jueves 30 de mayo de 2024
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Bretton Woods y después: un ensayo sobre la encrucijada argentina

La historia de larga duración que voy a contar en este  ensayo está al servicio de una idea. La de explicar la declinación económica argentina identificando “su” momento, que no es cualquiera, y poniendo de relieve lo contingente con la misma jerarquía que lo estructural, lo accidental  con la misma jerarquía que lo tendencial, como forma de entender esa declinación y la encrucijada a la que nos ha llevado. Necesito para ello una licencia. Voy a usar un foco alejado y sintético para examinar los setenta y dos años que van de 1880 a 1952, y un foco más cercano, que ilumina  detalles y coyunturas críticas, para examinar los setenta y un años que van de 1952 a 2023. La estética de dos mitades es casual. Los dos focos no lo son. El primer  período contiene una época buena y una época mala, pero el tránsito de la primera a la segunda no es estrictamente una declinación sino la transformación obligada de un patrón de crecimiento a otro inevitablemente menos vigoroso (se puede discutir si más inclusivo). El segundo período contiene también una época buena y una época mala, pero el tránsito de la primera a la segunda implica, desde los años 70 del siglo XX, tomando como punto de partida las consecuencias locales de la quiebra de Bretton Woods, la ausencia de un patrón de crecimiento, de una huella que proveyera sentido material al devenir de la nación. Esa ausencia se presenta en estas páginas como la causa de una declinación y, quizás más, como la causa de un posible proceso de descomposición social y político que se ha hecho crecientemente visible a medida que nos acercamos a la actualidad. Nos concentraremos al final del ensayo en ese punto.  

Un poco tarde, pero generala servida 

Durante el último cuarto del siglo XIX, los dados cantaron generala. Fue contingencia, fue política como reacción a la contingencia. La condición necesaria para que la fortuna sonriera fueron las innovaciones tecnológicas  que si bien eran el producto del ingenio ajeno, le caían a la joven Argentina como anillo al dedo: nos referimos al ferrocarril y al buque a vapor, que reducían los costos de transporte terrestre y marítimo y tornaban más benevolente a la tiranía de la distancia interna y externa. Ideal para un país grande, despoblado y lejano. Pero, como se sabe, con la condición necesaria no alcanza. Hicieron falta gobiernos que supieran identificar la envergadura de esas innovaciones y las incorporaran al proceso productivo. Eso ocurrió un poco tarde en comparación con Estados Unidos o Canadá, pero cuando ocurrió fue vertiginoso, y la Argentina cambió su fisonomía. Entre 1880 y 1930 la economía creció a una velocidad que hoy, en medio del largo estancamiento, nos parece una fábula, e incluso pareció entonces una fábula a los ojos del mundo. 

¿Cómo contar sintéticamente aquella historia? La buena nueva no habría ocurrido si el estado nacional, creado apenas veinte años antes, no hubiera impuesto la paz en 1880 a través de la última guerra, la de la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Y probablemente el progreso material no se hubiera consolidado y sostenido sin una “estrategia distributiva” de sus frutos a lo largo y lo ancho del territorio. El big bang del progreso fue la expansión agrícola, el trigo del invierno, el maíz del verano, sembrados y cosechados en la tierra fértil del centro del país, cerca del único puerto de aguas profundas con que contaba la nación, atrayendo millones de migrantes de ultramar, la mayoría de los cuales se asentaban en la gran ciudad y sus alrededores, y completando la empresa colectiva, una ganadería vacuna y lanar modernizada a partir de los fines del siglo XIX. La propagación de los beneficios hacia las provincias de la periferia vino de la mano de un proteccionismo moderado que atenuó la dutch disease generada por el agro super-competitivo y permitió la supervivencia de algunas producciones regionales nada competitivas; y vino también de la mano de una política fiscal y de inversión pública, en algunas ocasiones inmoderada, que transfirió recursos hacia las regiones carentes de tierra fértil y de puertos. Por supuesto, no todos en el centro rico estuvieron de acuerdo con esa política. ¿Por qué había que mantener a esa población primitiva, vecina a Bolivia y Chile, que viviría entonces de la dádiva o de actividades improductivas?; ¿no generaría esa política crisis financieras recurrentes por el impago de las deudas contraídas para llevarla a cabo? Hubo, en efecto, crisis financieras que no se superaron sino hasta entrado el siglo XX, pero la batalla política la ganaron los distribucionistas moderados (hubo, como Juárez Celman, de los otros), probablemente porque su jefe lo era también del ejército nacional. Quizás por ese triunfo no re-emergieron en el país las guerras civiles que la habían azotado desde 1820 y que habían impedido un salto productivo inicial más temprano. Roca llegó al poder en Argentina noventa años después de la gran transformación que Alexander Hamilton liderara en USA. Roberto Cortés Conde nos ha explicado esa demora. 

Hubo, pues, paz- siempre una paz tensa- entre las oligarquías territoriales y comerciales de la Argentina entera, todas y cada una exitosas en su propósito de dejar fuera de la agenda, a diferencia de otros países vacíos de colonización tardía, el debate sobre la distribución de la tierra. El secreto de esa paz fue integrar a las provincias ricas con las pobres en una  arquitectura institucional y económica que no fue fácil pactar; su problema fue que las pobres nunca convergieron al nivel de vida de las ricas, de modo que para mantener esa paz las ricas tuvieron que auxiliar a las pobres no sin malestares, y las pobres nunca estuvieron satisfechas con la posición que les había tocado. Hemos llamado a  esa doble insatisfacción federalismo desigual, un rasgo distintivo de ese medio siglo de progreso. Retengamos de ese concepto un punto evocativo de otros tiempos que sobrevendrían: las regiones pobres, relativamente perdidosas en lo material, fueron, por la distribución de la población en el territorio y por la letra de una Constitución, poderosas en lo político. Es lo que Mitre no comprendió en su momento, y entonces soñó con  la hegemonía política de Buenos Aires, su rica provincia. Y muchos otros tampoco lo comprendieron a lo largo del tiempo. Lo que no comprendieron es que si se quería tener una nación unificada, las provincias pobres iban a ser políticamente poderosas. Tampoco se comprendería más tarde,  cuando el conflicto dominante pasó a ser el social.

