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08 08 2021

Andrés López: "La inestabilidad macro e institucional es el problema para que los nuevos sectores terminen de crecer"


Autor: Esteban Lo Presti









Andrés López es doctor en Economía de la Universidad de Buenos Aires y se especializa en temas de desarrollo productivo, innovación e integración internacional. Dirige el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) y junto a Mariana Fuchs, Jeremías Lachman y Paulo Pascuini acaban de publicar en Eudeba el libro Nuevos sectores productivos en la economía argentina: impactos sobre el desarrollo y políticas públicas. Lo entrevistamos para conocer la potencialidad de las nuevas industrias y las ventajas y problemas que estas enfrentan.

La idea es hacer la entrevista para charlar un poquito del libro, pero también de estas innovaciones posibles en la economía que a veces nos parecen tan lejanas pero que, evidentemente, con la lectura del libro uno se da cuenta de que son actuales y reales. Más en un país donde estamos totalmente acostumbrados a ver la economía desde el punto de vista del campo de los servicios y no vemos otras alternativas posibles al desarrollo económico. Entonces, en este sentido, cuando vos y el resto de los autores hablan, por ejemplo, del litio o del biocombustible, de la industria del software, de la industria del conocimiento, ¿qué tipo de restricciones para poder desarrollarse hoy por hoy encuentran a partir de la legislación estos esquemas de nueva economía o de nuevos sectores económicos que vos planteas?

No todos están cruzados por los mismos problemas. Muchos de los sectores que cubrimos en el libro (software, nanotecnología, la industria espacial, algunos servicios basados en conocimiento, entre otros) tienen un régimen de promoción especial de lo que se llama la Ley de Economía del Conocimiento, que le da una serie de beneficios fiscales especiales a esos sectores que se supone que usan. Son generadores de innovaciones en la economía básicamente. Hay otros que tienen sus propios regímenes -como los biocombustibles, que han estado justamente en estas últimas semanas dando vueltas en torno a la ley-, y otros que tienen su vida propia -como el litio, a través del código minero-. No todos están cruzados por la misma matriz.

Yo no sé si el problema es legislativo o de normas en general. Un poco el mensaje del libro es que no vale para todos los sectores porque se analizan cosas que son un poco diferentes. Pero si uno quiere, hay un potencial de capacidades en la economía argentina (como recursos humanos, capacidades empresariales, gente que sabe hacer negocios, capacidades tecnológicas, universidades, institutos de investigación, etc.) que son destacables claramente si uno los compara con el promedio de América Latina. Quizás la distancia que uno creía que tenía con relación a la región se ha achicado con respecto a lo que pensábamos que éramos hace 40 años, pero aun así no hay muchos países que puedan hacer reactores nucleares o satélites, tengan 130 empresas proveyendo servicios para la agricultura de precisión o tengan un Globant.

En fin, si uno se puede hacer una metáfora futbolera, creo que es como tener muchos Messis, Di Marías o etcéteras que no funcionan de un modo articulado y en donde de algún modo se ven perjudicados por factores a veces específicos, pero también porque el contexto general de la economía argentina no ayuda. Hay como un círculo vicioso si se quiere. Uno dice “Bueno, la economía argentina necesita diversificar su estructura productiva” porque siempre le estamos rezando a la soja al final del día. Pero, a su vez, el desarrollo y escalamiento de estos sectores se ve perjudicado por la propia inestabilidad de la macroeconomía, que dificulta conseguir fondos para hacer negocios o planificar a largo plazo, porque tu esquema de negocios se puede ver alterado debido a que entre que vos pensaste una idea y la llevaste adelante cambiaron 30 cosas. Entonces, creo que estos sectores que requieren inversiones en capacidades se ven perjudicados por la inestabilidad argentina porque muchas veces los resultados se dan a largo plazo. También hay aspectos mucho más específicos, como por ejemplo el litio, que podría generar mayores encadenamientos si hubiera mayores capacidades o se pudieran promover mayores proyectos de encadenamiento hacia atrás o hacia adelante. O el software, que le falta mano de obra calificada. Siempre va a estar más adelante la demanda de personas que la oferta. Pero en general yo diría que la inestabilidad de la Argentina, tanto macro como institucional, probablemente sea el principal obstáculo para que estos sectores terminen de crecer.

