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10 02 2020

Desarrollo y justicia no son moda


Autor: Rodolfo Terragno









En el siglo 20 las ideas fijas eran el desarrollo económico y la justicia social. Hoy las ideas fijas son el cambio climático y la preservación de los ecosistemas. Hasta donde se pueda, es necesario hacerlas compatibles. Pero eso demanda racionalidad: algo de lo cual carecen quienes convierten la ideología o la ecología en una religión.

Organismos internacionales, gobiernos, políticos, organizaciones civiles e intelectuales están discutiendo ahora cómo frenar el calentamiento global. Desde la Revolución Industrial la temperatura media de la Tierra aumentó 1 grado y se estima que, si pasara de 2, se produciría una catástrofe mundial. En París (2015) 195 países se comprometieron a hacer grandes esfuerzos por evitar que se llegue a ese límite, y fijaron como ideal un aumento de 1.5.

El esfuerzo es loable y necesario, pero tiene sus límites: el calentamiento global no obedece 100% a las acciones humanas, y la temperatura del mundo no se puede regular como la del aparato de aire acondicionado. Sin embargo, no alcanzar el objetivo es, para muchos, “destruir el planeta”. La dogmática adolescente Greta Thunberg dice: “Quiero que [por el cambio climático] entren en pánico. Que sientan el miedo que yo siento cada día”.

Los ecologistas racionales hacen bien a la Humanidad, provocando que se supriman materias o prácticas que importen un peligro real. Por ejemplo, postulan –y han hecho poner en marcha- el reemplazo de la energía producida por carbón o petróleo, para desarrollar, en cambio, las energías solar, eólica, marítima, geotérmica y hasta la de biomasa, que utiliza residuos orgánicos.

Sin embargo, entre los ecologistas dogmáticos hay quienes cuestionan hasta las energías limpias, como la hidráulica. Dicen que, si bien no contamina, los embalses obstruyen la migración de los peces, cambian la temperatura del agua y borran del mapa el hábitat natural de la flora y la fauna nativas de la región.

La preservación de los ecosistemas pasa a ser una finalidad absoluta. Los ecologistas dogmáticos no quieren que desaparezcan ni tigres ni todos los insectos. Es presumible que, si se pudiera, querrán evitar la extinción de las 391.000 especies vegetales y las 8.700.000 especies animales que hay en el mundo. Eso sí: sin fertilizante ni plaguicidas en el caso de los vegetales; y sin vacunas o antibióticos, en el caso de los animales.

Entre los 7.800.000.000 millones de humanos en el mundo, 842.000.000 se encuentran en estado de inanición. L a sobrevivencia de quienes sufran de malnutrición extrema sólo podría asegurarse, a largo plazo, con un proceso de desarrollo -que debería comenzar ya mismo- y mediante una justa distribución de la riqueza.

Las estrategias de desarrollo son diversas y hasta opuestas, pero tienen todas el mismo objetivo: crecimiento y equidad.

El comunismo (hoy casi extinguido) sostenía que la propiedad privada de los “medios de producción” hacía que los propietarios vivieran de explotar al “proletariado”. Creían que la propiedad estatal de esos medios permitiría –a través de una concentración de recursos y un sistema de prioridades-- que aumentaran la producción y la igualdad.

El capitalismo (que está vigente) afirma que la propiedad privada tiene una inigualable capacidad de movilizar recursos y producir con eficiencia. Propone que, para lograr equidad, se deje a las clases altas “derramar” una cantidad de riquezas a las clases bajas, haciendo que aumente su calidad de vida.

El populismo (muy extendido) distribuye recursos sin esperar al crecimiento de la producción. Espera que tal distribución potencie la demanda interna y ésa sea la palanca del desarrollo. La socialdemocracia (hoy menos difundida) no busca suprimir la propiedad privada sino hacer que se tome una parte de las ganancia empresarias para crear un ”Estado de bienestar” provea educación y salud gratuitas. Ninguna estrategia es ideal pero, unas más, otras menos, permiten avanzan en la dirección correcta. La adopción de una u otra depende de las características de cada sociedad.

Ahora bien, el desarrollo requiere, en cierta medida, afectar los ecosistemas. No se puede aumentar el bienestar social sin la explotación de los recursos naturales, fábricas que los procesen, crecientes infraestructuras y transporte eficaz. Las actividades que tengan efectos nocivos pueden acotarse, menguarse y, en algunos caos, prohibirse.

El ecologismo dogmático pretende coartar todas esas actividades. Se opone a la minería por su “profundo impacto sobre los ecosistemas y el paisaje“. Dice “los riesgos no se limitan a las minas y sus alrededores sino que llegan más lejos, suprimiendo vegetación, provocando variaciones genéticas e infectando las aguas”. También cuestiona a la petroquímica, porque “causa enfermedades agudas, como úlceras, cáncer y afecciones de hígado y pulmones”.

Hasta a las rutas ve con malos ojos. En un documento titulado “Efectos Ecológicos de los Caminos”, el sueco Andreas Seiler mantiene que las rutas, las vías férreas y las autopistas “alteran los procesos ecológicos, incrementan la mortalidad de los animales y derivan en la degradación, pérdida y aislamiento de los hábitat de vida silvestre”. Seiler propone no construir nuevas vías de comunicación mientras no se designen áreas de vida silvestre, y se establezca la traza de esas vías.

Desarrollo económico y ecología racional admiten la conciliación, pero eso requiere que se supriman la irresponsabilidad y los dogmas. Un desarrollo inconsciente provocaría graves distorsiones. Un ecologismo dogmático nos haría volver a la economía pastoril.

Publicado en Clarin el 9 de febrero de 2020.

LInk https://www.clarin.com/opinion/desarrollo-justicia-moda_0_kotyTbZ7.html