La otra colonización

Demora entonces de casi un siglo, finalmente crecimiento desigual –crecimiento, no modernización, ha sugerido Lucas Llach  al examinar los años veinte del siglo XX-. Cuando esa época de bonanza se interrumpió con la Gran Depresión y el hundimiento del comercio internacional y las finanzas internacionales, los gobernantes tuvieron, al igual que otros de la región, una idea ingeniosa (o quizás solo inevitable) para rescatar algún nivel de progreso: en lugar de “colonizar” el mundo con nuestros ahora devaluados alimentos, “colonizaron” nuestro mercado interno con una industria nacional protegida, de baja escala,  excesiva diversificación y escaso poder financiero; y la migración que abastecería de mano de obra a esa industria modesta, ya no provendría de ultramar, sino de las chacras empobrecidas del litoral y más tarde de las provincias del norte. Se llamó a esta experiencia sustitución de importaciones, porque en lugar de producir divisas con las exportaciones agrícolas, se las ahorraba con la producción industrial local, concentrada predominantemente en el Gran Buenos Aires el principal  centro de consumo. No había remedio. Lo pregonó tempranamente Alejandro Bunge. ¿Qué otra cosa se podía hacer cuando se había derrumbado el piso sobre el cual se había apoyado la Argentina del crecimiento frenético?; ¿había una red de contención alternativa? Otra vez la contingencia escribía la historia, pero ahora se trataba de una contingencia adversa. Así fue entre 1930 y 1952, primero con los conservadores que retrataron en su significado histórico Murmis y Portantiero, después con el peronismo en su breve pero intensa etapa  redistributiva, entre 1946 y 1948 (y tibiamente unos años más). Escribió Juan Sourrouille en ese aspecto que la industria creció más entre 1935 y 1945 que entre 1945 y 1955. 

Vale la pena detenerse un instante en el momento redistributivo, ya no entre regiones sino entre clases sociales. Sabemos que los ganadores fueron los trabajadores asalariados y que los perdedores fueron los productores agropecuarios a través de la administración de los “precios relativos”, por decir un eufemismo. Una “pregunta argentina” obligada debería ser: ¿por qué, a diferencia de tantos otros países, la política redistributiva no fue esencialmente fiscal, y terminó afectando la rentabilidad del  sector generador de divisas, en un acto de apariencia suicida? Hay tres respuestas posibles, y no se excluyen. Cada una de ellas habla de una especificidad argentina. La primera: el campo exportaba alimentos, de modo que el proteccionismo era una política popular porque los abarataba y aumentaba en consecuencia los salarios reales; la segunda: fracasada la reforma agraria en el siglo XIX y principios del siglo XX, el campo era, a los ojos de la mayoría, una oligarquía, lo que legitimaba toda política que fuera contra sus intereses; la tercera, finalizada la segunda guerra mundial, el proteccionismo agrario europeo fue la política en espejo del proteccionismo industrial latinoamericano, de modo que la devaluación real no tenía efectos pro-exportadores y sí efectos contractivos del nivel de actividad y del empleo, como lo explicó Carlos Díaz Alejandro en su tesis doctoral de 1961. No es mi propósito discutir aquí cada uno de los tres argumentos desde un punto de vista técnico. Sí, en cambio, enfatizar su potencia política como marca distintiva de  todo el arco  nacional-popular, no solo del peronismo. 

¿Declinación o convergencia?

¿Podemos hablar de “declinación argentina” para referirnos a esos veintidós años que fueron entre 1930 y 1952? La respuesta podría ser afirmativa si no fuera  porque la modestia de la dinámica productiva contrastó con el hecho de que en 1930 Argentina era por lejos el país más rico de América del sur y se podía esperar, en consecuencia, que otras naciones, como Brasil o México, mejor dotadas para la implantación de manufacturas, con un mayor mercado de consumo potencial, con un mercado de trabajo más ofertado, disponible el insumo crítico del mineral de hierro, crecieran en esta nueva etapa a tasas significativamente más altas. Al proceso que estaba viviendo la Argentina de esos años le cabe mejor, por lo tanto, el concepto de convergencia que el de declinación. La energía productiva de la Argentina agraria, con su potencia fulgurante, había quedado en el pasado. Otros países tomaban la delantera. De todos modos no fue, en medio de la Gran Depresión, un fenómeno que se nos aparezca a la distancia como especialmente traumático. En el ranking de PBI per capita de Angus Maddison, Argentina ocupaba el puesto 12 en 1930 y el puesto 19 en 1952. Pero de los 18 paises que en ese segundo momento se encontraban por delante, 11 ya lo estaban en 1930, 5 no figuraban en la lista o no se contaba con sus datos en ese año inicial (Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Luxemburgo e Islandia), y sólo 2 (Venezuela y Noruega) la habían sobrepasado.

Hay que subrayar que la convergencia al interior de América Latina se mantuvo durante lo que se ha dado en llamar “la edad de oro del capitalismo”, los “treinta años gloriosos”, de 1945 a 1975, ilustrados por el primer ministro británico Harold McMillan cuando en 1959 les advirtió a los británicos que nunca habían vivido una época tan próspera (otros líderes occidentales dijeron cosas parecidas a sus pueblos). Esta vez, sin embargo, los vientos de cola que venían del mundo empujaron a la Argentina, le abrieron oportunidades, como no  había ocurrido durante los años 30. Entre 1952 y 1974 –  desde que Perón se convirtió en un aliado de USA hasta el año de su muerte tras al exilio, pasando por gobiernos militares y civiles que no difirieron tanto como se ha creído en su visión sobre el país económico-  Argentina no vivió una edad de oro, pero tuvo lo que podríamos denominar un evolución digna que, como tantos otros fenómenos sociales, recién se descubrió con todos sus matices cuando ya había terminado. El progreso material se pareció mucho al del promedio del mundo y fue prácticamente igual que el de Australia y Canadá. Para ser precisos, Argentina fue la mediana entre 151 países, lo contrario que una exepcionalidad. Por lo demás, la sociedad era más homogénea e igualitaria que el promedio del mundo, y la inflación fue alta pero no especialmente alta en el contexto sudamericano. Esto último puede sorprender: 28%  promedio anual en Argentina, 32% en Brasil, 39% en Uruguay y 55% en Chile. 