Y la resolución pasa, obviamente, por resolver la macroeconomía por un lado, pero también entonces por la cuestión institucional. ¿En qué estamos más cerca, en la resolución de la macroeconomía o en la resolución de acuerdos institucionales que permitan avanzar? Vos mencionaste la discusión de la ley de biocombustibles en el Congreso donde entiendo no se llegó a un acuerdo y, por un lado, el oficialismo votó a favor y la oposición no. O sea, no hubo un acuerdo alrededor de la ley. O en el caso del tema del litio, que estamos más centralizados en todo lo que es a nivel provincial porque es un mineral y la Constitución establece que son las provincias las dueñas del recurso. ¿Qué ves más posible, una resolución macroeconómica o una resolución institucional? Esa sería la pregunta concreta.

No sé, parece difícil. Creo que las dos tienen sus propias dificultades. Por ejemplo, uno habla de la cuestión institucional. Hay regímenes que perduran en el tiempo y que algún gobierno ha intentado desmantelar o empezar a cambiar, y después hay que volver para atrás. Yo creo que no vamos a encontrar un solo economista que piense que es bueno, como el de Tierra del Fuego. Entonces, a veces las cosas que más duran son las que sabemos que están mal, pero hay una serie de intereses políticos muy económicos, muy difíciles de erradicar. Por ejemplo, el sector automotriz, que es el sector con aranceles más altos de la economía argentina desde la época de Cavallo. Y tampoco es que nos hemos convertido en Corea produciendo automóviles para todo el planeta. También ahí hay cosas más que quedan sotto voce, todo el mundo las sabe pero quizás alguien menos. Son regímenes que uno debería intentar repensar.

Por otro lado, respecto a los biocombustibles, si uno sigue la trayectoria de las regulaciones ha sido tremendamente errático. Incluso excede adentro de un mismo gobierno. Dentro de un mismo período se cambian las cosas porque hay muchos lobbies cruzados entre provincias, intereses económicos de distinto tipo, distintos tipos de empresa, etc. Yo no sé cuánto van a durar las actuales reglas porque el problema es que en Argentina el concepto de “ley” está degradado porque cualquiera que te dice “yo dicto una ley” y después se cambia con otra. Entonces, no es que te garantizo mucho con una ley porque vengo el año que viene y te la cambio. Si no, a veces ha habido consensos sobre el sector espacial, por citar uno de los que nosotros miramos. Pero en el gobierno anterior, cuando la plata se acabó lo primero que se cortó fue la plata para eso. Podes decir que en teoría nadie está en contra de eso, pero cuando llega el momento de poner la inversión lo despriorizan.

Por supuesto que en todos los países hay lobbies, es parte de la naturaleza humana, del juego político. Pero realmente la Argentina da bandazos en ese sentido y parece que a nadie le conviene invertir en políticas de largo plazo consensuadas. A las políticas que un gobierno promueve como de largo plazo, después viene otro y las cambia, y trae otras que serían de largo plazo pero que no lo terminan siendo tampoco. Además del hecho de que muchas veces la ejecución de las políticas se ve limitada cuando llega el momento de asignar los fondos y ahí es donde viene la macro. Vos podés decir “Sí, este sector es prioritario, pero cuando me aprieta el presupuesto me olvidé de qué era importante”. Si uno pudiera hacer un ejercicio de abstracción, tal vez uno podría configurar un escenario ideal en el cual al menos una parte importante de las fuerzas políticas y económicas se pongan de acuerdo sobre políticas de largo plazo o de Estado. Hoy esos incentivos no están y también en parte es el mismo problema que afecta la macro. Los problemas macroeconómicos argentinos tienen una raíz económica, pero también una raíz política. No sé si lo institucional y lo macro se resuelven separadamente al final del día. Pero, sin duda, lo que sí podemos decir es que mañana la economía argentina podría recuperarse, más rápido o más lento (ojalá que rápido), y podremos evitar una nueva mega crisis solamente si uno piensa en el crecimiento sostenido a largo plazo y en la transformación estructural de la economía, que es imprescindible. Eso requiere un ambiente de previsibilidad porque hablamos de nuevos sectores que requieren tener claridad sobre cuál es el futuro que esperan en términos regulatorios y macroeconómicos.

