lunes 15 de julio de 2024
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Ajuste, ajustados y ajustadores

I. La tarde del martes 12 de diciembre de 2023 fue para Luis Caputo su hora más gloriosa, o para no ser tan enfático, la hora en que millones de argentinos esperaron ansiosos las palabras del flamante ministro de Economía que ni en sus fantasías más tropicales imaginó despertar tantas expectativas. Caputo, lo sabemos, no es hombre de tribunas o de baños con multitudes. Su espacio preferido es la penumbra; el tono de voz, el susurro; y si por él fuera, le gustaría caminar por las calles de los cien barrios porteños sin que nadie lo conozca. La voluntad de los dioses lo instalaron bajo los reflectores, no para dar por iniciadas las fiestas de fin de año sino para anunciar malas noticias que, por esas inescrutables vicisitudes de la política, hoy gozan de una asombrosa adhesión popular, adhesión de la que nunca sabremos si será breve o prolongada, porque si hay un corazón voluble y muy atenido al principio tanguero de “hoy un juramento mañana una traición”, es el corazón del pueblo soberano.

II. Lo cierto es que el primer discurso del gobierno nacional se pronunció dos horas después de los previsto y lo hizo más que un economista, un operador económico, un caballero que se le pueden imputar muchos defectos menos el de ser “lerdo”. El diablito que siempre zumba sobre mi oreja izquierda dándome malos consejos, susurró en la ocasión que lo convocan a Caputo con la misma convicción y el mismo recelo que una familia en apuros sucesorios convoca a un abogado ave negra, cuyas virtudes no son tanto su saber jurídico como su habilidad para el embrollo y la chicana, además de sus relaciones estrechas con los factores de poder. Recurrir al malo de la película para resolver situaciones difíciles a veces da buenos resultados y a veces provocan desastres irreparables. Veremos qué suerte nos toca a los argentinos.

II. La palabra “ajuste” no le gusta a nadie. Ni a los gobernantes ni a los gobernados. Pero lo que la experiencia enseña es que los ajustes son tan desagradables como inevitables. La virtud que se le reconoce a Milei es que uno de los ejes de su campaña fue anunciar la “mala nueva”, es decir, el ajuste. El ajuste puede compararse a una intervención quirúrgica. No hacerlo es resignarse a la muerte del paciente; hacerlo incluye una operación que a veces es con anestesia, a veces con anestesia local y a veces sin anestesia. La promesa es que el paciente luego de los dolores del caso irá mejorando hasta recuperar su salud y alegría de vivir. Pues bien, muchas veces esa promesa se cumple, a veces se cumple a medias y en algunas ocasiones el paciente se les queda” , es decir, se muere. En el quirófano los médicos y algún asistente pueden opinar; él que no puede hacerlo, es el responsable de haber lesionado al paciente. Trasladado a la política, sabemos que si hay un ajuste es porque algo anda mal y no hacerlo es agravar las dolencias. Milei insiste que no hay otra alternativa, afirmación que acepto a medias, porque si bien es cierto que no hay otra alternativa lo que importa conocer es el estado de gravedad del paciente, si se hace con anestesia completa o anestesia local y quién paga los costos. Buena pregunta: ¿Quién paga los costos? Algunos dirán que todos; otros dirán que algunos, pero lo que la experiencia histórica enseña es que en materia de ajustes se suele cumplir una de las reglas decisivas del juego del poder: los costos más altos lo pagan los que tienen menos poder; y los costos más bajos, lo pagan los que tienen más poder. Traduzcan esta fórmula al idioma que más les guste, pero les aseguro que en todo los casos la respuesta será la misma.

III. En estos tiempos, la frase de Churchill acerca de “sangre, sudor y lágrimas”, se la ha citado tantas veces que me temo que en algún momento el viejo bulldog de la Rubia Albión, se equivoque al pronunciarla. Convengamos que para acudir a esa frase con el objetivo de justificar lo que se está haciendo hoy en la Argentina, es necesario admitir que Milei es Churchill y que los kirchneristas fueron algo así como la Luftwaffe. Digamos que el déficit fiscal y la inflación, por más perniciosos que sean, no se equiparan a las bombas que caen del cielo y destruyen edificios y vidas. Pero más allá de licencias retóricas, admitamos que una clase dirigente austera o un líder político con ascendiente moral puede lograr que en tiempos de crisis la sociedad por un tiempo se resigne a compartir los sacrificios.