La bonanza global comenzó a agrietarse antes, pero los problemas afloraron indisimuladamente cuando en agosto de 1971 USA abandonó sorpresivamente el acuerdo monetario y financiero de Bretton Woods, celebrado durante el verano boreal de 1944 y que había servido poco menos que de coordinador general de los destinos del mundo. La decisión de Richard Nixon de abandonar la paridad fija del dólar con el oro pareció un rayo en un día de sol, pero fue la consecuencia inevitable de los desequilibrios fiscales originados en la impresionante política social de Lyndon Johnson y en la guerra de Vietnam, estado de bienestar y guerra caliente. Y esos problemas se hicieron  todavía más visibles con el shock petrolero del 17 de octubre de 1973. Esos dos hitos concatenados –final de Bretton Woods y shock petrolero- significaron para occidente el final de los treinta años gloriosos en términos de crecimiento, en términos distributivos y en términos inflacionarios. Fue una fractura sobre la que vale la pena enfatizar: antes y después de agosto del 71; esplendor y ocaso del keynesianismo. En Argentina, esa fractura fue crucial y es el nudo de nuestra historia: un patrón de crecimiento se desarticuló. El de una industrialización que, con muchas dificultades que no se pueden subestimar, buscaba a tientas modernizarse y proveerse al menos en parte de las divisas que requería para funcionar, al tiempo que se recuperaba felizmente la agricultura. Y se desarticuló no predominantemente por factores inherentes a su compleja dinámica productiva –que los hubo- sino porque esta nueva tormenta le asestó a la Argentina –y a la Sudamérica semi-industrializada en general, también a Brasil- un golpe muy duro e irreversible. No sabemos si en otro escenario del mundo pudo haberse consolidado una economía diversificada en sus exportaciones. El hecho es que las dignas épocas de la segunda posguerra ya no volverían. Por lo contrario, se alejarían cada vez más. Como había ocurrido en 1930, la vunerabilidad argentina frente a la contingencia exógena se ahondaría. El proceso abierto con el final de Bretton Woods y con el primer shock petrolero, siguió en el  segundo quinquenio de los 70 con el exceso de liquidez internacional basado en los dólares acumulados por los países de la OPEP –un exceso de liquidez en el que los países sudamericanos abrevaron-, en 1979 con el segundo shock petrolero, finalmente con el aumento de la tasa de interés en USA y las crisis de  deuda de los 80 en casi toda América Latina, para la Argentina la primera crisis de deuda importante desde  1890. 

Medio siglo sin rumbo

Aunque parezca un exceso, ya estamos ingresando en la historia del presente. Entre ese 1974 de la crisis petrolera y de la muerte de Perón, y  este 2023 de la pos-pandemia y la guerra, Argentina, mirada la historia desde su final, se expandió apenas a menos de un cuarto de aquella evolución digna (Brasil, la gran economía semi-industrial de  Sudamérica, también cayó, en su caso a un tercio). Lo esencial es que no recuperó la Argentina una tendencia económica identificable, un patrón de crecimiento que le diera soporte a una sociedad que se pretendía integrada. Hubo lo que podríamos denominar volatilidad estructural, rumbos que parecían en un momento definitivos y al momento siguiente se convertían en su contrario, todo con una extraordinaria rapidez. Y la volatilidad estructural tenía su compañía inevitable en la volatilidad  financiera. La democracia no pudo resolverlo. Los números agregados deprimentes son el resultado de las dos volatilidades. Estancamiento, pobreza creciente, inflación. En un ranking de 139 países del FMI, Argentina ocupó el puesto 35 en términos del nivel del PBI per capita en 1980 y el 69 en 2023, esta vez entre 193 países. Según Maddison ocupó en 1950 el puesto 19 entre 145 países, y  en 2020, el puesto 64 entre 169 países. En términos del crecimiento del PBI per capita, Argentina ya no fue la mediana sino que estuvo en el último veinte por ciento entre 167 países. En su entorno ya no estaban Australia y Canadá, sino Gambia y Benín. La pobreza  aumentó del 4% en 1974 al 39% en 2022. La inflación entre 1974 y 2023 fue 86% anual promedio, la más alta de Sudamérica si se excluye el caso venezolano. 

¿Qué ocurrió después de Bretton Woods para que la historia argentina pudiera ser pintada con esos colores oscuros? Y si el nombre del post Bretton Woods es “globalización”, ¿por qué nadie pudo lidiar en Argentina con ella? Naturalmente es muy grande la tentación de buscar explicaciones monumentales a lo que se nos aparece a primera vista como un fenómeno sofocante de medio siglo. Tiene sentido. Es demasiado tiempo en el pantano. Ahora sí estamos hablando claramente de declinación, ya no de convergencia, y ha sido un tránsito pesado  que parece no admitir narraciones pequeñas basadas en lo contingente. He participado de algunas de esas explicaciones monumentales: empate hegemónico, disenso distributivo irresoluble, demandas indomables de las clases medias que limitan la inversión y las exportaciones, la naturaleza popular del proteccionismo en un país productor de alimentos (ya nos hemos referido a esto). Hay otras explicaciones ajenas: la teoría de la dependencia, el populismo, el papel corrosivo de algunos liderazgos políticos,  el predominio de las instituciones extractivas por sobre las inclusivas, un estado ab initio permeable a la captura corporativa y al clientelismo, como ha propuesto Sebastián Mazzucca. Cada una de estas explicaciones tiene fortalezas y debilidades en el intento de descifrar el enigma de la muralla invisible que nos separa de una modernidad inclusiva (para usar el  concepto de Juan Llach). Todas son atractivas y varias de ellas combinables. Las partidas de nacimiento de los fenómenos que abordan tienen fechas que difieren. Algunas vienen del fondo de los tiempos. Pero lo que quiero hacer ahora es cambiar el método y volver a la centralidad de la contingencia, esto es, volver a la arcilla de la historia para preguntarme si  bajo esa lupa que se enfoca sobre lo incierto y lo escurridizo, que hace importante lo pequeño,  las grandes narrativas conservan su valor, e incluso si no emerge una narrativa nueva.  ¿Es posible contar una historia de cincuenta años sin tendencia firme, con un comportamiento anémico y una quiebra de la solidaridad social, como un eslabonamiento de sucesos críticos que se conectan y que  navegan  sobre las corrientes profundas de lo estructural? Vamos a intentarlo. Es aquí donde cambiamos el foco.