Vos mencionaste en la primera de las respuestas el tema de los recursos humanos. Yo soy politólogo así que estoy muy alejado de estos temas, pero lo que veo es que muchas veces son los recursos humanos los que caminan más adelantados que la macroeconomía o las cuestiones institucionales. A veces es una cuestión de formación, por lo menos en lo que es el tema del software, etc., y hoy está habiendo un tipo de éxodo de esos recursos humanos (no sé cuál incidencia estadística real o concreta tendrá, falta un tiempo para verlo). ¿Esto también va a afectar potenciar alguna de estas nuevas economías?

Por un lado, la Argentina tiene un stock de capital humano muy importante para la escala latinoamericana al menos, aunque, por cierto, podríamos hacer más en términos de promover saberes más vinculados con lo científico-tecnológico en la escuela secundaria, por ejemplo (en las pruebas PISA no les va muy bien). El mundo del futuro está lleno de oportunidades laborales en el campo de la programación y afines, y me parece que necesitamos un esfuerzo drástico ahí en la primaria y en la secundaria para mejorar habilidades en esos campos. Pero, aun así, tenemos una masa de gente importante no solo como empleados, sino también como creadores de empresas.  Uno de los sectores que analizamos es la agricultura de precisión y son todos startups de ingenieros agrónomos, de gente que salió de sistemas o de computación, de personas que vienen del mundo del big data, etc. Es gente que salió de la universidad y a la vez tiene ganas de emprender. El semillero ahí está. No solo son los recursos humanos para trabajar, sino también que para crear empresas. Y eso Argentina lo sigue teniendo.

Ahora la situación general conspira en muchos sentidos, como el tema del cepo, que está afectando la industria del software. Hoy no necesitás irte del país para trabajar en una empresa extranjera: te quedás acá como freelancer, cobrás por PayPal y buenas noches. Ni siquiera necesitás cruzar la frontera. La macro te genera distorsiones sobre la microeconomía, que termina haciendo que a la gente le convenga trabajar para afuera y ¿qué vamos a controlar? Tendría que venir el régimen de Corea del Norte a preguntar qué hace la gente en Internet. Y, por otro lado, también para retener otro tipo de personal. Es cierto que el costo de vida o la capacidad adquisitiva del salario en dólares en Argentina va de la mano en parte con los ingresos. Yo comparo los salarios que puede cobrar un investigador del CONICET o un profesor de una universidad en Argentina en dólares con gente de otros países de América Latina cercanos y está difícil retener gente. Creo que el país también ha perdido capacidad de atraer gente que en otros lados puede tener ingresos superiores, que no necesita tener un segundo trabajo, etc. Y además en muchos lados las están proveyendo de recursos para investigar a los que acá no tenemos acceso. Entonces ahí también está habiendo una dificultad para competir con las oportunidades que algunos profesionales de muy alto nivel tienen afuera.

Justo en las redes se dio una discusión sobre lo que planteabas del CONICET: los sueldos son los más bajos de la región. 

