jueves 30 de mayo de 2024
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Biden en problemas

El segundo año de gestión del presidente estadounidense presenta muchas dificultades propias, heredadas y del momento. Cada vez más lejos de su principal promesa electoral: retornar al orden como condición para volver a liderar el mundo, Biden lucha por cumplir.

El año 2021 termina con un cocktail explosivo para la administración demócrata: los casos de Covid-19 están aumentando vertiginosamente en todo el país, la inflación sigue siendo alta, el impulso a los derechos al voto se ha debilitado, al tiempo que los republicanos rediseñan los distritos electorales a su favor, y la estrella de las políticas públicas de Biden está gravemente herida y, para colmo, por fuego amigo. El domingo pasado, el senador por West Virginia, Joe Manchin anunció su oposición a la legislación Build Back Better, propinándole un duro golpe político.

Si Biden no logra convencer a Manchin de dar marcha atrás – asunto que es posible – el resultado no solo será un profundo fracaso para combatir el cambio climático y expandir la red de seguridad social, sino que también socavará la premisa central de competencia del presidente y su promesa de lograr consensos. Si no puede con los propios, ¿Cómo lo hará con los opositores?

Todo esto ha contribuido a un extendido sentimiento de descontento que lo ha lastimado según algunas encuestas que ubican su índice de aprobación en un 43 por ciento, el segundo más malo para un presidente, luego de el de Trump con 38 por ciento. Aunque el propio partido de Biden tiene todas las armas del gobierno, las maniobras de obstruccionismo, lentitud y desconfianza dentro de su partido han dominado los titulares durante meses, creando la imagen de un gobierno que no solo no cumple las promesas del presidente, sino que está abrumado por los desafíos que se le presentan.

Claro que no todo es negativo, existen aspectos positivos de su gestión: la tasa de desempleo es baja, las vacunas están disponibles para casi todos los que quieran una, la financiación del proyecto de ley de infraestructura bipartidista políticamente popular entrará en vigencia pronto, lo que permitirá que la administración persiga importantes metas verdes como la de eliminar el plomo de las tuberías de agua de la nación. Pero en el balance parecen pesar más los goles en contra que los a favor. Biden termina 2021 con números bajos en las encuestas y un pánico creciente entre los demócratas de que perderán al menos una, si no ambas, cámaras del Congreso en las próximas elecciones de medio término.

Fue el propio presidente quien estableció las apuestas históricas para su gestión, asimilando su gesta con los planes de los demócratas Franklin D. Roosevelt (New Deal) y Lyndon B. Johnson (Big Society) quienes promulgaron programas gubernamentales radicales en un momento de crisis significativa. Proclamó con arrojo que la nación necesitaba demostrar que las democracias podían volver a cumplir con sus ciudadanos y competir con autocracias como China. Al enfrentar la pandemia, Biden aprobó un enorme proyecto de ley de ayuda de anti Covid al tiempo que aceleró el desarrollo y la distribución de las vacunas que serán el modo –según los expertos– de superar la pandemia.

Después de un comienzo a toda orquesta, la segunda mitad del 2021 trajo una cadena de sinsabores. La retirada de Afganistán fue caótica e hirió el orgullo del país en sus FF.AA.; los escasos márgenes de los demócratas en el Congreso dificultaron o demoraron sacar las leyes que necesitaba el gobierno; un aliado cercano perdió la carrera para gobernador de Virginia y, sobre todo, los casos de Covid volvieron a aumentar mientras la campaña de vacunación se desmoronaba por la acción de los antivacunas, asociados a Trump y a los gobernadores republicanos que intentaron bloquear los esfuerzos de la administración federal para promover el uso de tapabocas y el avance de la vacunación que ya cubre al 73 por ciento de los estadounidenses.

En este panorama el resurgimiento de Trump que tiene el 78 por ciento de apoyo dentro del Partido Republicano sólo se explica por dos razones, una antigua: el estadounidense medio, educado, no quiere “más Estado” y comulga con el mensaje del blondo empresario y sus socios republicanos. Y el segundo es el mal humor social generado por la pandemia y sus efectos sobre la vida “normal”. Por estas razones, la tormenta perfecta se cierne sobre los demócratas quienes buscan a través de la acción del Estado revertir la desigualdad de uno de los países más desiguales del mundo, justo en el momento en que Omicrón comienza a hacer estragos y para combatirlo Biden acaba de anunciar el despliegue del ejército para distribuir 500 millones de tests entre una población bastante agotada.

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