Dos crisis después de Perón, pero bajo la sombra de Perón  

Comencemos por dos historias que se relacionan entre sí. La primer historia, que nos han contado Carlos Leyba y Osvaldo Kacef, alude al hecho de que el primer shock petrolero ocurrió ese   octubre de 1973, pocos meses antes de la muerte de Perón, pero el ajuste  pleno y caótico de los precios relativos para adaptarlos a la nueva realidad que venía del mundo ocurrió el 4 de junio de 1975, pocos meses después de la muerte del general, en medio de un singular vacío de poder que abrió las puertas a la reacción social en un episodio de resistencia a la baja de los salarios reales como pocos en la historia argentina y como pocos en la historia del mundo. Lo que quiero destacar es que no conozco otro país que haya vivido con tanto dramatismo el primer shock petrolero, el final de Bretton Woods, y parte del drama parece explicarse por la desaparición de un líder político. ¿Es así, o en el trasfondo de lo anecdótico subyace otra cuestión: la fragilidad institucional  de un país que no pudo procesar políticamente la desaparición del líder?; ¿contingencia o factor estructural? Dejo esa pregunta sin respuesta al lector. El hecho es que  la inflación de 1975 terminó siendo de 182%,  por segunda vez en la historia del siglo –la primera fue en 1959- mayor al 100% anual. Fue el punto de partida de un cambio de régimen inflacionario, la puerta de entrada a una época de megainflación que, salvo una pausa de diez años, nos acompaña obstinadamente hasta casi acabado el primer cuarto del siglo XXI.

Sobre el final caótico del tercer peronismo, preñado también por una violencia política que erosionaba la frágil democracia del 73 y que profundizaba la crisis económica, se instalaron las sombras, no una paz sombría porque no tuvo nada de paz. Argentina vivió entre 1976 y 1983 la experiencia de una dictadura terrorista, pero lo que quiero subrayar es que fue a la vez fallida  en el intento de producir un orden económico. La “sangrienta limpieza socio-política” no estuvo acompañada por una disciplina ordenadora, como imaginó Adolfo Canitrot que podía suceder. Esa es nuestra segunda historia. Se ha hablado de la incompetencia del gobierno militar, pero podemos preguntarnos si en verdad existió tal intento ordenancista y disciplinario imbricado en un proyecto económico y social de largo plazo. Nuestra respuesta es que no. Se trató de una dictadura  que nunca pudo resolver su tensión interna en torno a lo que tenía entre manos. El año de 1976 fue malo para nacer. ¿No valía la pena, se preguntaron en un comienzo los militares, intentar nuevamente una salida productivista a la manera de los 60?; ¿no era una buena apuesta seguir el camino de la dictadura brasileña que, al parecer, había devenido en “milagro” productivo desde una vocación industrial acompañada por la fiebre de la obra pública? En ese punto la dictadura argentina navegó en la bruma. No reconoció su contexto, el cambio de época. Es comprensible: a los contemporáneos les resulta difícil entender que están viviendo una transición, en este caso la difícil transición desde el mundo de Bretton Woods y el desarrollismo de base industrial en una economía semi-cerrada, al mundo de la globalización financiera y comercial.  La idea extendida de que el gobierno militar inauguró una época de “valorización financiera” (lo que esto quiera decir) no aplica desde el primer día.

Por otra parte, la disciplina macroeconómica chocó con el  sorprendente objetivo de los militares de heredarse políticamente a sí mismos y, en el límite, ocupar el lugar que había dejado la desaparición de Perón en el tablero político apenas veintiún meses antes. ¿Qué se buscaba, en definitiva, en materia política?; ¿desperonizar a la sociedad fundándose en una nueva arquitectura económica  o encontrarle a la sociedad peronista una nueva conducción, una vez completada “la limpieza” del terror subversivo? Lo primero significaba, mal o bien, un futuro. Lo segundo era el pasado repitiéndose grotescamente. A poco de instalado en marzo de 1976, el gobierno de los uniformados pareció ser “lo que debía ser”: se prohibió la actividad sindical, cayeron los salarios y los sueldos privados y públicos y aumentó la inversión pública y privada. La inflación heredada no bajaba y no iba a bajar hasta 1991, pero para fines de 1977 se podía imaginar un rumbo desarrollista, la vieja Argentina de pos-guerra en su fase regresiva de la distribución del ingreso. Luego las cosas cambiaron. La dictadura mordió la manzana de los petrodólares, ingresaron capitales de corto plazo, los salarios en dólares se recuperaron, las clases medias accedieron a consumos importados y sofisticados  y hasta quizás la inflación finalmente bajaría de la mano de la apreciación de la moneda. ¿Se podía soñar entonces con alcanzar simultáneamente las metas económicas y las metas políticas, ahora de la mano del novedoso mundo financiero internacional? Antes que ese sueño completara su parábola efímera, comenzaron a percibirse los síntomas de lo que luego sería abiertamente una crisis de deuda. Se intensificaron en esos días fenómenos sobre los cuales la Argentina tenía registro pero que no habían adquirido la relevancia que a partir de entonces adquiriría: el creciente atesoramiento de dólares y activos dolarizados, el debilitamiento del peso como instrumento de ahorro. La guerra  de Malvinas, en medio de una política de ajuste, completó el cuadro de ese absurdo que condicionaría a la democracia.