En todo caso, no es algo bueno. De vuelta, se cruzan todas las dimensiones. Vos me citas una micro que funcione bien para que la economía crezca, pero la inestabilidad regulatoria (institucional por suerte no tenemos porque no hay golpes) y la inestabilidad macro claramente te generan una sensación de que vos no podés planificar en el largo plazo. Y, aparte, te meten en este tipo de distorsiones, como por ejemplo este incentivo a trabajar por afuera del sistema cobrando en el exterior que afecta algunas industrias (y no solo al software, porque tal vez hay industrias que son más chiquitas, como diseño y otras), pero eso seguramente generalizado. En fin, la digitalización acelerada del planeta hace que cada vez sea más fácil eludir este tipo de controles. Si bien el gobierno logra el objetivo de tener el tipo de cambio donde quiere, se van acumulando estas distorsiones que después en el largo plazo van generando problemas.

Vos al principio señalaste Tierra del Fuego. También fue noticia hace dos semanas por la ley que prohíbe las salmoneras. Hubo un artículo en otro portal, en Seúl, que adhiere un poco a la sanción de esa ley, pero desde el punto de vista de que lo que se hizo mal en Chile se podría haber hecho mejor en Argentina, por lo que no habría sido necesaria la ley. Y a la vez decís “todos los economistas estamos de acuerdo -y por lo menos yo lo vengo escuchando desde hace varios años- en que lo de Tierra del Fuego está mal”. De nuevo, no hay acuerdo político para modificarlo, algo en lo que todos los sectores del pensamiento económico coinciden que habría que cambiar. ¿Es una cuestión solamente institucional o también tenemos miedo a la ruptura, al cambio de estas reglas del juego?

La verdad que es difícil saberlo. Ese régimen empezó con una lógica geopolítica con Chile, las Malvinas, etc., que hoy en día creo que, afortunadamente, no está presente. Me abstraigo un poco de tu pregunta, pero creo que puede ser importante pensar esto porque tiene que ver con algunas otras cosas que estoy pensando por otro lado sobre políticas de desarrollo. Cuando nosotros empezamos a leer sobre los países asiáticos (como Corea o Taiwán) y sus políticas productivas, una de las primeras cosas que aprendíamos –y todavía creemos que era verdad- es que allá, si bien los gobiernos en países como esos o previamente Japón metieron mucha mano en la economía promoviendo algunos sectores, siempre la idea es decir “Bueno, pero estos son ciclos en donde se promueve un sector hasta que arranca y luego lo dejás y te vas al siguiente”. Acá es imposible sacarle un beneficio a nadie. Yo creo que si en el siglo XIX hubiera habido un régimen de promoción de la industria de las carretas todavía las tendríamos por la calle. Y pasa también con sectores que uno cree más modernos. Lo de Tierra del Fuego es criticable y lo criticamos todos porque pasa algo bastante evidente: nos sale mucho dinero en términos fiscales, los consumidores pagamos precios más altos por bienes que en realidad tienen un contenido local casi nulo porque todas las piezas de los electrónicos (y los celulares en particular) vienen del exterior y, además, podemos decir que las zonas francas en Centroamérica también hacen celulares o electrónica pero las exportan, al menos son competitivas. Aparte es delirante, ¿quién va a venir a ensamblar celulares para exportar en Tierra del Fuego, que está lejos de todo? La logística es demente. Tampoco nadie en su sano juicio, salvo extremistas, propone desmantelar eso del día a la noche. Incluso este gobierno sé que estuvo trabajando en eso y creo que todavía lo está. Planteemos cómo hacemos una transición porque no es que en Tierra del Fuego no se puede hacer nada, tal vez pueden hacerse otras cosas que sean menos onerosas, que puedan ser competitivas, etc. Pero evidentemente la capacidad de trasladar eso a decisiones de política es baja.

