miércoles 28 de febrero de 2024
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¿De qué cambio se trataba?

Para muchos de nosotros, la disyuntiva electoral es falsa. Su apariencia no alcanza a enmascarar la realidad de fondo. A quienes así lo creemos, la oportunidad de votar el próximo 19 de noviembre no nos propone elegir entre república y autoritarismo sino entre dos configuraciones de un mismo pensamiento autoritario. Uno de ellos –es sabido– viene ejerciendo desde hace mucho su magisterio en materia de corrupción. El otro, con pocos años en la escena pública, promete liquidar el pasado y ofrendar a la nación un porvenir venturoso, barriendo de raíz el mal que nos convierte en un pueblo desventurado. En ambos, a mi entender, la República vuelve a estar perdida.

La vieja autocracia, hoy representada por Sergio Massa más allá de sus esfuerzos por disimularlo, ha probado una y mil veces su desapego a la Ley, su falta de escrúpulos para manipular los mandamientos constitucionales, su apatía agobiante ante la inseguridad cuando no su tergiversación, su siembra y su instrumentación de la pobreza. ¿A qué aspira ahora? A más de lo mismo para sus nuevos beneficiarios y sus dilectos de siempre; a ejercer, si es posible con mayor idoneidad aun que en las últimas dos décadas, la conversión del Estado en herramienta de un poder absoluto.

La autocracia juvenil, en cambio, promete no solo darle el tiro de gracia al desecho social y político en que se ha convertido esta democracia extenuada. También se compromete, con no menos fervor, a sepultar para siempre los principios fundacionales de esa república recuperada a medias, 40 años atrás, por Raúl Alfonsín. Su proyecto es terminal, por no decir apocalíptico: quemarlo todo para que de la ceniza brote la vida nueva, la vida liberada de impurezas, la palabra verdadera y la acción redentora. Trump y Bolsonaro aplauden enfervorizados. Y se le suman las manos de Vox.

La vieja autocracia, cínica y astuta, aspira a remozar su apariencia para seguir siendo lo que siempre ha sido. Massa expresa un ideario idéntico al de Lampedusa. La nueva autocracia, por su parte, no quiere sino infundirle aliento a la Idea platónica del Bien y lograr lo que el filósofo no pudo: un gobierno de sabios custodiado por una guardia pretoriana.

En este marco, que sería patético si no fuera trágico, no hay cauce posible para la alternativa republicana. Subordinarla al autoritarismo novel para huir del tradicional creyendo que, a la larga, se lo podrá domesticar, es una ilusión que no comparto, vale decir una posibilidad en la que no creo. No veo cómo lo que me importa, lo que defendí y defiendo, pueda fortalecerse recurriendo a quienes hasta ayer no hicieron otra cosa que denigrarlo, acusando a sus voceros de criminales e irresponsables. Nuevo o viejo, el autoritarismo es siempre el mismo: reduccionista en todo, expresión de una intolerancia visceral hacia el pluralismo, hacia el disenso, hacia la palabra como expresión de ideas y no de ideología, hacia la verdad como tarea incesante y no como dogma inamovible. ¿O es que el concepto de cambio, tal como Juntos lo pregonó, es sinónimo del que enarbola a gritos La Libertad Avanza? ¿Desde cuándo? ¿Desde el 22 de octubre? ¡Milagros semánticos que promueve la urgencia electoral!

Quienes subestiman el voto en blanco, calificándolo como estéril o neutral, no solo desconocen su sentido sino que ignoran, además, lo discutible que resulta, en las circunstancias actuales, la suficiencia lógica que atribuyen a su propio voto.

A buena parte de quienes el pasado 22 de octubre optamos por el PRO, la derrota que nos excluyó del balotaje, lejos de inducirnos a plegarnos a Javier Milei, nos persuadió de que ese apoyo equivalía, desde el punto de vista ético y conceptual, a reducir aun más nuestra representación social y a disolver sin remedio, en las consignas vociferadas por Milei, los valores que inspiraron nuestro apoyo a Patricia Bullrich. Ese acoplamiento compulsivo, decidido de la noche a la mañana por quienes resolvieron a solas qué debíamos hacer, no fue posible sin afectar en sus centros vitales la significación política del republicanismo. Por eso, la democracia no estará en riesgo si se votara en blanco. Todo lo contrario: se votará en blanco para advertir sobre el riesgo en el que estará la democracia, ya malherida, al quedar en manos de cualquiera de los dos candidatos que alcance la presidencia de la nación.

Muy poco de bueno se dice sobre Milei cuando se afirma que optar por su adversario sería mucho peor. ¿Quién dicta esa conclusión? ¿La integridad, la convicción o el miedo a abrir los ojos ante lo que sucede en el país?

Publicado en La Nación el 11 de noviembre de 2023.

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