Alfonsín, un hombre de Bretton Woods

 El encadenamiento de lo contingente. El final de los treinta años gloriosos del mundo y de los  veintidós años de evolución digna  de la Argentina. Luego un ajuste macroeconómico peronista sin el Perón que en 1952 había garantizado el equilibrio político. Finalmente la dictadura desorientada y sin proyecto, con su exuberante delirio bélico final, haciéndole lugar al nacimiento de la democracia bajo el peor contexto socio-económico posible para una sociedad esperanzada. Ciertamente, la democracia de Alfonsín tuvo su propia pero feliz exuberancia, la exuberancia ética del juicio a las juntas y de los derechos humanos, que serviría de pegamento colectivo en los momentos difíciles, más allá de su propio gobierno. Pero la contracara fue la noche de la ignorancia: la economía y la sociedad no eran las que el radicalismo y el propio Alfonsín habían vivido durante los años 60, aquello que habían palpado durante su paso por el poder. Alfonsín era un hombre de pos-guerra y de sus consecuencias locales, un hombre de Bretton Woods, la combinación de democracia y políticas nacionales autónomas, la aspiración de expandir el comercio con socios regionales pero evitando los riesgos de la hiper-globalización, como diría el trilemma de Dani Rodrik. Ni siquiera sabía Alfonsín en un primer momento qué quería  decir cabalmente “crisis de deuda”, aunque lo aprendería duramente. Para Alfonsín, la maldición internacional durante  la campaña electoral que lo llevó a la presidencia no era financiera; era el proteccionismo agrícola europeo, sobre el cual toda su vida insistió; y en términos internos la maldición era el pacto corporativo militar-sindical, su manera disfrazada de llamar al peronismo. A diferencia del Quijote, Alfonsín pensó que podía derrotar a molinos de viento donde en realidad había gigantes. Con la democracia se comería, se educaría, se curaría, se levantarían persianas de fábricas cerradas, se derrotaría al corporativismo y a la inflación heredada, e incluso se perdonarían las deudas, esto último en una reparación a la que los países ricos del norte estaban moralmente obligados, creía Alfonsín. Y no era la ignorancia sobre el funcionamiento del nuevo mundo, de la nueva economía y de la nueva sociedad nacida en los años 70 después de la decisión de Nixon, exclusiva de Alfonsín y del radicalismo. Lo era también del peronismo y de todo el arco político nacional-popular, solo que en lo que quizás fue un accidente increíble de la historia- que la propia historia se encargaría cruelmente de remediar-, era a él a quien le tocaba gobernar la cuadratura del círculo: democracia inaugural que abría las compuertas de las aspiraciones sociales en medio de una crisis de deuda. En el contexto de un proceso de aprendizaje de lo que el mundo y la Argentina tenían de extraño para él,  Alfonsín hizo lo que pudo en materia económica. Balbuceó sobre la desarticulación del panorama fiscal heredado y protestó por las dificultades para insertar a la Argentina en el mundo resguardando una idea de nación -temas sobre los que ha reflexionado Ricardo Carciofi-  pero lo que pudo hacer Alfonsín fue poco. Una envolvente de 1975 a 1990 – final caótico del tercer experimento peronista, dictadura sin brújula y gobierno democrático de Alfonsín inmerso en un torbellino económico- arroja tres números amargos e indicativos del descenso por la ladera escarpada: el PBI per capita cayó al 1,6%  anual, el desempeño más mediocre de América del Sur; la inflación promedio anual fue 336%, la más alta de América del Sur, con el último año de Alfonsín y el primero de Menem en régimen ya no de alta inflación sino hiperinflacionario; la tasa de pobreza sobrepasó el 50% en 1989, un rayo para la sociedad homogénea. ¿Hay alguna explicación estructural de largo plazo para esta larga marcha de infelicidad económica? Quizás en el trasfondo de la historia subyace el disenso distributivo como factor permanente, sobre todo si se toman en cuenta a  los acreedores externos y a los argentinos financieramente dolarizados como nuevos actores incorporados al drama de la sociedad conflictiva, pero parece difícil coincidir en una narrativa común que no incorpore las jugarretas de lo imprevisto, o las convicciones enraizadas en un pasado lejano pero que ya no explican el presente, o incluso la exasperación de las batallas políticas, con consecuencias económicas, después de una breve etapa de consensos institucionales. ¿Acaso no había dicho Perón, en una comparación con Francia, que Argentina era un país politizado sin cultura política?

Neo-liberalismo de base corporativa

Observadas en sus trazos gruesos, las idas y vueltas de la historia de la democracia argentina en las que ahora nos hemos adentrado no son muy distintas a las de países vecinos. Eso tienta a subrayar las regularidades. Una de ellas es que los años 90 son los de las reformas de mercado y las estabilizaciones exitosas. ¿No significaba eso, finalmente, la entrada al promisorio al nuevo mundo después de chocar tres veces contra la pared a lo largo de veinte años? La democracia podía ser coronada con la transformación económica. Las nostalgias de Bretton Woods desaparecerían.