El mundo del software no es muy distinto porque, como contamos en el libro, en 2003 se sancionó una ley de promoción de esa industria y se implementó en 2004. Se prorrogó por 10 años, en 2014 la aprobaron por 5 años más y después se transformó en la Ley de Economía del Conocimiento, la cual incluye a las empresas de software y a otras más. Cambió un poco la ley, pero no es muy distinta de la original. Cuando en 2019 se empezó a discutir la ley de software, las empresas y la Cámara dijeron “No, si nos sacan la promoción, cerramos”. Entonces, ¿cuál es la idea? Estuviste 15 años subsidiando un sector y el sector te dice que si le sacas la promoción no sobrevive. Capaz que algún día hay que hacerlo a ver si sobrevive o no porque, por otro lado, ¿por qué tengo que subsidiar eternamente a un sector X? La economía es dinámica, el sector que era promisorio hace 15 años no tiene por qué ser el de hoy.

Además en un sector que, justamente, es el más dinámico a nivel global y el que más riqueza ha generado en los últimos años.

Claro. Entonces, acá es muy difícil sacarle un beneficio a alguien. De vuelta, tal vez cuando uno está en el día a día acá, la tiene más clara sobre este tipo de problemas. Pero me parece que ahí sí el tema institucional es relevante porque si uno, como creo que somos los autores de este libro –economistas de libre mercado–, cree que hay un espacio para hacer políticas de desarrollo productivo, eso puede incluir eventualmente algún tipo de incentivo fiscal. Pero si una vez que lo das no lo podés sacar nunca, entonces ahí sí a alguno le dan ganas de decir “Bueno, me hago liberal, mejor no hagamos nada porque acá parece que todo beneficio se convierte en eterno”, y esa no es la lógica que tiene que estar detrás de las políticas de desarrollo productivo.

Está claro que detrás de estas economías hace falta una inversión inteligente por parte del Estado, no se pueden desarrollar sin esa fortaleza. Y no solamente en términos de una legislación apropiada, eso es claro. Pero entiendo también que en algún momento tienen que empezar a caminar solas estas economías, que es lo que estaría faltando siempre.

Así es. Lo que pasa es que cuál sería el argumento de un empresario de software, por ejemplo, ante comentarios como “porque acá pago unos impuestos muy altos” o “acá tengo un cepo, entonces no puedo cobrar en dólares” o cualquier otra cosa. Al final, esos beneficios a veces terminan siendo una compensación por otras cosas que funcionan mal. Pero acá salís de la lógica de lo que debería ser una política de desarrollo productivo y se convierte en una lógica de “Porque te pego por allá, te compenso por acá”. Entonces, es muy difícil discutir políticas de desarrollo productivo en esas condiciones tan adversas que viene teniendo hace mucho tiempo la economía argentina.

¿Cuál sería el lector que vos querés que lea estos artículos que están escritos en conjunto?

El libro en principio no sé si tiene una única audiencia. Primero, el libro está escrito en un estilo llano y, si bien no es un libro de divulgación, no es un libro que solo los economistas pueden entender ni mucho menos. Entonces, yo creo que está destinado a todo aquel que esté interesado en entender qué pasa con sectores productivos que son relativamente nuevos en la economía argentina, y que uno espera que tengan un potencial de desarrollo futuro porque están asociados a nuevas tendencias tecnológicas. Por ejemplo, el litio con la electromovilidad, o los biocombustibles con la necesidad de sustituir combustibles fósiles, o la ciencia de datos, o la agricultura de precisión, o la nanotecnología. De algún modo, mostrar que todos estos sectores, que se supone que son vanguardia a nivel global en términos de tendencia de la nueva economía, existen en Argentina y tienen una masa crítica. Puede ser más grande en algunos casos o más incipiente en otros, pero al menos existe un núcleo incipiente en proceso de consolidación y también potencial, capital humano, emprendimientos, etc. Es decir, la estructura productiva argentina no ha dejado de incorporar estas nuevas actividades que son de frontera a nivel global (y que vemos en el libro). Hay un caso más raro que es el de Vaca Muerta, y por supuesto que el petróleo no es nuevo, pero sí lo son las tecnologías (como el fracking) que son disruptivas de algún modo.

