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24 02 2021

De reyes y nazis


Autor: Alejandro Garvie









El rapero Pablo Rivadulla Duró (Hasél) ha desatado un estallido antes de su encarcelamiento por proferir “calumnias e injurias contra la Corona” y “calumnias e injurias contra las instituciones del Estado.” Luego de cinco días de disturbios en Lérida, fue detenido. ¿Y la libertad de expresión?

Hasél es el hijo rebelde de un empresario de la ciudad de Lérida, donde nació en 1988. Tiene un largo historial de disputas judiciales que ha terminado esta semana con su encarcelamiento definitivo, por nueve meses. Salvo haber echado un producto de limpieza a un periodista, no hay acusaciones de violencia en su contra.

Si uno lee los 64 tuits que el fiscal presentó a la Corte que condenó al rapero a dos años y medio de prisión, podría concluir que muchos políticos y periodistas del mundo deberían estar tras las rejas por las mismas razones. Si escuchamos sus canciones, tampoco hay llamamientos a linchar al enfermo rey abdicado Juan Carlos de Borbón. Entonces: ¿Cuál es el delito del joven? Insultar al poder, escupir el inmaculado manto que cubre en España al franquismo y a sus guardianes y beneficiarios en la justicia, el clero y las fuerzas de seguridad, mandatarios de los poderosos que alguna vez se animaron a fundar el Partido Popular.

Sin embrago, la derecha ramplona encarnada en Vox ha sido el más fuerte aliciente para que las fuerzas más oscuras de ese país hayan montado una escena digna de la Santa Inquisición para encarcelar a alguien que simplemente les molesta y que representa el reclamo de las cuentas pendientes que la Vieja España tiene pendiente.

En la vereda de enfrente de Hasél, una banda fascista realizó un acto abiertamente nazi en el cementerio Nuestra Señora de la Almudena de Madrid, la semana pasada, para recordar a los “héroes” de la División Azul, una fuerza militar franquista de unos 50.000 efectivos que luchó junto a las tropas de Adolf Hitler, en el frente oriental contra el ejército de la URSS. El acto fue denunciado por la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE) y un fiscal se abocará, lánguidamente, a ello, pero en general ha pasado desapercibido y no ha habido una fuerte condena mediática para enjuiciar semejante reivindicación antisemita de la España Oscura.

Asociaciones vecinales civiles de Madrid habían exigido que no se permitiera el acto que "desde 2007 organizan grupos neonazis de Madrid en homenaje a la División Azul y a los caídos por Europa", pero la Delegación del Gobierno la autorizó porque, según los organizadores, no iban a superar los 200 asistentes. ¿El acto puede ser defendido como libertad de expresión? ¿Es lo mismo proferir agravios antisemitas que insultar al rey? Para algunos sí, pero para los que creemos que al poder real le molesta Hasél y no los neonazis, la diferencia es tajante. Hasél no representa al poder, es la crítica al mismo, a la desfachatez con el que se pavonean los Borbones como representantes de una institución caduca y honerosa.

El accionar del fascismo y el nazismo ha sido universalmente condenado, sus crímenes de lesa humanidad expuestos y juzgados, en tanto que la monarquía es una rémora histórica cuya existencia no se sostiene en el siglo XXI.

¿Tan importante es la monarquía en España y en algunos países de Europa que aún la sostiene? A juzgar por las revistas y diarios que siguen con interés cinematográfico su vida llena de glamour y tragedia, pareciera que no tienen otra utilidad. Aunque en el colectivo social deben ser la cristalización del poder, un objetivo aspiracional – como le gusta decir a la derecha – de los que poco tienen, pero fueron criados con cuentos de hadas, príncipes y princesas. Pero en el fondo son la prueba de que el poder se maneja en las relaciones personales de alto nivel que estas familias europeas se han encargado de tejer durante cientos de años. Eso explica su subsistencia en países que son consideradas democracias plenas.