Efectivamente eso pareció ocurrir en Argentina con Menem, un caudillo peronista de provincia con precedentes marcadamente populistas. Lo que pudo descubrirse con Menem fue asombroso: el peronismo era un estilo político, un manual de conducción, no una determinada política o un conjunto definido e intocable de políticas públicas escritas en las tablas de la ley por el padre fundador al comenzar los treinta años gloriosos. La Argentina no iba a ser ya una economía mixta de base capitalista que toleraba “algo” (o “mucho”) de inflación, el consenso que hasta ese momento nadie desafiaba. Iba a ser  una economía de mercado sin estado productor, e iba a ser una alabanza sin medias tintas a la globalización. Sin embargo, las reforma de Menem, que explicadas así fueron el opuesto simétrico de las políticas de Perón en los años 40 y 50, tuvieron como protagonistas centrales, y en algunos casos como beneficiarios, a las corporaciones empresarias y sindicales que, se supone, debieron haber sido las que perdieran poder con la vigencia de las reglas de un mercado competitivo. ¿Fueron, entonces, las de Menem, reformas de mercado stricto sensu o fueron en cambio un neoliberalismo de base corporativa, con sabor peronista? Lo que ocurrió parece ajustarse más a lo segundo que a lo primero, ha explicado Sebastián Etchemendy. Algunos de los que perdieron con la apertura comercial externa fueron compensados en el ámbito de las privatizaciones; en la mayoría de los casos, las moderadas reformas laborales fueron negociadas en mesas tripartitas de las que participaron sindicatos, empresarios y estado. Los sindicalistas se sumaron a los directorios de las nuevas empresas privadas (ya eran desde 1970 los patrones de las obras sociales). La vieja sociedad se inflitraba en la Argentina globalizada. Menem no fue, pues –conectando con las explicaciones monumentales- “el héroe” de Acemoglu que terminó con la captura corporativa del estado, sino el político que reorganizó las relaciones entre las corporaciones y el estado, adaptándolas a los nuevos tiempos, los de la victoria universal del capitalismo, con una menor centralidad del mundo industrial y con una mayor centralidad de las empresas extranjeras en el área de los servicios públicos y las finanzas. Quizás no fue muy distinto en otros casos, se me podría advertir ¿Pero la estabilización? Hubo sí en este caso una particularidad argentina, otra vez signada por la exuberancia. Menem y su más relevante ministro de Economía, Domingo Cavallo, tomaron nota en 1991 del fracaso del Plan Austral de 1985 y redoblaron la apuesta fijando la paridad del peso con el dólar, ya no a través de una promesa finalmente rota, sino por ley, una evocación del patrón oro, esa supuesta garantía de irreversibilidad. La coyuntura podía ayudar. Mientras el dólar estuviera barato en relación al resto de las monedas del mundo y los costos de los insumos y de los bienes de capital bajaran internacionalmente como consecuencia de la globalización en su momento de esplendor, el peso sería competitivo, pero otra coyuntura distinta podía dar la espalda: cuando el dólar se encareciera, la competitividad se perdería y vastos sectores, sobre todo de la industria antaño protegida, desaparecerían. De ese modo ocurrió, sobre todo desde 1998, hasta que la arquitectura monetaria quebró en diciembre de 2001 en una espiral deflacionaria y recesiva.

Así pues, neoliberalismo de base corporativa y estabilización cuasi patrón oro fue una combinación que solo el peronismo, con sus luces contradictorias e imaginativas, podía alumbrar. Era la comunidad organizada deslizándose en el sorprendente ámbito de la libertad económica. El juramento de irreversibilidad cambiaria sobre la cruz del dólar dio al comienzo beneficios potentes, podía sospecharse que tan potentes como la paridad fija de la caja de conversión en 1899. Creció la economía, creció la productividad,  creció el consumo, renació el crédito y el optimismo, ingresaron capitales, se apreció la moneda, aumentaron entonces los salarios en dólares. Pareció una oportunidad única para reorganizar a la sociedad, para superar la crisis que había comenzado en 1975. ¿Y entonces por qué esa oportunidad de incorporarse con beneficios al mundo post Bretton Woods se perdió, y por lo tanto se perdió la oportunidad de instalar un patrón de crecimiento de nuevo tipo que enraizara en tierra fértil y se constituyera en una solución permanente para los males argentinos?

En parte encontramos una respuesta en el corte horizontal del proceso reformista. Los grandes (empresarios y sindicalistas) tuvieron su lugar en la economía abierta; los pequeños (empresarios y sindicalistas) sufrieron los rigores del mercado con escasa misericordia, lo mismo que los trabajadores que perdían su empleo en el proceso de reestructuración. Pero más importante fue que los excluidos del juego – provenientes sobre todo de la industria manufacturera- no padecieron de un fenómeno cíclico o de una reconversión que pronto los reabsorbería, como mucho se creyó. El desempleo y la informalidad laboral nacieron, llamativamente, en el momento de bonanza, pero terminaron convergiendo en un fenómeno de  pobreza estructural que ya no desaparecería. El mojón tremendo fue 2001. Gobernaba el radical Fernando de la Rúa, pero el padre de la criatura había sido Menem, y la convicción de que era así se extendería con el paso del tiempo. ¿Padre de qué criatura? Menem había sido el abanderado de un proyecto  muy particular de modernización (quizás la palabra sea demasiado generosa), pero también aquel que había sembrado la semilla de la pobreza que se extendió por todo el  territorio pero se concentró dramáticamente en el conurbano bonaerense, a pocos kilómetros de la Casa Rosada, como lo retrató Carlos Pagni.  Para las elecciones presidenciales de 2003 quedó patentizado el humor de la sociedad. Alfonsín ni siquiera podía presentarse. Menem obtuvo el 24 por ciento de los votos y nunca volvió a intentar el regreso al poder. Alfonsín y Menem ya podían comparar sus crisis. Y comparar también sus  consecuencias de largo plazo.