Dicho esto, entonces el lector interesado puede entender de qué se tratan estos sectores, cuáles son sus dinámicas a nivel global y local, quiénes son los actores locales e internacionales, las perspectivas a futuro, etc. Y, a su vez, ver que estos sectores están atravesados por obstáculos, quizás algunos comunes a varios de ellos y otros más específicos, que están limitando su crecimiento. Y no necesariamente esos límites están siempre asociados a que necesitan más plata, sino que se necesita mirar la micro y abordar esos desafíos en el diálogo entre el sector privado y el sector público. El libro intenta mostrar también que, respecto a la discusión sobre que hay que salir de la soja, no vamos a encontrar una bala de plata. No se trata de comprar otra soja, sino que se trata de que hay muchas actividades como potencial en Argentina. Tal vez ninguna de ellas per se va a ser la cosecha de soja, pero hasta es mejor que sea así porque lo que necesitamos no es generar otra bala de plata de la cual dependamos, sino tener un portafolio diversificado, actividades productivas, exportadoras, etc. Entonces, en ese sentido creo que el público amplio es el público que está interesado sobre la problemática de la estructura productiva y de desarrollo. Y eso puede ir desde la clase política hasta personas de a pie, alumnos, profesores, cientistas sociales y curiosos en el tema.

Dos cosas que mencionaste fueron, por un lado, el desarrollo de Vaca Muerta, que hoy viene en retroceso de nuevo, que es una economía de ruptura y que ha encontrado, no solamente en Argentina sino que en varios países del mundo, resistencias (no somos originales en eso, justamente). Por otro lado, el tema de la soja, que es la bala de plata desde hace 30 años, pero que también se sostiene en avances tecnológicos en el agro, los cuales hace 40 años eran impensables.

Totalmente! En la microeconomía argentina ocurren cosas mucho más interesantes que en la macro. La macro es un desastre, pero la micro a su manera se las arregla. Podría ser mucho mejor, no es que no ocurre nada, y eso es lo interesante. En este contexto hostil ocurren cosas y hay gente que tiene ideas, crea empresas en sectores novedosos, desarrolla nuevas tecnologías e innova. Pero es como si fueran reptiles tratando de sobrevivir en el Sahara, el ecosistema no los ayuda claramente. Aunque tampoco los mata.

Además, lo que es interesante es que desarrolla distintos puntos regionales del país, no solamente la Pampa Húmeda. Si nos ponemos a pensar, el litio está en el norte, Vaca Muerta en el sur…

Efectivamente, pasa con muchos de estos sectores, como el biocombustible, que es una actividad de Santa Fe, Córdoba, etc. También con la industria espacial, que está en Río Negro. Lástima que no llegamos, pero el año pasado hicimos un trabajo sobre el cannabis que hubiera sido lindo incluir en el libro porque es otro sector nuevo que también tiene oportunidades de desarrollo regional. De hecho, en el IIEP (Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA y CONICET), que es el instituto que yo dirijo, tenemos un programa sobre estos temas y seguimos trabajando sobre la economía espacial, la agricultura de precisión, biocombustibles. No estamos produciendo todo el tiempo porque somos investigadores y todo nos lleva un rato largo, pero sistemáticamente estamos interesados en este tema. En fin, a nosotros nos divierte. Los economistas no siempre le están dando suficiente atención a esto, pero el proceso de desarrollo involucra también la transformación estructural de las economías. No sé si es políticamente correcto decirlo, pero en Argentina no somos Haití. Es decir, si seguimos haciendo las cosas mal nos vamos a ir aproximando porque la macro es un desastre, pero aquí pueden ocurrir cosas. No es que uno se pregunta “¿Cómo hago para que en El Salvador se desarrollen sectores de alta tecnología?”. Acá hay recursos naturales de distinto tipo (no somos Qatar, pero tenemos una dotación de recursos naturales razonablemente variada), tenemos capital humano, capacidades empresariales emergen (emergió la posibilidad de la agricultura de precisión y en 10 años tenés más de 100 empresas dando vueltas). O sea, las cosas aparecen. A lo que la Argentina es hostil es a la consolidación de estas actividades y a que estas actividades ganen competitividad de manera sustentable. De vuelta, el entorno local te perjudica y la manera en que aquí se hace política de desarrollo productivo no es la óptima. Y no me refiero a este gobierno en particular, el problema es estructural.

