viernes 23 de febrero de 2024
spot_img

Don Hipólito Yrigoyen

Hipólito Yrigoyen asumió la presidencia de la República como el primer presidente elegido en comicios limpios, y con él nació la democracia en Argentina.
No fue un nacimiento fácil, costó mucho al radicalismo construir esa victoria electoral en un país donde el fraude era una maquinaria aceitada. Allí los radicales convencimos que la única forma de resolver el problema del poder era con los votos, no fue fácil; tardamos veintiséis años. 
También costó construir una ideología
que expresara esa búsqueda de una sociedad democrática, con elecciones limpias, hacer que el radicalismo no fuera solo una contingencia para ir a elecciones. Construir ese mecanismo acordado de reglas de juego para dirimir la lucha por el poder es el corazón de esos años del radicalismo, esa armonía social que predicaba Yrigoyen, le dieron el armazón doctrinal para construir una ideología perdurable. 
Si hay un hilo ideológico conductor que une a Hipólito Yrigoyen con Raúl Alfonsín este fue el krausismo, a quien el primero estudiaba a través de sus discípulos.
Raúl Alfonsín decía en una ocasión al referirse a como lo influyó el krausismo:  “Hipólito Yrigoyen dio al movimiento radical un sentido de liberalismo solidario cuyas resultantes políticas cubren toda la historia de la Argentina moderna y se reflejan en la vida del continente, desde movimientos esencialmente liberales y modernizantes como la reforma universitaria del 18 hasta las expresiones más generosas de la solidaridad que se expresan hoy entre nosotros con el nombre de justicia social. 
“No es poca virtud que la claridad del pensamiento filosófico nos haya permitido a los radicales argentinos mantener nuestra originalidad política en un ámbito de enfrentamientos crueles entre posiciones políticas extremas.
“Nuestra independencia ideológica se ha preservado por la sola afirmación de nuestros principios sin que tuviéramos que buscar definiciones en contraposición con los demás. No hemos sido anti-nada. Somos una afirmación de ese liberalismo solidario de Yrigoyen que hace de los hombres políticos servidores de una ética y despeja el camino del progreso con el sencillo arbitrio de pensar siempre hacia adelante despreciando las oportunidades de victorias subalternas.
“Podría decirse, en ese sentido, que los radicales argentinos somos, en definitiva, viejos liberales y viejos socialistas. Y es en la armonía práctica de estos dos principios donde hemos encontrado la fertilidad y la permanencia de nuestro mensaje político”.
Yrigoyen construyó durante años un radicalismo que perdura en el tiempo, con una ideología propia, que pudo ser el motor -una y otra vez- del reclamo de una sociedad democrática y plural, que supo armonizar la sociedad, construir consensos sin dejar de lado un contenido social.
Raúl Alfonsín recorría el país durante la última dictadura con un librito “La Cuestión Argentina”, en él señalaba 1930 como una bisagra en la historia argentina. Sostenía que:
“La Argentina moderna tiene cien años, un siglo que se ha dividido por igual en la historia de su crecimiento y su decadencia. En 1880 pocos hubiesen podido adivinar que medio siglo más tarde, aquel país deshabitado, remoto y pobre, se convertiría en la primera Nación de América Latina, luminaria del continente por su cultura, encontraría su estabilidad democrática y se ubicaría entre las primeras cinco naciones del mundo por su ingreso por habitante.
“En cambio, en 1930, cincuenta años más tarde, muy pocos hubiesen podido imaginar que en 1980 Argentina llegaría a ser una nación de segundo orden en Latinoamérica, que varias decenas de países la precederían en el mundo, y que de aquel país rico y democrático, quedaría una sociedad arrasada por la intolerancia, la violencia y la decadencia económica”
Esa bisagra en la historia es el golpe que José Félix Uriburu, los conservadores, un sector de la izquierda y el capitán Juan Perón dieron para tumbar la democracia e imponer un Estado fascista. Había comenzado la decadencia argentina y la democracia había sido puesta en duda, mirábamos con admiración a Roma.
Hipólito Yrigoyen fue el caudillo popular de la edad de oro de la Argentina, donde se conjugó el progreso social con la democracia, donde nuestras universidades construyeron una reforma universitaria que hicieron de nuestras casas de estudio una luminaria, donde se construyó -para buena parte de la sociedad- un sistema jubilatorio con control obrero, vacaciones y beneficios sociales y donde se emprendió el camino de la legislación laboral, comenzando con el descanso dominical, la jornada laboral como la conocemos hoy y las horas extras pagas.
En septiembre de 1930 no se privaron de ninguna oportunidad de humillar a Hipólito Yrigoyen: su casa fue saqueada, él fue detenido y lo enviaron preso a una cabaña inmunda en la isla de Martín García por dieciocho meses, que quebraron su salud. Yrigoyen intentó que el radicalismo volviera al poder en las elecciones de 1932, pero su candidato -Marcelo T. de Alvear- fue proscripto. El radicalismo no participó de los comicios, los proclamó cerrados.
El radicalismo había salido primero en las elecciones bonaerenses de abril de 1931. Las elecciones fueron anuladas, pero Hipólito Yrigoyen había recuperado buena parte de su popularidad, y pasó sus últimos años intentando un radicalismo competitivo, desafiante. Su último mes lo pasó en cama, enfermo, pero con el calor del pueblo, que veía cómo su vida se iba apagando. Junto a su lecho de muerte estaban Marcelo T. de Alvear y Elpidio Gonzalez.
Como a todo buen radical no le tocó morir en el poder, ni siquiera fue reconocido como un funeral de Estado: “murió el ex-comisario de Balvanera” chicaneaba “La Prensa”, sería velado en su casa, Sarmiento 844,  durante tres días, que se transformó en la meca de una increíble manifestación popular.
Como Arturo IIlia, o Raúl Alfonsín, sus velorios fueron actos precisos de fervor popular, no actos oficiales que ensalzaban a los muertos.
El destino de Hipólito Yrigoyen era la tumba de los revolucionarios radicales de la Revolución del Parque, en el Cementerio de la Recoleta, desde donde partió el cortejo, pero, la gente no quiso llevarlo en coche fúnebre alguno, decían “a pulso, a pulso” y de esta forma partió el ataúd durante cuatro horas, hoy descansa acompañado de Leandro Alem, Elpidio Gonzalez y Arturo Illia en el mismo panteón, y en otro lugar Raúl Alfonsín. 
Los progresos en materia de democracia y libertad han sido siempre el rasgo distintivo de las luchas del radicalismo, la asunción de Hipólito Yrigoyen hace más de un siglo fue una vuelta de hoja en la historia del país. Es hora de celebrarlo, de recordarlo como el fruto de un gran esfuerzo colectivo que condujo el radicalismo en ese tiempo. Debemos recordar a nuestros muertos, que sirven de luz para terminar estos tiempos oscuros y construir una democracia con armonía, como la que soñaban Hipólito Yrigoyen y Raúl Alfonsín, solo así su deseo estará cumplido.
spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Alejandro Garvie

La contra cumbre de Davos

Maximiliano Gregorio-Cernadas

Abordajes de la política exterior argentina

Fabio Quetglas

Un federalismo responsable