Regreso al 73 en cámara lenta

Cuando en mayo de 2003 Néstor Kirchner llegó a la presidencia la economía ya estaba creciendo vigorosamente, a pesar de que todavía se respiraban los polvos del derrumbe del 2001 y Argentina estaba en default desde el primer día de 2002.  Habían pasado exactamente treinta años desde el momento “Cámpora-Perón”, lo que después el kirchnerismo modelaría políticamente como el origen glorioso de todo lo bueno, la exaltación de la autonomía nacional y del bienestar popular, el paraíso perdido. Tres hechos sorprendentes lo antecedieron a Kirchner, pero no se vinculaban con un pasado mítico sino con un presente misterioso y excitante: en 2001 Estados Unidos había exhibido su vulnerabilidad con la tragedia de las torres gemelas; en ese mismo año, China había exhibido su fortaleza, cimentada con la globalización, ingresando a la Organización Mundial de Comercio, corriendo el meridiano significativo hacia el oriente; por fin, después de que el tipo de cambio se cuadruplicara a comienzos de 2002 dándole sepultura al régimen de la caja de conversión, la inflación se había incrementado apenas el 40 por ciento y,  para el momento de su asunción,  el dígito de la expansión productiva (8) duplicaba al del incremento de los precios (4), todo en un contexto de superávit fiscal y superávit externo. Los tres hechos eran sorprendentes. Los dos primeros tentaban, si era verdad la promesa de la China potencia, a la idea de la autonomía en el concierto de las naciones, un giro respecto al pro norte-americanismo y la hiper-globalización de Menem (¿un cambio de siglo, dos mundos distintos?)  El tercer hecho tentaba a impulsar el crecimiento sin aparente riesgo inflacionario. Tres años después, en 2006, se podían mezclar dos gobiernos y dos países y sacar conclusiones alentadoras. Entre 1990 y 2006 Argentina había crecido al  3,1% per capita anual y la inflación había sido del 10% promedio anual; en Brasil el crecimiento había sido en esos mismos quince años del 2,6% per capita anual y la inflación del 96% promedio anual. Argentina superaba en su desempeño económico al tigre sudamericano. Las periodizaciones son trucos y las comparaciones entre países también. Si se comparaba con Chile se salía perdidoso, pero a los argentinos, también le ocurría a Kirchner, les gusta mirar más hacia el norte que hacia el oeste. La conclusión: se estaba pasando del desencanto a la ilusión. Y hasta ese momento parecía la concordia secreta de los contrarios: quizás, después de todo, podía haber una economía reformada con sustento popular, el entierro de Bretton Woods. Me explico: la ilusión no había necesitado volver atrás visiblemente de los cambios producidos por Menem. La primera re-nacionalización de una empresa privatizada fue la de aguas y saneamiento, y eso ocurrió recién en marzo de 2006. La economía seguía básicamente abierta, pero ahora con un tipo de cambio real alto. Incluso, para prolongar hacia el futuro lo que venía del pasado, a Kirchner le hubiera gustado una nueva convertibilidad a cuatro pesos por dólar. Parecía, después del tremendo tropiezo de 2001, un país  fundado en la continuidad de políticas, de las nuevas políticas que gobernaban al mundo. En esos años iniciales, Kirchner podía ser visto como una corrección inteligente a los excesos de Menem. ¿Era Kirchner o era su  primer ministro de Economía,  Roberto Lavagna, el demiurgo de esa novedad que se revelaría de corta duración? La respuesta no es obvia: Kirchner había sido un entusiasta de las políticas de Menem;  Lavagna había sido un crítico de esas políticas, pero también un desarrollista moderno y prudente. La sociedad duró hasta fines de 2005, cuando Kirchner despidió a su ministro y comenzó a cambiarlo todo, 

¿Tuvieron algo que ver “los números buenos” con la superación de factores estructurales que hubieran estado bloqueando el desenvolvimiento argentino?; ¿había quedado atrás el disenso distributivo?; ¿se habían disciplinado las clases medias?; ¿se había fundado un estado moderno que ni siquiera tenía que negociar con las corporaciones? Nada de eso. Nada había cambiado en la  Argentina. Las explicaciones monumentales sobre la declinación nacional tuvieron que hacer una pausa ante la saludable Argentina, beneficiada por un ajuste macroeconómico heredado y por la mejora de los términos del intercambio, que valorizaban aún más las innovaciones agrarias productivistas de los años 90. Pero la pregunta interesante es: ¿por qué esa salud se perdió?

La respuesta necesita, otra vez, un regreso a lo contingente. Cuando hacia 2007-2008 Néstor Kirchner y su sucesora, Cristina Kirchner, posaron su mirada sobre la cuestión social y terminaron de convencerse de que el go&go en que se habían embarcado durante un quinquenio había curado heridas pero no les había devuelto la sociedad homogénea de 1973, viraron poco a poco hacia las políticas del viejo peronismo, al parecer las únicas que les garantizarían la felicidad al pueblo y la victoria electoral al kirchnerismo. El punto de no retorno en el proceso de mutación de la política económica  fue el conflicto de 2008 con el campo y con las clases medias urbanas que acompañaron al campo en su movilización. Ya lo hemos visto como una de las explicaciones monumentales sobre la declinación argentina. El agro pampeano merecía el peor trato, porque era una oligarquía y porque producía el alimento de los argentinos, desmesuradamente encarecido en las nuevas circunstancias por la demanda china. ¿Acaso no correspondía que esa oligarquía devolviera sus ganancias extraordinarias a través de retenciones para beneficio del conjunto de la sociedad? La retórica y la práctica eran, ahora, nítidamente, de raigambre peronista, peronista en la versión de Perón de los 40. Menem se disolvía en la historia, definitivamente. Pero se disolvía al servicio de un anacronismo.    

En efecto, el conflicto con el campo, narrado y explicado en detalle por Roy Hora, fue una divisoria de aguas. Cerrada la crisis con el campo con una derrota para el gobierno, hubo pocos meses después una victoria para ese mismo gobierno: la nacionalización de los Fondos de Pensión privatizados en 1994.  Como en 1946 –y como en 1924 con Alvear- fue una iniciativa para obtener financiamiento, y como en 1946 ese financiamiento serviría para solventar el aumento del gasto público, esta vez un aumento como nunca antes se había visto. Si el crecimiento y su derrame no había servido  para reponer la justicia social perdida, se buscaría desesperada e infructuosamente reponerla a través del fisco. Esto fue extraordinariamente importante: el kirchnerismo descubría el carácter estructural de la pobreza y su conformación como sujeto social y político, al que naturalmente buscaría cooptar, pero al que temía. Sería entonces un fisco que en su entramado beneficiaría a las franjas marginales de la sociedad,  al torrente humano que Menem había dejado a la intemperie, a los adultos mayores que no habían podido jubilarse por no haber completado los años de aportes, pero también a las clases medias, entre otras cosas a través de tarifas públicas subsidiadas. En suma, se trataba de la construcción de una nueva mayoría popular. La nueva sociedad fragmentada requería una redefinición del concepto de comunidad organizada, y el kirchnerismo comprendió lo fundamental: sociedad fragmentada y comunidad organizada eran una contradicción en los términos, a menos que el kirchnerismo se convirtiera en un Hércules que en cada uno de sus trabajos subordinara la economía a la política. 

