martes 21 de mayo de 2024
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COVID 19: ¿Eliminación o mitigación?

Las cuarentenas, junto con la higiene de manos, la vacunación, el uso de barbijos y el distanciamiento social han sido parte de las herramientas contra la pandemia en todo el mundo. La disyuntiva entre economía o vida separa a las decisiones de mitigación o de eliminación.

El profesor Emil Verner de la MIT, junto con el Dr. Stephan Luck y el Dr. Sergio Correia de la Reserva Federal, estudiaron la respuesta política y las secuelas de la pandemia de la gripe “española” en los principales estados y ciudades de EE.UU. La pandemia duró desde enero de 1918 hasta diciembre de 1920 e infectó a alrededor de un tercio de la población mundial. Mató a 50 millones de personas en todo el mundo, incluidas alrededor de 600.000 en los EE.UU. A medida que la enfermedad se propagaba, la economía de EE.UU. experimentó una profunda recesión y una grave deflación hasta julio de 1921.

Los investigadores encontraron que, si bien la pandemia redujo la producción manufacturera en un 18 por ciento, las regiones que intervinieron antes y de manera más agresiva con cuarentenas y  no solo terminaron con menos muertes, sino que su economía se recuperó más rápido después de la pandemia.

Varios problemas podrían obstaculizar sus argumentos – dicen los investigadores – como el impacto económico simultáneo del final de la Primera Guerra Mundial y la falta de datos sistematizados. También advirtieron que la evidencia no se puede traducir directamente a las decisiones de hoy. La gripe de 1918 fue más mortal, especialmente entre los jóvenes. En comparación con la economía industrial de EE.UU. de la época, la economía actual está más globalizada y se basa en los servicios, y la tecnología de la comunicación permite a las personas trabajar desde casa.

Aun así, con el apoyo de pruebas epidemiológicas y controles de solidez, los investigadores concluyen que, aunque las pandemias son “muy perjudiciales para la actividad económica”, la respuesta rápida de las intervenciones no farmacéuticas (NPI por sus siglas en inglés) “puede reducir la mortalidad y, al mismo tiempo, ser económicamente beneficiosa”.

Con ese antecedente, países como China, Australia y Nueva Zelanda optaron por una estrategia de NPI o de eliminación del virus, imponiendo estrictas cuarentenas y férreos controles fronterizos. “Las muertes por Covid-19 por millón de habitantes en los países de la OCDE que optaron por la eliminación… han sido aproximadamente 25 veces más bajas que en otros países de la OCDE que favorecieron la mitigación”, mientras que “el crecimiento del PIB volvió a niveles prepandémicos a principios de 2021 en los cinco países que optaron por la eliminación”, argumenta un artículo reciente en The Lancet. El argumento es que la mitigación prolonga la escala de contagios en tanto que la eliminación permite que la economía se reinicie antes logrando que las personas retornen a la actividad sin riesgos.

“El costo de una vida humana no tiene precio”, dijeron tanto Andrew Cuomo, gobernador del estado de Nueva York, como Alberto Fernández, presidente de la Argentina, allá por marzo de 2020. Probablemente Xi Jimping – en un contexto político de fuerte autoritarismo – no haya tenido que dar ninguna explicación de ese tenor, simplemente optó por la eliminación porque podía hacerlo y sabía que cuanto antes terminara esa pesadilla, la economía china comenzaría restablecer sus altos índices de crecimiento, como ya se verifica.

Al principio de la pandemia los políticos tomaron medidas sin precedentes por su magnitud, temerosos de que una oleada de muertes acabara con sus pueblos – y con sus gobiernos – dividiéndose las aguas entre los defensores de “la vida” y los de los derechos individuales, que fueron partidarios de “convivir con el virus”. En ese momento, tanto en Italia como en España y China, los confinamientos estuvieron a la orden del día y se mostraron efectivos a la hora de eliminar la propagación del virus. China frenó en seco la propagación, mientras que Italia y España no pudieron mantener los confinamientos por las “quejas” y el hartazgo de los ciudadanos con las cuarentenas que siempre fueron difíciles sostener.

Quienes apoyan los encierros dicen que han tenido pocos efectos económicos malignos, porque la gente ya tenía tanto miedo que evitaba salir. Por lo tanto, atribuyen a la política haber salvado vidas, pero no la culpan por arruinar la economía. Aquellos que odian los encierros dicen lo contrario: que destruyeron los medios de vida, pero hicieron poco para evitar la propagación del virus.

Hoy, con una vacunación lenta pero firme y con la perspectiva de que en el último tercio del año la producción de vacunas sea extraordinaria, las cuarentenas siguen vigentes en el mundo como parte de las baterías de NPI. A finales de junio, Sydney se bloqueó durante dos semanas; Indonesia, Sudáfrica y partes de Rusia han hecho lo mismo. Londres aún no libera restricciones e Israel, con el 61 por ciento de su población vacunada con primera dosis y el 54,7 por ciento con ambas, impuso restricciones para evitar la variante Delta del virus, generada en la India. Suecia, que se había resistido durante mucho tiempo a imponer cuarentenas, finalmente lo hizo cuando aumentaron los casos.

Es seguro que, a futuro, se verán consecuencias no deseadas de las cuarentenas en la salud mental, educación, etc., tal como ocurre con las secuelas de una guerra que acelera el cambio tecnológico y social, pero deja una estela de enormes problemas. Eso no invalida que las NPI hayan sido la mejor opción.

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