Te hago una última pregunta. No es una economía novedosa ni un desarrollo económico novedoso, pero ha sufrido en estos dos últimos años un impacto que lo ha hecho repensarse, y es el tema del turismo. ¿Se está repensando algo desde el instituto en este sentido? Sobre todo teniendo en cuenta que, desde mi punto de vista y pudiendo estar equivocado, Argentina tiene mucho más potencial del que utiliza. ¿Innovar es un tema a estudiar?

Yo no conozco nada sobre la industria del turismo, salvo que era turista hasta que nos pusieron a todos en cuarentena. De hecho, hace unos años yo trabajaba en muchos temas de innovación (como queda claro a partir del libro) e incursionamos en el tema innovación en el sector turismo. Y en realidad, todos los que tenemos la suerte de haber viajado desde hace algún tiempo sabemos que en este sector existen Airbnb, Booking. También el mercado del turismo es cada vez más segmentado por audiencias, targets, etc. Se ha vuelto un negocio crecientemente sofisticado, pero está en una gran question mark por la pandemia: ¿en el futuro la gente va a volver a viajar o no? ¿Va a tener miedo?

Sin duda, uno siempre piensa en que la Argentina tiene un enorme potencial por la variedad de sus paisajes. Incluso también hay algunas áreas de turismo que tienen ramificaciones directas con lo productivo, como la del vino. Algo que acá se intentó hacer muy débilmente hace unos años y que no sé si se ha vuelto a intentar es el turismo médico. También hay mucha potencialidad de desarrollar turismo que se vincule con el consumo de bienes o servicios en Argentina (sea medicina, vino, yerba mate o cualquier cosa). Hasta donde yo conozco, nunca vi que haya un intento de generar estudios sistemáticos sobre las potencialidades del turismo más en vinculación con este punto de vista de desarrollo productivo e innovador. No hay mucho sobre el tema, pero claramente, por lo menos hasta antes de la pandemia, era una actividad que tenía un gran potencial. Incluso para una economía como la de Tierra del Fuego, donde siempre se dijo que existía un potencial subaprovechado.

Pero bueno, acá toco de oído porque, de vuelta, yo nunca me dediqué al tema, salvo a esta cuestión de innovación en el sector turismo. Creo que en ese sentido hay que abandonar la idea de pensar el mundo solo en sectores. A lo que me refiero es que antes se decía “La industria es lo bueno, el agro es retardatario y los servicios duermen”. Hablamos del sector de vestimenta y afines y nos preguntamos de qué estamos hablando, ¿de camisetas de un dólar o de zapatos de cuero de 500 dólares? Hay negocios de todo tipo, de gamas muy diferentes, con repercusiones muy distintas. ¿Hablamos de vino de 200 pesos o de vino de 100 dólares la botella? Entonces me parece también que, en las últimas décadas, el pensamiento sobre estructura productiva y desarrollo también se ha salido de la distinción puramente sectorial para reconocer, por un lado, que hay que mirar la cuestión en base a cadenas, como el litio o los biocombustibles. Y también reconocer que los sectores son bichos muy heterogéneos: a veces pensamos de manera muy en bloque a los sectores, y adentro de estos se encuentran un montón de cosas diferentes. Y las posibilidades de desarrollo también son consecuentemente distintas. Entonces hay que salir también y meternos adentro de los sectores y empezar a desarmar esas cajitas y ver qué hay adentro, que es lo que queremos causar con el libro.