Notablemente, fue recién a comienzos de 2010, después de siete años de gobierno, que el kirchnerismo ingresó en zona del déficit fiscal y entonces, cerrados como estaban los mercados de capitales para un país en default, se recurrió a la emisión monetaria del Banco Central. Con todas esas herramientas a la mano, con ese regreso anacrónico y en cámara lenta al peronismo tradicional, con 1973 como una imposible meta de futuro, Cristina Kirchner triunfó en las elecciones presidenciales de octubre de 2011 con el 54% de los votos, la victoria más holgada de la historia de la democracia. Pero los mercados financieros se vengaron de las desmesuras. A los desarreglos macroeconómicos previos a los comicios ya le habían respondido con una masiva salida de capitales. La presidenta no devaluó. No iba a ceder ante los especuladores y no quiso bajar los salarios reales. Instauró el control de cambios pocos días después de su victoria. Así comenzó su segundo y apagado mandato, signado por la pérdida de reservas, por la apreciación real, por la reversión proteccionista, por un nivel de gasto público que en términos del PBI duplicaba al de los años 80 y 90, por la caída de los términos del intercambio, por los rezagos tarifarios, por el nulo crecimiento. No se sabía entonces que ese final del  año 2011 iba a ser el punto de partida de una larga depresión que a trazos gruesos, llegado el 2023,  tiene poco que envidiarle a la de 1975-1990. Tampoco se sabía que en 2015 Cristina Kirchner cedería el poder a un presidente que no pertenecía a su fuerza política. Mauricio Macri intentaría de nuevo, en otra vuelta de campana, capturar los beneficios de la globalización, apelar a la confianza de los mercados internacionales, convocar a los “dólares exiliados” de los argentinos. 

“Solo es nuevo lo que hemos olvidado”

“Solo es nuevo…”, las palabras atribuidas a Rosa Bertin, la costurera de María Antonieta. En la primavera de 2021  Juan Carlos Torre publicó en formato de libro sus memorias como funcionario del ministerio de Economía durante la gestión de Juan Sourrouille. La recepción de los lectores fue explosiva y emocional. El presente inflacionario era una copia fiel –así se lo percibía- de aquellos años ochenta. Y eso quería decir que la historia era circular, e infernal. El presente solo podía parecer nuevo porque habíamos olvidado, y Torre había venido a rescatarnos de ese olvido. Ahora que llegamos al final de la crónica podemos preguntarnos si es así, si es verdad que la historia argentina post abandono de Bretton Woods, y en particular la historia económica de la democracia, es una historia circular y repetitiva, la historia de una frustración colectiva. Mi primera respuesta es que sí, que enhebrando las contingencias podemos construir una última explicación monumental que de cuenta del medio siglo transcurrido entre 1973 y 2023: Argentina es, desde principios de los 70, el péndulo que oscila entre la autonomía nacional y la globalización, entre Bretton Woods y su ruptura. Y, como todo péndulo, sin encontrar una  fuerza política centrista que lo detenga, que oferte a la sociedad una transacción, un nuevo patrón de crecimiento después de aquel que se había  perdido.

Pero la historia no se clona. Cada movimiento del péndulo es a su vez una historia distinta. Pongamos la lupa sobre los últimos doce años. Desde 2011 a 2023 pasaron tres gobiernos y cada uno tiene su marca original, pero también fueron, nuevamente, tres momentos en que se chocó con la pared. No entremos en detalles. Solo diré que Cristina Kirchner no regresó a 1973,; que Mauricio Macri, con su  inédita coalición democrática de centro-derecha, naufragó en su propia crisis, distinta a la de Menem,;l que Alberto Fernández –ausencia de poder propio, pandemia, guerra, globalización en tela de juicio en el mundo, sequía histórica- ni siquiera pudo postularse a una comparación, aunque fuera imperfecta, con el pasado. Sin embargo, vale la pena una voz de alerta: el entusiasmo por los matices y por el juego de las diferencias puede ser un desliz de los historiadores. El hecho político es que fueron doce años que, en conjunto, en la oscilación del péndulo entre la nostalgia nacional-popular y la utopía liberal globalizante, ahogaron a la sociedad en la depresión, en la inflación, en la pobreza extendida, como había ocurrido entre 1975 y 1990. El PBI per capita cayó al 1,1% anual en el conjunto del período, al 0,7% durante la gestión de Cristina Kirchner, al 2,0% durante la gestión de Mauricio Macri, al 0,5% durante la gestión de Alberto Fernández. La inflación era 24% anual al finalizar el mandato de Cristina Kirchner, 54% al finalizar el de Mauricio Macri y será mayor al 120% al finalizar el de Alberto Fernández. Durante el segundo semestre de 2022  la tasa de pobreza rozó el 40% y la informalidad laboral el 37%. Nunca había ocurrido semejante retroceso social durante un gobierno peronista. Hay algo similar, entonces, entre 1975-1990 y 2011-2023, y es el profundo malestar colectivo. En aquel 1989 que abatió al gobierno de Alfonsín surgió, de ese malestar, una inmensa novedad política que derrotó primero al establishment de su propio partido y luego se hizo del poder, conservando afortunadamente la democracia. Esa novedad se llamó Carlos Menem. Sabemos que no resolvió el problema nacido en la  Argentina con el colapso de Bretton Woods. Sabemos que nadie pudo resolverlo.

No sabemos, en cambio, cuál va a ser la novedad ahora. En medio del tornado político que parece estar arrojándonos a una nueva y extraña Argentina, digamos por última vez, que no hay sabiduría extraída del pasado para instruirnos sobre lo que vendrá. En todo caso, es difícil imaginar que ese futuro no sea efectivamente una novedad profunda, en lo productivo, en lo social, en lo político,  en lo institucional. Quizás eso merezca celebrarse, después de todo. Merecerá celebrarse si la “retórica reaccionaria” (como diría Albert Hirschman) que hoy es el grito que domina la escena resulta solo un espejismo, una burla cortoplacista de la historia que nos está escondiendo la diagonal reformista como verdadero motor de la transformación. Y merecerá celebrarse si esa transformación nos confirma en aquello que queremos conservar: la democracia constitucional, y sin deterioro. Reforma económica, reforma social, democracia constitucional, el trípode que nos permita abrirnos a un mundo difícil desde una nación solidaria. Espero que no sea mucho pedir en este quadragesimo anno que, voluntariosamente, estamos festejando.    

 

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