martes 5 de marzo de 2024
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Carla Lois: “El cierre de fronteras es un gesto de desconcierto”

Carla Lois es Licenciada en Geografía y Doctora en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Investigadora Independiente del  CONICET. Se desempeña como Profesora en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de La Plata en las áreas de historia del pensamiento geográfico y cartografía. Actualmente dicta también cursos sobre Mapas y Arte Contempóraneo. En sus trabajos de investigación se dedica al campo de historia de la geografía y de la cartografía, historia territorial, cultura visual y el vínculo entre las imágenes y el pensamiento científico, y las imágenes cartográficas. Desde una visión de la geografía, hablamos de las pandemias, las fronteras y el aporte de los mapas en el trabajo de los epidemiólogos.

La situación de pandemia mundial nos hace poner los ojos en cómo se pueden mirar las enfermedades no solo desde el punto de vista de la medicina. ¿Q mirada se puede hacer desde la geografía?

La pandemia es un fenómeno que, por su propia naturaleza, puede y debe ser analizado desde tantos puntos de vista como sea posible. Sabemos que no es la única, ni la primera (ni tampoco será la última) pandemia que azota a la humanidad. Pero esta vez la abundancia de datos en tiempo real impacta sobre el modo en que transitamos esta experiencia. Sin embargo, “datos” no es lo mismo que “información”: cifras y estadísticas basadas en procedimientos metodológicos no explicitados, especulaciones, predicciones futurológicas sobre algo llamado “pospandemia” y opiniones que los medios de comunicación reproducen a la ligera sólo agregan confusión en un escenario que ya, de por sí, es muy confuso. No quiero generalizar ni hablar en nombre del colectivo “los geógrafos”, pero sin duda las pandemias tienen una dimensión espacial que los geógrafos están capacitados para analizar y que resulta fundamental para comprender el comportamiento tanto de la pandemia en sí misma como del impacto sanitario, cultural, económico y político. Una parte de la comunidad geográfica está muy familiarizada con metodologías aplicadas al estudio de los flujos de elementos diversos que se mueven dentro de redes, entre nodos de diferentes jerarquías. Estos métodos de análisis son muy pertinentes para echar luz sobre algunos aspectos de esta pandemia porque puedne servir para diseñar esas redes, caracterizar la importancia relativa de esos nodos, definir zonas de mayor o menor vulnerabilidad, así como para analizar los vectores del flujo y del movimiento del virus (dirección, intensidad, medio o agente de transmisión, propagación, etc.).

Hace poco publicaste en Revista Ñ un artículo sobre los Mapas de las epidemias y el saber estadístico. ¿Desde cuándo se mapean las pandemias? ¿Cuál es la utilidad que puede darse a esta información?

El mapeo de enfermedades y epidemias tiene una larga tradición. Ha sido ampliamente utilizado en el estudio de las formas de contagio de diversas patologías. La peste negra y otras pandemias de aquellas épocas requirieron más tiempo para poder ser mapeadas y muchos de esos mapas temáticos se han realizado “en diferido” respecto del momento de ocurrencia del fenómeno: las limitaciones relacionadas con la recopilación y el cotejo de datos homologables hacía que fuera prácticamente imposible hacer otro tipo de cartografía. Aun así, esas imágenes cartográficas fueron herramientas fundamentales para buscar explicaciones sobre eventos pasados.

Durante el siglo XIX, en directa relación con la sistematización de registros estadísticos y demográficos desarrollados en las burocracias estatales y en las oficinas públicas, algunos relevamientos de datos pudieron ser realizados al mismo tiempo que el fenómeno en sí seguía su curso. Con esos insumos, los médicos pudieron poner a prueba sus hipótesis geolocalizando esos datos para visualizar patrones espaciales entre, por ejemplo, los casos y las potenciales fuentes de contagio. Una vez que se identificaba un patrón de comportamiento de un virus, era posible hacer testeos y experimentos empíricos para verificar o refutar tales hipótesis. El caso más conocido es el trabajo que realizó el Dr. Snow en Londres cuando la epidemia del cólera avanzaba sin que los médicos pudieran controlarla porque no sabían cómo se contagiaba: al mapear los casos de morbilibad por cólera y las fuentes de agua, pudo establecer una correlación entre ambas variables. Eso lo llevó a desestimar que la vía de transmisión y contagio era aérea y, en cambio, se debía a la ingesta de agua no potable.

¿De que trata el proyecto “Covid-19 Update: Chronology of a Pandemic” que mencionas en el artículo?