IV. El protagonista inaugural de los ajustes en estos pagos fue el bueno de Nicolás Avellaneda, quien ante el desolador panorama económico que le dejó Sarmiento no tuvo reparos en decir que honraremos nuestra deuda ahorrando sobre el hambre y la sed de los argentinos. Sin anestesia. Roca, Pellegrini y Vicente Fidel López, también fueron duros para ajustar cuentas por el default cometido por los “niños irresponsables” liderados por Juárez Celman. No voy a enumerar los diversos ajustes que se practicaron a lo largo de nuestra historia. Me limitaré a decir que algunos salieron bien y otros mal. A Perón, por ejemplo, mal no le fue. Y no hay constancias de que habernos obligado a comer pan negro haya erosionado su popularidad. Frondizi no la pasó bien. Y en particular su ministro de Economía (según Frondizi, impuesto por los militares) Alvaro Alsogaray. Su consigna, “hay que pasar el invierno”, no es precisamente un recuerdo grato. Otro ajustador que duró poco fue Federico Pinedo, convocado por Guido para sacarnos del pantano. De Celestino Rodríguez y el “rodrigazo”, alcanza con decir que además de hambrearnos hirió de muerte al ya deteriorado gobierno de Isabelita, aunque la responsabilidad de esas desgracias Celestino las debería compartir con Gelbard. En tiempos de Menem, ese gran hacedor de consignas populares que fue Bernardo Neustadt, sentenció: “Estamos mal, pero vamos bien”, un texto no muy diferente al de Milei y su rayo de luz al final del túnel.

V. Digamos a modo de síntesis que ajustes hubo muchos en la historia argentina. Todos de una manera u otra estuvieron justificados, pero no todos produjeron el mismo resultado. A Menem y a Duhalde no les salió del todo mal, a pesar  de que con Duhalde el nivel de pobreza sumó uno de los porcentajes más altos de nuestra historia. Y no les fue del todo mal, porque entre otras cosas disponían a su favor del pánico social provocado por la hiperinflación de los tiempos de Alfonsín o el derrumbe de De la Rúa. Los dos ensayos virtuosos que se recuerda, fueron el Plan  Austral de Sourrouille y la Convertibilidad de Cavallo. Pero esos proyectos no se hicieron bajo la consigna de “sangre, sudor y lágrimas”. Por el contrario, dispusieron de un amplio consenso porque la sensación de bienestar fue inmediata. No duró mucho; Sourrouille menos que Cavallo, pero mientras duró en la memoria popular está registrado como bueno. Tan bueno, que Cavallo en tiempos de De la Rúa era considerado un prócer y en virtud de esa investidura fue convocado como ministro. Y le fue como sabemos que le fue. Con todo su prestigio intelectual, sus honores ganados en los campos de batallas y sus conexiones con el mundo globalizado de las altas finanzas, terminó renunciando acosado por una crisis incendiaria y con su casa rodeada de manifestantes que le decían de todo menos “lindo”.

VI. Como podrá apreciarse, la historia, maestra de la vida, nos dispensa lecciones diversas que no nos ayudan a entender un presente que por definición siempre será diferente al pasado. Por razones existenciales más que políticas, soy partidario de un esperanzado escepticismo. Milei asumió la presidencia hace menos de una semana y merece la oportunidad de poner a prueba sus ideas a condición de que nos prometa que vamos a sobrevivir a ellas. Es verdad  que no hay alternativa al ajuste, pero también es cierto que no hay un solo modelo de ajuste. El futuro es incierto, pero el presente también se empecina en serlo. Hoy hay millones de argentinos decididos a acompañar al presidente. De él y de los avatares de la política depende que esa compañía se sostenga a lo largo de los próximos cuatro años.

Publicado en El Litoral el 13 de diciembre de 2023.

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