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15 09 2022

EE.UU. y América Latina: Un replanteo inteligente


Autor: Alejandro Garvie









Desde Canadá hasta la Argentina y Chile, la influencia de China ha tenido en los últimos 20 años un crecimiento exponencial, frente a la continuidad de la política exterior de Washington centrada en la seguridad y en el apego a un ideario que no ha predicado con el ejemplo. Algo está cambiando con la gestión de Joe Biden.

Tres pilares sostienen la creciente actividad china en la región. El comercio y las inversiones en sectores estratégicos son dos de ellos que vienen desarrollándose desde principios de siglo. El tercero - y más reciente – se erige sobre los acuerdos de investigación y desarrollo, principalmente en el área farmacéutica, que se expandieron durante la pandemia.

Después de un enorme crecimiento en las últimas décadas, la participación china en el comercio de América Latina y el Caribe seguirá aumentando y, de aquí a 2035, alcanzará entre el 15 por ciento y el 24 por ciento del total regional, según estima un informe de Atlantic Council, centro de estudios con sede en Washington.

En 2021 el valor total del comercio entre China y América Latina y el Caribe aumentó un 41,1 por ciento respecto a 2020, registrando un nuevo récord en las transacciones, por valor de 451.591 millones de dólares, según datos oficiales de China. La actual crisis global en la cadena de suministros no ha detenido este crecimiento exponencial entre el país asiático y América Latina, por lo que varios analistas señalan que, desde la región "ven a China como una fuente de oportunidades que otros países no ofrecen".

Juan Pablo Cardenal, experto en política y economía del país asiático, advirtió que en la región "las élites políticas y económicas pueden ver a China como la prueba de que el desarrollo y la prosperidad sin democracia es posible". Una inquietante realidad que se refleja en la reducción, año a año, del apoyo a la democracia, junto con el alza de la aprobación de soluciones autoritarias.

En Canadá – si AL es el patio trasero de los EE.UU., Canadá es el ático - después de un período tumultuoso, ligado al conflicto con Huawei y el 5G, las relaciones chino-canadienses se han asentado en una 'nueva normalidad' que implica la prohibición de Huawei y ZTE de la infraestructura de la red de telecomunicaciones 5G de Canadá, una nueva 'Estrategia del Indo-Pacífico', buques de guerra canadienses en el Estrecho de Taiwán y la ausencia de visitas ministeriales. No hay deseo de ninguna de las partes de restablecer la agenda en una dirección más positiva. Eso no quita que Canadá sea el hogar de la segunda comunidad china más grande de mundo, o que Vancouver sea la residencia de millonarios chinos que han cambiado hasta la fisonomía de su aeropuerto en el que la señalética – además del francés y el inglés – está expresada en mandarín.

La llegada al poder de Joe Biden y la invasión rusa de Ucrania han aumentado el entusiasmo de Canadá por reforzar su alianza con los EE.UU. y convertirse en un socio clave de occidente, donde China es un adversario en la sombra, aunque un fuerte inversor en casa.

Para Pepe Zhang, director asociado y analista senior en el Atlantic Council, actualmente "vivimos en un mundo ideológico. China está más dispuesta a cruzar la línea ideológica y cooperar con todos los países, de ahí que tenga más influencia, mientras que Estados Unidos está más limitado en este aspecto".

En estudio de la UNCTAD analiza diferentes escenarios y, en el primero y más conservador, se calcula que el comercio entre China y América Latina y el Caribe sobrepasará los US$700.000 millones para 2035, más del doble que las cifras de 2020.

Como grandes exportadores de materias primas que la industria china necesita cada vez en mayores cantidades, Brasil, Chile y Perú son los países latinoamericanos que más comercian con el gigante asiático, seguidos de cerca por la Argentina y recientemente por Uruguay que está negociando un acuerdo especial con China que no es visto con buenos ojos por la administración Biden.

Con este panorama, no es extraño que el Departamento de Estado esté diseñando una estrategia de recaptura de la confianza de estos países para los EE.UU., apoyando a la Argentina en sus negociaciones con el FMI, entablando diálogos constructivos con los presidentes de Chile y Colombia, o advirtiendo a Jair Bolsonaro acerca de sus actitudes “trumpezcas” en referencia a las próximas elecciones en las que, todo indica, perderá a manos de Inacio “Lula” da Silva.

Dentro de un panorama complejo de ideologización, en el que los propios EE.UU. están sumergidos, existe una luz de esperanza para la racionalidad que la administración Biden encarna: volver a desplegar el multilateralismo, aumentar la cooperación en aquellos países en donde la crisis económica amenaza la institucionalidad democrática y así reverdecer un ideario que con la administración de Donald Trump casi perece.

Una visión democrática de las nuevas relaciones no excluye las buenas relaciones con China, entendiendo que la cooperación multilateral es la mejor forma de disminuir las tensiones hegemónicas y llevar para los países periféricos todas las ventajas posibles.