El proyecto tiene una génesis interesante. La parte visible del proyecto es un mapa dinámico que se actualiza en tiempo real. En cada jurisdicción hay un círculo rojo cuyo diámetro representa los casos de COVID 19 reportados. A simple vista, el mapa ofrece una imagen de alto impacto que muestra las áreas más afectadas. Podría ser un insumo fundamental para el análisis de la evolución de un fenómeno tal como una pandemia. En una sociedad que se aprecia positivamente cuestiones tales como la “actualización”, la tecnología aplicada a la actualización y el vértigo del instante, este mapa tiene muchas chances de ser socialmente aceptado sin demasiados cuestionamientos. Sin embargo, el modo en que este mapa se pone en circulación es puramente efectista. Podría decirse que se le da al público lo que quiere comer: mucha información al instante, sobreabundancia de datos y escasez de análisis. Se apunta al impacto mediático. En muchos casos, este tipo de mapas se elabora usando datos absolutos, por ejemplo, de cantidad de contagios, de recuperación y de muertes, sin considerar los datos en términos relativos (por ejemplo, sobre la cantidad de población de esa comunidad). Más relevante que reportar cuántos casos de COVID19 se certificaron, sería más útil conocer qué porcentaje de la población fue afectado. Este tipo de tratamiento de la información facilitaría el análisis comparativo y un diagnóstico global algo más preciso (incluso teniendo en cuenta el evidente subconteo de datos). Eso sería mucho más eficiente para diseñar políticas sanitarias, sociales y humanitarias comunes en un nivel global. Deberíamos haber aprendido ya que el virus no precisa pasaporte para moverse alrededor del mundo.

Como geógrafa, ¿imaginaste alguna vez un mundo con todas las fronteras cerradas?

No existe tal cosa como un mundo con todas las fronteras cerradas. Hoy en día, las políticas de fronteras se definen sobre coyunturas. Y, más todavía: sobre coyunturas que cambian y se modifican de manera acelerada.

La consultora Henley & Partners elabora todos los años un ranking de los “pasaportes más poderosos del mundo”, es decir, aquellos que requieren solicitar menos permisos y tienen acceso a más fronteras abiertas sin necesidad de visas especiales. Estas políticas de movilidad internacional suelen ser el resultado de discusiones que se dan en múltiples niveles y que suelen insumir un tiempo de evaluación de diversas variables. En la actualidad, el cierre de fronteras es ante todo un gesto de desconcierto (más allá de que en muchos casos ha probado ser efectivo para frenar la dispersión del virus).

Si bien rara vez las dinámicas de fronteras suelen ser acuerdos bilaterales entre las partes involucradas, algunos países que se han visto afectados por las políticas migratorias que les han sido impuestas, han respondido en consecuencia: la Argentina y Brasil, entre otros, han incorporado el cobro de “tasas de reciprocidad” a Estados Unidos y Canadá como contracara del pago que estos países exigen a estos países latinoamericanos para entrar a los países del Norte.

Pero en lo que se da en llamar “nueva normalidad” (si es que tal cosa existe), hay una nueva dinámica de la movilidad internacional. Por un lado, el hecho de que un país abra sus fronteras no significa que eso va a tener un impacto inmediato para atraer viajeros, sobre todo si es que aún persiste la idea de que se trata un destino potencialmente peligroso o no recomendado por las autoridades sanitarias.

Además, las restricciones impuestas por la Unión Europea hizo que los llamados “pasaportes poderosos” hayan perdido esa especie de carte blanche de la que se jactaban: los ciudadanos estadounidenses podría acceder a 185 destinos del mundo sin visa y ahora lo pueden hacer a 153 (exactamente el mismo número que Uruguay). Brasil solía tener permiso de entrada a 170 países y ahora, sólo a 142 (similar al de Paraguay). Japón sigue liderando el ranking con derecho a ingresar a 190 países, seguido por Alemania y Corea del Sur (189). En la Argentina, con las fronteras virtualmente cerradas y los vuelos internacionales restringidos a las repatriaciones, esta variable todavía es difícil de medir.

Para cerrar, y pensando por fuera de la coyuntura, una pregunta sobre otra de las facetas de tu trabajo, ¿Hay arte en los mapas?

La cartografía en sí misma puede ser definida, en un sentido muy amplio, como el arte de hacer mapas, más allá de los cartifactos empíricos que conocemos. Nadie discute la definición clásica de la política entendida como el arte de gobernar, aunque en muchos casos contemporáneos resulta verdaderamente difícil ver “arte” en la forma en la que los gobernantes gestionan sus acciones. En el caso de la cartografía, ese arte incluye técnica y estética, instrumentalidad y belleza, practicidad y decoración, bien de uso y bien de compra, convenciones visuales y gráficas de ciertas sociedades en un momento determinado, los espacios que ocupan (museos, libros, vía pública, entre otros). Además, el trabajo de los artistas que intervienen mapas tiene una gran potencia para generarnos “ruidos” sobre aquello que damos por sentado al mirar un mapa. Por eso, recorrer las obras de los mapas artísticos contemporáneos nos llevan a traspasar del otro lado del espejo, como Alicia en el País de las Maravillas, para sacudir el sentido común en torno a los mapas y reflexionar tanto sobre los mapas que habitamos como sobre aquellos que queremos habitar.

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