sábado 15 de junio de 2024
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De González Catán a Davos: claves para entender nuestra nación fallida

Las salas repletas de embajadores son similares. Casi aburridas. Hay cierto tedio interrumpido por las bandejas de canapés y copas de champagne. Sin embargo, en plena noche europea, este diplomático argentino de carrera está inquieto. Abrazó su profesión con orgullo de representar a su país y a una filiación que considera ilustre.

Pero una vez más, en plena invasión a Ucrania, debe seguir las órdenes de la Cancillería, bajo la presidencia de Alberto Fernández. Así son las reglas del juego.

De alguna manera, la diplomacia es como la obstetricia: largas horas de aburrimiento y minutos de terror.

El ingreso del embajador ruso al salón principal interrumpe su soliloquio. También la coreografía orquestada de todos sus pares de Occidente que se retiran presurosos siguiendo las directivas de sus gobiernos.

Todos excepto él, quien se acerca al embajador y le estrecha la mano con firmeza bajo la mirada atónita de sus colegas.

Esta pequeña escena sirve para analizar los grandes giros de la política exterior argentina, a la vez que expone con claridad los desvaríos de un país desorientado, de una Nación fallida.

No es la única posible. En las últimas cuatro décadas, solo por hacer un corte temporal, podemos recordar al general Leopoldo Galtieri, quien pensó que la participación de Argentina en América Central sería recompensada por Estados Unidos con su neutralidad en la invasión a Malvinas.

Años antes, la dictadura se había asomado peligrosamente a otra posible guerra, esta vez contra Chile, por cuestiones limítrofes.

Sin embargo, tiempo después, Raúl Alfonsín se ocupó de desmantelar el episodio promoviendo un acuerdo diplomático por el Canal de Beagle.

Asimismo, y dentro de la pertenencia a los países no alineados, sentó las bases del Mercosur como así también definió el uso pacífico de la energía atómica que catapultó la alianza con Brasil.

A inicios de los `90, en un mundo ya signado por la caída del muro de Berlín, Carlos Menem, a partir de una combinación de pragmatismo y oportunismo, se alejó del Tercer Mundo y ubicó a la Argentina como aliada extra-OTAN.

Las “relaciones carnales” con Estados Unidos trajeron beneficios, aunque no estuvieron exentos de costos como los dos ataques terroristas y la oscura voladura de Río Tercero.

Ya en tiempo kirchneristas, Néstor Kirchner se prestó a ser el mascarón de proa de Lula Da Silva y del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil (conocido como Itamaraty) para humillar al presidente George Bush (hijo) en Mar del Plata sentando las bases de una posición secundaria, al amparo de Brasil.

Esta hegemonía brasileña, que ubicaba a la Argentina entre los BRICS, con una alianza que incluía a Irán y Venezuela, se preservaba de una alineación con Estados Unidos.

El giro de Mauricio Macri cobijó al G-20 en Buenos Aires, con una simpatía con los intereses de Europa y Estados Unidos y la promesa de ingreso a la OCDE, a la espera de los brotes verdes que nunca llegaron pero que, gracias a la intervención del tesoro americano trumpista en el FMI, le permitió terminar su mandato.

En épocas recientes, Alberto Fernández, días antes de la invasión a Ucrania, le proponía al presidente ruso Vladimir Putin la colaboración de Argentina como puerta de entrada a América Latina.

Así llegamos a la actualidad. La escala de este turbulento viaje marca la ciudad de Davos, donde el presidente Javier Milei sorprendió esta semana al mundo entero desde la vidriera de los poderosos planetarios.

El mensaje fue claro: Argentina sería de ahora en más la avanzada de una cruzada anticomunista a nivel global.

No solo eso, sino que le enseñaría al mundo que existe un funcionamiento perfecto de los mercados liberados del yugo de Estado y burócratas.

En esta política de inconsciente a cielo abierto es posible que Milei exprese lo que alguno de los participantes de Davos piense, pero jamás diría.

Es incierto -incluso, irrelevante- saber si su actuación estuvo destinada a exportar su ideario al planeta o les hablaba a los legisladores y el frente interno.

Este último capítulo muestra cómo las aspiraciones de la política exterior, en especial, de 2003 a la fecha, evidencian una grandilocuencia que dista mucho de la capacidad y potencia que ejerce nuestro país en términos militares, económicos y culturales a escala global.

En ese sentido, resulta muy desalentador pasar de la arquitectura egipcia a un faraón que salta hacia la premodernidad.

Esta exageración tan evidente en la visión kirchnerista y en la mileista es algo llamativo más allá de sus enunciadas diferencias.

Sobre todo, porque una pregunta debería guiar toda la política exterior: ¿cuáles son los intereses permanentes de la Argentina a defender y promover?

En esa dirección, si uno analiza la función de Itamaraty, más allá del ex presidente Jair Bolsonaro, observa coherencia; lo mismo ocurre en Estados Unidos, en México, en España.

En cambio, la incoherencia argentina en la materia habla de una suerte de disgregación, de una falla estructural.

Ya muy lejos de Davos, concretamente en González Catán, pleno corazón de La Matanza, la semana pasada se pudo observar otro síntoma de esa disgregación.

Un país que pensó en sus conquistas territoriales y alcanzó a poblar su extenso territorio, termina realizando una reforma agraria a base de usurpación de tierras y vandalización del Estado y la ley. Una situación común en todo Latinoamérica pero que alguna vez Argentina pensó en superar.

Una situación premoderna, sin mediación ni del Estado ni de la ley (o, mejor dicho, una ley de la sangre y familia donde intervienen políticos, punteros, narcotraficantes).

De este modo, el kirchnerismo es la antesala de esta situación libertaria en la que el Estado moderno desapareció de la mediación en la situación territorial como en otras tantas cuestiones.

Sin dudas, hay una hermandad entre el kirchnerismo y Milei acerca de relatos y banderas grandilocuentes, pero donde están ausentes conceptos tan básicos como moneda, ahorro, créditos, planes de vivienda, ni más ni menos los mecanismos que utilizan los países desarrollados, más allá de si discuten o no la existencia de mercado y Estado.

Por eso, hay que gritarlo a los cuatro vientos: no existe sociedad moderna sin un Estado regulador que exponga lo prohibido y lo permitido. Sobre todo, porque las amenazas seguirán existiendo en forma de narcotráfico o de situación de anarquía económica y social, amenazas que, en definitiva, pueden derivar en luchas fraternas, para la cual, contrato social mediante, se erigió al Estado como último mediador.

Hoy el mundo está mutando velozmente. Los particularismos han permitido avances en derechos sectoriales y dificultades para congregar derechos universales.

Los desafíos del poder tecnológico son inmensos e insospechados. Los caminos son inciertos sobre si, en términos políticos y sociales, traerán progreso o involución.

En ese contexto, el último planteo del presidente Milei en Davos es, además de temerario, muy regresivo.

Sería mejor que se intentara -él y la elite dirigencial- dar un salto al futuro y no volver a un pasado caótico. Particularmente porque si también fracasara este proyecto libertario económico, la Argentina estará a las puertas de otro naufragio.

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