien intentara rebatirla era estigmatizado con la condición de “negacionista”, el término que se emplea en Alemania para condenar a los historiadores que niegan el Holocausto.

V. Estas maniobras destinadas a construir una hegemonía cultural tarde o temprano fracasan. Imposible anticiparse a los posibles desenlaces de estos debates, pero cuando una verdad considerada absoluta se resquebraja nada vuelve a ser igual. Por su parte, si la señora Villarruel o sus seguidores militares y civiles consideran que ganaron la batalla, también va a equivocarse. Que los desaparecidos no hayan sido treinta mil, sino ocho mil, no exime a los militares de haber sido responsables de una carnicería horrenda de la que Villarruel algo debería decir. Es verdad que el peronismo habilitó a las fuerzas armadas a aniquilar a la subversión, e incluso su entusiasmo en el logro de esos objetivos asombró a los propios militares, pero la autorización para “matarlos como ratas”, según el piadoso reclamo peronista, no incluía el golpe de estado del 24 de marzo. ¿Qué el gobierno de Isabel era insoportable? ¿Qué la sociedad reclamaba orden? Ninguna de estas consideraciones justifica el golpe de estado, salvo el hecho cierto y rigurosamente histórico de que los militares se consideraban, por lo menos desde 1930, los salvadores de la patria, la reserva moral de la nación y otras canonizaciones por el estilo, motivo por el cual estimaban que les asistía el derecho de decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Ese “don” mesiánico se extinguió con más pena que gloria en los páramos helados de una islas, en las elecciones de 1983 y en la decisión política de Alfonsín de fundar una república verdadera sin mesianismo militar y sin mesianismo populista o de izquierda.

VI. Han  pasado cuarenta y cuatro años de aquel fatídico 24 de marzo. Sus principales protagonistas han muerto y los problemas que hoy padece la Argentina no tienen nada que ver con los dilemas que entonces nos angustiaban. Una niña que en 1976 estaba en la escuela primaria, hoy es una señora en condiciones de jubilarse. Otro mundo, otro tiempo, otras incertidumbres. Sin embargo, culturalmente la fecha sigue despertando pasiones. Cientos de miles de jóvenes este domingo salieron a la calle. Hay que decir también que millones de jóvenes que no estaban en esas calles votaron por Milei. Qué los jóvenes ejerzan el derecho a equivocarse y aprendan que la búsqueda de la verdad no es una cuestión de más o menos años. Abundan las incertidumbres acerca del futuro, pero no creo que la clave resida en aquella fecha lejana. Visto desde la perspectiva de los años, hoy solo estamos en condiciones de postular que a veces la historia coloca a los hombres en situaciones trágicas en donde todos están equivocados, aunque algunos, por disponer de más poder, son más responsables que otros. Equivocado un gobierno debilitado por sus disensiones internas y la ineptitud de sus dirigentes; equivocada una guerrilla que se propuso tomar el poder sin ninguna posibilidad real de hacerlo y en nombre de una sociedad y cuyo delicioso modelo entonces podía ser Cuba, Nicaragua, Irán o Camboya; equivocados los militares con su mesianismo y su desprecio a las leyes y a la vida; equivocada una sociedad que en 1973 halagaba a la juventud maravillosa cuyo principal trofeo era el asesinato de Aramburo y pocos años después, esa misma sociedad se precipitaba en el empalagoso festín de la plata dulce; equivocada una burguesía prendida a las ubres del estado y prisionera de prejuicios miserables; equivocados o, mejor dicho, impotentes, quienes no compartían ni la cultura de la muerte ni el mesianismo militar, pero carecían de poder para imponer una salida pacífica, tal vez porque para arribar a ese tipo de solución, a ese deseable NUNCA MÁS, era necesario, fatalmente, atravesar la pesadilla de una dictadura con su cuota de sangre, dolor y muerte.

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