jueves 22 de febrero de 2024
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Al borde del abismo

La elección del domingo pasado es un baldazo de agua fría, un electroshock para la política argentina. Es muy probable que a partir de ahora varios supuestos comiencen a evaporarse y haya que ponerse en serio los pantalones largos.

El peronismo sufrió una catástrofe: salió tercero haciendo la peor elección de toda su historia. El movimiento, columna vertebral de la política argentina desde hace ochenta años, no solamente armó el peor gobierno de su larga trayectoria, sino que tampoco puede retener gran parte de su identidad simbólica.

El electorado ya lo había castigado en 2021, pero no reaccionó, y ahora ya no puede ofrecer casi nada a su tradicional base social más que inflación, ajuste, falta de liderazgos claros, de renovación, de épica, y hasta de gobernabilidad.

En el gobierno de Alberto-Cristina-Massa no solo hubo y hay funcionarios que no funcionan sino que es un experimento todo fallido. Los que fungían como reaseguro frente a eventuales desmadres son ahora los principales responsables de una crisis política descomunal.

Segundo, cuando las lógicas expectativas de alternancia empoderaban a Juntos por el Cambio, que tenía todo para definir las cosas sin mayor discusión (tenía experiencia, potenciales recambios, capacidad técnica, territorios propios, posibilidades de una coordinación inteligente), desperdició gran parte de su capital en una interna irresponsable que incluyó coqueteos no solo con peronistas rivales sino con el propio Milei.

Tercero, de todos esos errores se supo alimentar Javier Milei, que fue votado de manera abrumadora en todo el país. Esto pone en tela de juicio varias explicaciones tradicionales del voto argentino, porque Milei rompió las barreras de las identidades políticas (lo votaron peronistas y no peronistas), del federalismo (ganó en provincias centrales productivas y en provincias periféricas dependientes del empleo público), del voto anterior (ganó en provincias con recientes triunfos de otros partidos), de la sociología electoral (ganó en distritos con población mayormente rica y en otros mayormente pobre), de los aparatos (ganó sin partido), y de las campañas (ganó sin equipos, sin propuestas, sin empatía ni equilibrio emocional).

¿Cómo entender entonces esta bomba atómica que nadie vio venir? No se trató solamente de un voto económico de castigo al gobierno y a favor de una oposición.

El crecimiento ya intolerable de la pobreza, de la inseguridad, de la inflación, y la gestión de la pandemia, ameritaban la paliza que sufrió el peronismo. Pero el voto del domingo fue más que eso. Fue un voto de protesta, y protestó todo el país contra el gobierno, pero también contra la oposición.

Lógicamente, el mensaje anti-Estado de Milei tiene un papel en la evaluación general de los votantes del domingo. Un Estado extendido fue la savia de la organización del país en los últimos cien años, en los que el país, en términos generales, no ha parado de decaer.

En los últimos veinte años, el kirchnerismo exacerbó esa característica centrando su economía política populista en un alto gasto público mal administrado y financiado con impuestos a las actividades de mayor productividad (además de la cansadora y estéril grieta). Un “modelo” que ya estaba agotado hace por lo menos diez años, pero al que se aferró como un dogma en sus años de gloria, y que ahora probablemente lo lleve a su propia desaparición.

Pero el nervio del triunfo de Milei no es su programa sino su protesta. Es el presente, no su promesa. El voto que recibió parece querer dinamitar el statu quo a cualquier precio, como si dijera “no me importa quién sos, ni cómo sos, ni qué decís, ni adónde me llevás, pero sacame de acá”. Para gran parte del país la alternancia no funcionó: por impericia, egoísmos y superficialidad, las salidas de la crisis que prometieron Macri y Alberto Fernández se hundieron. Y ante una probable nueva orfandad, la tensión insostenible del sistema no se canalizó tanto en la abstención o el voto en blanco (que fueron altos) sino en un salto al vacío.

Si en los próximos dos meses el gobierno y Juntos por el Cambio siguieran sin mayores intenciones de conectar con sus representados (perdieron votos de manera masiva en esta elección) y Milei finalmente saliera airoso, sería un presidente con un profundo ímpetu reformador pero sin partido, sin apoyo legislativo, sin gobernadores, sin intendentes, ni organizaciones formales (sindicales, empresariales, estudiantiles) o informales (desempleados) afines.

En principio, su viabilidad política estaría basada exclusivamente en una opinión pública demasiado enojada, que por un lado espera recetas mágicas, y por otro que el valle de lágrimas del ajuste brutal lo crucen solo los políticos.

Pero es sabido que el giro abrupto hacia el mercado produce daños sociales gigantescos. Este cóctel explosivo ofrece garantías casi nulas de gobernabilidad y/o fuertes tentaciones de prácticas anticonstitucionales.

Todavía queda tiempo para las elecciones generales, en las que no solamente suele votar más gente que en las PASO sino que permite tanto a partidos como a votantes recalcular estratégicamente sus opciones. Mientras tanto, y si tenemos suerte, contemplaremos el paisaje al borde del abismo.

Publicado en Clarín el 15 de agosto de 2023.

Link https://www.clarin.com/opinion/borde-abismo_0_q8sdHdBxaV.html

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