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06 04 2020

Destino y libre albedrío


Autor: Eduardo A. Moro









“No te afanes alma mía, por una vida inmortal, pero agota

                                                                                                             el ámbito de lo posible”.  Píndaro


Isaiah Berlin (1909-1997) afirmó que John Stuart Mill (1806-1873) no creó, no inventó ni innovó en nada, pero fue el maestro de una generación. Que no fue original y sin embargo transformó la estructura del conocimiento humano de su época. Que tampoco fue un especialista ni integró la pedantocracia como alguna vez Bakunin (1814-1876) llamó al gobierno –despótico- de los profesores. (Prólogo a “Sobre la libertad” de J.S.M, Alianza Ed., 1993). Sin aspirar a tanto, es un consuelo para quienes nos consideramos generalistas rasos compartir a distancia nuestras angustias a través de las ideas, una forma de amor en la circunstancia: que los griegos llamaban philia: solidaridad, hermandad hacia el prójimo, la máxima expresión amorosa frente a la soledad y los otros.

Beatriz Sarlo escribió Siete ensayos sobre Walter Benjamin (Siglo XXI, 2011), pintando como nadie –a mi juicio- el genio y figura del monumental ensayista, dueño de citas y  asociaciones incomparables “(…) al cambiar de lugar la cita viaja de una escritura a otra … Es menos importante lo que Benjamín dijo que lo que Benjamin está diciendo hoy (...)”,  aludiendo a su inagotable riqueza como “cantera” de ideas para interpretaciones, la misma que sigue alimentando rupturas y perspectivas novedosas, más allá de su aparente desorden, de su incompletitud (sic) sistémica,  y del modo aciago  en  que vislumbró el devenir histórico como una serie de ciclos incesantes de desesperación.

La muerte de Benjamin tiene un fuerte significado simbólico sobre la presencia del destino en nuestras vidas. Intelectual, judío errante por el exilio nazi, huyendo de su persecución y munido de una visa americana para refugiados, a fines de septiembre de 1940 llega a Port-bou, último pueblito francés antes de cruzar a España.  En esa circunstancia y en lo que Sarlo llama “La torpeza del destino”, recuerda: “(…) ese día, las autoridades españolas cerraron la frontera y anunciaron que desconocerían las visas de entrada (…) Benjamin llega exhausto a Port-Bou, recibe la noticia y se mata. Al día siguiente, la frontera volvió a abrirse y permitió el paso de quienes lo acompañaban (…) unas horas antes o unas horas después las cosas habrían podido ser de otro modo (…) En las coincidencias fatales se encuentran rastros de un destino que Benjamin nunca evitó” (…)”.

Zigmunt Bauman, inicia su obra póstuma: Retrotopía (Paidós, 2017) recordando a Benjamin y su filosofía de la historia, acerca del mensaje representado por el Angelus Novus, al que Benjamin llamó “Angel de la Historia”. Dibujo a tinta china, tiza y acuarela, realizado por Paul Klee en 1920 y comprado al año siguiente por Benjamin, quien lo llevó consigo en su periplo  y se guardó oculto por  amigos en algún desván (Hoy está en el Museo de Jerusalén). Tiene enorme significación y para Bauman ilustra la “Era de la nostalgia”, aunque advierte que ahora el Angel dio un giro de ciento ochenta grados, su rostro ya no mira melancólico al pasado sino al  temido infierno del futuro mientras el tormentoso viento inverso, sopla ahora en dirección al paraíso del pasado (tal como éste es imaginado en retrospectiva después de haberse perdido).

La historia de la cultura  registra divergencias entre quienes han elaborado teorías en torno al “progreso”. Están quienes suponen que el futuro será oscuro y los que lo imaginan bienhechor, no como pronóstico sino cómo diagnóstico, producto del presente y de la condición humana. Suponer un sino inevitable externo al hombre, además de una actitud mística, implicaría la negación de la incidencia del “libre albedrío”, de la libertad de elegir y de actuar positivamente sobre la realidad. Desde otro ángulo hay preguntas tales como: tenemos o no diferencias ontológicas  con respecto a los demás seres vivos ?  Podemos afirmar con seguridad que las otras especies, a su modo, no eligen, no aman, no sufren, no  sueñan, no miran las estrellas ? 

Insistimos en  reconocer la libertad de elección del ser humano, pero en paralelo se objeta que en ejercicio de tales libertades nuestras decisiones históricas –y sus resultados- han sido equívocos, lo cual éticamente no invalida el valor de la libertad. En tiempos de lo cuántico y aceleradores de partículas, imaginemos el universo como un único elemento, una sola y mínima partícula, de comportamiento azaroso. Sería ocioso preguntarnos si tal elemento es libre o no -un interrogante sin sentido- pues no habría nada que pudiera condicionar o limitar su libertad, y mucho menos asegurar el acierto de la dirección de sus movimientos ni  su final.

Tal parece que fuera el contexto para afrontar nuestros miedos. Y ante ello, una vez más debiéramos  acudir a una elección de fe, religiosa o laica. Por qué no entonces auxiliarnos con el  humanismo de Camus: “(…) el hombre común se enfrenta a su destino, pero a un destino desposeído en el que se sufre enfrentando no sólo la muerte o los fenómenos naturales, sino además la pobreza, la soledad, el dolor, la angustia, el odio, la violencia, la injusticia social, la frustración y, en general, todo aquello que en la vida no tiene sentido…)".

A  la suma de estas desdichas Camus llamó absurdo y es al absurdo al que deberíamos buscarle sentido, al menos para impulsar el deseo de seguir viviendo a pesar de él. Por el solo hecho de existir: El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre (“El mito de Sísifo”). Esto viene a cuento porque Albert Camus  también escribió  “La peste” y “El hombre rebelde”,  para confrontarlo con el destino, Dios o el amo. Paradojalmente se estrelló en un accidente automovilístico un 4 de enero de 1960.

Con el tema del destino se pueden hacer y pensar muchas cosas, menos reírse de él. El Angelus Novus, que según la tradición hebrea es una criatura celestial creada para servir y renovar un cántico eterno ante Dios, tuvo alas suficientes para cubrir de gloria a Benjamín y a Camus, pese a sus trágicos destinos finales en la tierra. Según Borges: “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”. Sin pretensiones desmesuradas, todos sabemos que más allá del debate sobre la eficacia última del destino y de la libertad de elección, nuestro deber está hoy en ayudar y ayudarnos fraternalmente los unos a los otros ante la pandemia, tan presente y tan difícil de comprender, en sus efectos universales y  en su sentido profundo.