jueves 22 de febrero de 2024
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Argentina, 1985 y El Encargado: del indulto a Luder al fin del relato kirchnerista

Este año el mainstream ofreció dos productos culturales de alto valor técnico: el último intento de sobrevida del relato K y el primero de una nueva época de cambio.

Básicamente es el trayecto que va de Agentina, 1985, producida por Amazon, a El Encargado, producida por Star+. No es casual que al frente de ambos productos estén dos de los actores argentinos más importantes de las últimas décadas, coprotagonistas de la última película argentina que ganó un Oscar de la Academia, y detrás de cámara, realizadores como Santiago Mitre o Mariano Cohn y Gastón Duprat, representantes de lo que podemos denominar un nuevo cine argentino, preocupado por crear buenos productos técnicos sin la clásica solemnidad que desde Sandrini hasta Federico Luppi (hay para todos los gustos) caracterizó a nuestras películas.

Mucho se ha escrito sobre Argentina, 1985. La película, en su afán de indultar al peronismo de los años ochenta, cómplice con el pacto militar-sindical, busca por todos los medios ocultar la figura de Alfonsín y el rol que ocupo en el momento histórico de ordenar el enjuiciamiento de las tres primeras juntas militares y los jefes terroristas de Montoneros y ERP. Al finalizar su gobierno, no solo Videla estaba preso, sino también Massera, Galtieri (por otras causas), Viola y Firmenich. Y también López Rega.

El principal error que comete el cine de Santiago Mitre es el de considerar que su mirada de los hechos es “la mirada correcta”. Ya en El Estudiante había cometido este error. El segundo error es creer que lo que él entiende es “la política” son los hechos.

Se ha dicho, repetidas veces, que Argentina, 1985 es ficción. Y lo es. Pero en la ficción existe el verosímil de género. Y una ficción política situada en los años ochenta no puede soslayar el protagonismo de los radicales. Todas las películas tienen un bueno y un malo. Es parte de la narración. Lo que un film no puede hacer es, teniendo al villano por antonomasia de la historia argentina, ponerlo en el lugar de un mero testigo que lee la Biblia, y ubicar en ese rol a Antonio Troccoli, ministro del Interior de Alfonsín y quien, desde su rol en dicho ministerio, tuvo bajo su órbita el funcionamiento de la Conadep pero también la financiación de mucho del trabajo de rastreo de testigos que se llevó adelante.  

Pero la película generó el mayor efecto Streissand de los últimos años. Debido al lugar que Mitre y Llinás le dan a Alfonsín y Troccoli, la sociedad volvió a hablar del tema, a darles una visibilidad en el rol de impulsores de los juicios que, desde 2003 el kirchnerismo trató de ocultar para que sea fiel a su relato. La pretensión de indultar a Luder (su testimonio en el juicio fue como testigo de ¡la defensa! de los excomandantes) se da de bruces con la memoria colectiva. Sobre este punto aclaremos, en la película aparece Luder (y por eso lo mencionamos) pero bien podrían haber aparecido Ruckauf, Triaca o Baldassini, otros testigos que fueron convocados por los mismos abogados que el expresidente provisional.

Vuelvo sobre un punto, no podemos pedir rigor histórico a una ficción (no se la pedimos a Troya o a Blonde o a Elvys, por mencionar filmes muy disímiles a Argentina, 1985), pero si le pedimos verosimilitud. Los años ochenta, mal que le pese al peronismo y a sus cultores culturales, fueron protagonizados por el radicalismo, incluso en su derrota en 1989. Un film sobre la época que no lo contemple, no es verosímil. Y no hay mucho más para discutir.

De todos modos, el verosímil no necesariamente es algo tangible. El segundo producto que nos interesa en este artículo lo confirma: El Encargado, nueva producción de la dupla Cohn-Duprat.

Voy a discrepar con todo lo que se escribió hasta ahora. El Encargado no es una mirada o una crítica a los encargados de edificio, pese a que el verosímil pueda ir en ese sentido (por ejemplo hay una sola línea que mencione al sindicato de encargados, y sin embargo ya apareció una “Agrupación de encargados” que emitió una misiva intimidatoria). Pero la serie no está hablando de ellos. O al menos no es lo que quiero resaltar. La serie nos está mostrando el fin de una época cultural.

Hace dos o tres años no sería posible un guion que muestra no ya a un trabajador que abusa de la confianza de sus empleadores (que sea encargado de edificios es un detalle) sino que se ría sin culpas de lo que desde lo políticamente incorrecto se denomina “hipis con OSDE” en un medio masivo como es el consumo televisivo por streaming. Hasta ahora la crítica despiadada a estos personajes quedaba para Twitter. Hoy llega a la televisión, se le da una entidad que no tenía. Y así, sin ningún temor, el guion se mofa de la hija culposa del empresario fallecido (“nosotros no les llamamos personal doméstico sino la señora que ayuda en casa”). Esa línea de diálogo es autojustificativa para el personaje: por qué cumplir con la ley laboral si solo es una “señor que ayuda en casa” y no un trabajador con derechos. El nombre de los personajes, al fin, es anecdótico, aunque todos nos demos cuenta.

Por eso, la serie, más que hablar de un encargado de edificio o de un abogado “garca” está mostrando el fin de un relato cultural, nos está diciendo: “podemos atrevernos a hablar y reírnos de todo, la izquierda no da fueros”, al contrario de lo que pensaba un expresidente peronista. La serie nos muestra que las miserias humanas van más allá de las etiquetas que se impongan o nos impongamos.

También hace, no se si de manera buscada por los realizadores, una reivindicación de la madurez en términos etarios. El encargado del edificio está “hecho” económicamente y, de llevarse adelante el proyecto recibiría una interesante indemnización sujeta a la ley. Si bien ronda los 57 años (no queda muy claro pero es un cálculo aproximado) podría dejar de trabajar el resto de su vida y así y todo no tener problemas a futuro. De todas maneras, hará lo imposible para mantener su lugar, para no ser desplazado por una empresa de (nos imaginamos) jóvenes emprendedores. Se mete de lleno en la guerra del cerdo y se mete del lado del más débil, y no es menor esta toma de partido. Tampoco el abogado que quiere desplazarlo es un joven impulsivo. Se nota que es alguien con varias batallas encima, no necesariamente honestas, pero tiene el cuero curtido. Y está bien que sea así. Como también es significativo, y esta asociación la tomo de Hernán Illa hecha en Twitter, el hecho de que ambos protagonistas se midan por la “guita” que tienen amasada cada uno (¿estará declarada?).

Por último, pero no por ello menos importante, al contrario, nos presenta una subtrama (tranquilos, no vamos a spoilear más) en la que reivindica lo hecho por el gobierno radical en materia de derechos humanos, y eso es un bienvenido aire fresco en la ficción nacional que, hasta ahora, estaba en deuda con Alfonsín.

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